Después de uno de esos momentos
en que oso vanidosamente poner el universo entre paréntesis e intentar
acorralarlo entre las palmas de mis manos, me he sentido vencido por la
sabiduría de los años que pesan y todas las llagas que reúne mi abuela de su paso
por la vida. Mi hermano leía “El gen egoísta” y, abrumado, ha corrido a
mostrarme todo cuanto le han inspirado las pocas páginas que ha devorado. Yo,
entusiasmado, he iluminado mi mirada y ha empezado a encenderse la corriente entre
nosotros que nos ha llevado a discutir muy efusivamente sobre el qué, el todo y
la nada. El ser, el no ser, el bien y el mal. Mi abuela, con su frente profunda y marcada por la sabiduría de quien ha visto más y ha recorrido más, ha
acabado refutando y poniéndonos los pies en la tierra. Su vasto argumento de
experiencia (toda una vida, toda una guerra, hambre, la vocación hospitalaria de
una enfermera y la vocación materna hacia toda persona) me ha dejado admirado.
Y finalmente, callado, no he podido más que darle la razón. Aunque esté
equivocada, solo la sabiduría de tantos años basta para acallar todas las
exhalaciones de joven que cree aspirar a la cumbre y que no son más que trazos,
brochazos gordos que desdibujan ideas tímidas y poco sólidas. La mirada fija de ojos grises de mi abuela me ha erizado los
pelos de todo el cuerpo.
Mostrando entradas con la etiqueta anécdotas no tan banales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta anécdotas no tan banales. Mostrar todas las entradas
viernes, 10 de abril de 2015
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Sobre los límites.
Igual es tan tarde que empieza a
ser demasiado pronto; podría ser prontísimo para empezar a confundirse con
demasiado tarde. Pero no pasa nada, estoy a mis anchas, estoy donde quiero
estar porque se ven las estrellas si abro la ventana. Me he visto saliendo del
cine. He salido al exterior. Hacía bastante tiempo que no trascendía hacia ese mundo
expansivo y sin límites, hacía tiempo que no me sumergía en ese mundo. Lo
echaba de menos. Y es que mi fibra sensible, quizás, sea la ciencia ficción.
Hemos seguido paseando después de casi tres horas de película y yo le seguía
dando vueltas al mismo momento. El dilema trascendental. La elección que
inevitablemente va a guiar el futuro de toda la especie. Es uno de esos
momentos en los que tocamos los límites de lo real y nuestra condición de
imperfectos humanos nos delata. Miro hacia arriba y me transporto. Ya estoy a
bordo.
****
Moondog. Cosmic Meditation. 20 min. aproximadamente de inquietante
tranquilidad sonora espacial.
Se encienden los motores y se
inicia el despegue. La misión está clara: explorar la infinitud del vacío, más
allá de nuestro planeta, en busca de un lugar donde volver a plantar las
semillas de nuestra civilización. Nuestro planeta agoniza, se muere, respira
aire intoxicado, polvo de podredumbre que lo entierra todo como aquellas hojas
amarillas del otoño. Tiempo. Tiempo. Más tiempo. Pero este escasea, y a veces
pasa lento, o demasiado deprisa, no lo sé, es relativo. El tiempo que
transcurre y nos acerca a nuestro objetivo a su vez aproxima a la humanidad
hacia el fin. Sobre esa base jugamos. Ese es nuestro tablero de juego. De
pronto, los astronautas se encuentran colgados en la inmensidad. Los cálculos
pueden fallar. Nuestras matemáticas también son humanas. ¿Y si fallan? ¿A qué
nos sujetamos? La racionalidad queda invadida por nuestras almas. Cada aliento
es un cálculo, cada gota de sudor es una cantidad exacta de energía, cada
suspiro, cada esfuerzo, cada parpadeo es un segundo de vida. Las decisiones son
binarias; no se puede apelar a los sentimientos.
Primer dilema. De nosotros
depende la supervivencia de la especie. Sale el capitán con expresión magnánima
y empieza la asamblea de tres: el ya mencionado capitán, la doctora experta en
física de la relatividad y el astrofísico afamado y apasionado venerador del
cosmos. Debemos atravesar un espacio de distorsión temporal y cada minuto que
pase será equivalente a unos cuantos años en la Tierra. Inevitablemente
hay ambiente de tensión, terror. Todo cuanto conocemos puede que se esfume en
el transcurso de unos minutos, allá en nuestro hogar, mientras nosotros apenas
lo inadvertimos. Puede ser que viajemos demasiado rápido y cuando regresemos ya
todo se haya ido. Estamos solos. Colgados. Nadie nos oye. Tenemos una gran
carga sobre los hombros, la carga de la responsabilidad. Pero, ¿somos capaces
de renunciar a todo cuanto queremos por la razón de actuar por esa causa
superior, tan lejana? ¿Y si es aquello a lo que renunciamos la causa por la que
luchamos? ¿Y si son todas las personas a quien amamos? El debate es intenso.
Tres simples mortales acarician los límites de la inmortalidad. El valeroso
capitán, de sólida moralidad, duda en si retroceder. La doctora medita,
preocupada, incapaz de atisbar algún argumento moral en cualquiera de las dos
soluciones. El venerador del cosmos asiente y se resigna ante la inmensidad
incomprensible de la realidad y nuestra condición de granitos de arena
esparcidos entre las estrellas aunque, finalmente, cree que debemos seguir
adelante.
Segundo dilema. La decisión está
tomada. Pero el acuerdo no era general. La duda. No somos ordenadores que
tomemos decisiones binarias, apreciamos los matices, nos venimos abajo, surge
el remordimiento, da paso a la desconfianza. El astrofísico venerador de las
estrellas duda de la debilidad emocional de los otros dos. El capitán duda del
excesivo idealismo del loco científico. La doctora piensa que la heroicidad
vanidosa del capitán puede hacerle tomar decisiones imprudentes. Se observan
unos a otros en el silencio, entre el sonido armónico de los controles de la
nave. Los ojos están inyectados en sangre. No hablan. La convivencia se hace
difícil. El límite de la cordura no existe. Joder, ¿existe algún límite allá
arriba? ¿Importan los valores humanos si la posibilidad de regresar poco a poco
se desvanece, junto con la esperanza? ¿Dónde acabaremos si no es perdidos en el
espacio? ¿Dónde acabaremos si no es engullidos por la negrura infinita? Pero
hay que recordar los objetivos. Hay que recordar la misión. Hay que recordar la
causa.
****
El camino de vuelta a casa. Estamos
metidos en los personajes. También nos sentimos encogidos de esa sensación de
exceso de vacío, de soledad natural. ¡¿Y si fuésemos uno de nosotros?! Eso me
abruma. Me excita. Pensar en que la humanidad puede pender de un minúsculo hilo
sujeto, incluso, al más mínimo suspiro de alguno de ellos.
-Imagínate la situación, tío,
imagínatela. ¿Qué hay más romántico que un astronauta perdido ahí, arriba… en
el espacio? Buah, ni Canción del Pirata ni nada: ¡La Canción del Astronauta!-
- Yo es que pienso en un tío en
silla de ruedas, invitándome a echarme un cigarrillo mientras va diciendo
aquello de: puede que estéis viendo esto,
eso quiere decir que el Plan sigue su curso, puede que no haya nadie delante de
este holograma…-
Pink Floyd. Interstellar Overdrive. 9 40 min. Colgados de los hilos
colgantes, punzando las estrellas.
****
Tercer dilema. El viaje de
vuelta. La misión se ha terminado, pero no todo ha ido según lo planeado. Ha
habido sacrificios. Nunca nada va según lo planeado. Ha habido sacrificios. El
capitán ha demostrado su valía en un acto heroico. La física relativista ha
conseguido los resultados. El astrofísico no está. El astrofísico se ha
aferrado a la ciencia maníacamente, ha perdido su mente que se ha fundido con
el espacio. Y ambos vuelven a poner los pies sobre la Tierra. Pero ya nada es igual.
Todo el mundo está preparándose para empezar de nuevo, para partir hacia otra
estrella, y ellos son los que los han mandado al exilio. Exiliados del hogar.
Aún quedan unos pocos años, pero todo seguirá su curso. Habremos acabado por
devorar este planeta y huiremos de él buscando otro nuevo horizonte. Del
capitán se pierde la pista, no vuelve jamás a aparecer, pero nadie olvidará que
fue él quien empezó todo esto. Aparecerá en los nuevos mitos de la nueva era.
La física ha quedado sumida en un letargo mental profundo. Ahora vaga entre el
polvo y los demás restos que siguen, a su vez, pulverizándose. Pero nadie
olvidará que fue ella quien empezó todo esto. ¿Deberían haberse quedado
colgados?
****
-Tío, no sé. Cuánta epicidad. Yo
también me siento vacía- Y se ríe.
-Oh, dios. Deberíamos ir a tomar
algo y hablar de todo esto. Es más, en cuanto llegue a casa me pondré a
escribir. No sé, me he quedado flotando.-
Luego nos fuimos, cada uno a su
casa. Y me metí en la cama queriendo ser astronauta.
domingo, 19 de octubre de 2014
Trilogía de mi realidad descompuesta.
I. Compasión.
Mi hermano reclama mi ayuda en la
tarea de limpieza, o más bien, en la tarea de búsqueda. Un aburrido día de
enclaustramiento y opta por empezar a removerlo todo. La mesilla de la
habitación, hasta ahora siempre inamovible, queda desplazada y descubre una
macabra escena. Buscábamos un pincho lleno de películas que nos había dejado un
amigo. No sé si aquel era el sitio y el momento para hacerlo, pero empezamos a
desbaratar la habitación.
-¡Ayúdame a buscarlo! ¡Ayúdame a
buscarlo!-
Unos meses más de sordidez
acumulada y detrás de la mesilla aparece el giroscopio que la profesora de
física nos había dejado para que curioseáramos jugando en casa. Después de
retirar la mesilla aparece un festival de polvo y hollín semipetrificado
aglomerado junto con monedas de dos, cinco y diez céntimos. Asombrosamente
redescubrimos un montón de “tesoros” insignificantes que habían caído por la
pequeña rendija del olvido, entre la mesilla y la pared. Una chapa de cerveza
italiana. Un palillo de los que te metes en las orejas. Los céntimos de uno que
antes no he mencionado y siempre están presentes. Una pulsera rota con
piedrecitas blancas semejantes a granos de arroz. Un collar deshilachado con
una pequeña figurita de arcilla pintada. Partituras horrendas, plásticos y
paquetes de pañuelos. Todos los libros acaban encima de la cama y también esa
curiosa lámpara que hace ver que tiene muchos años y nunca ha funcionado.
Un poco de compasión que cae de
mis ojos. Y empiezo a recoger algunos artilugios y objetos de esos
insignificantes y ya olvidados. Selecciono y mi hermano me espeta: “¿Quieres
guardar todo eso en el baúl de las cosas absurdas? “ Luego me lanza la escoba.
II. Trascendencia.
-Andrés Hurtado acaba
suicidándose, ¿no?-
-Sí-
-Se veía venir…-
Y ahora voy paseando por la calle
invadido por un pesimismo trascendental. Me han clavado una espada muy hondo.
Esquivo la gente sin aparente entusiasmo, ofuscado en mis propios pensamientos.
Me detengo en medio de todo y empiezo a girar y a girar. Una gran sonrisa se
ilumina en mi cara. Me invaden unas inexplicables ganas de reír.
Pero solo son almas.
Almas con su percepción propia de
la realidad.
Almas que existen para ellas.
La calle de las almas.
La calle de los gritos.
La calle de las bicicletas.
La calle de los niños.
La calle de las almas.
La calle de una sombra.
Río y río y río y río. Andrés
dice que la única solución es la contemplación indiferente.
- ¿Y tú qué piensas que es la
realidad?-
- Yo creo en el determinismo
científico.-
-El otro día iba montado en
bicicleta. En mi bicicleta con cestita, con cestita desatornillada y ruidosa y
dando botes por el camino de tierra. Pensé en las estrellas, ¿sabes? Pensé en
que, tal vez, una especie extraterrestre podría no llegar a las mismas
conclusiones acerca de la existencia que nosotros, puesto que su percepción del
mundo estaría influida por su misma existencia, por el filtro de su propia
mente, al igual que nuestra percepción del cosmos. ¿En qué se parecerían ambas?
La ciencia humana no se parecería en nada a una… supuesta ciencia alienígena,
¿entiendes? Sus matemáticas están creadas a su medida, al igual que las
nuestras, que se adaptan a nuestro conocimiento. Pero sería como si ambos
estuviéramos rascando del mismo montón y, por lo tanto, extrayendo pedazos de
lo mismo pero desde distintos puntos de vista, ¿no?-
Largo y tendido discutimos sobre
los límites del cosmos. Nos entretenemos conspirando. Pero no son más que
palabras. Somos unos charlatanes. Intentamos demostrar vagamente la
inexistencia de Dios y quedamos totalmente convencidos y entusiasmados con
nuestros resultados. Abrimos mucho los ojos y escupimos pequeñas gotas de
saliva mientras hablamos efusivamente de todo y de nada, de la trascendencia de
las cosas trascendentes y de la trascendencia de las cosas banales.
III. Soledad.
Ahora es más de medianoche.
Siempre encuentro mi refugio a estas horas delante del teclado. Últimamente me
siento un fantasma que vaga en una calle llena de gente rara. Todos hemos
cambiado. Tengo miedo. Estoy ansioso. Todo es raro. Me ha caído una pequeña
lágrima y he apoyado la cabeza en la mesa del ordenador. La habitación está
oscura. Solo se oyen las teclas. Ella es una de las pocas almas cómplices que
siento cercana… y está lejos. Pero siempre es cálida.
Podría pasear descalzo por el
suelo frío. Podría esperar y ver cómo me recorre esa sensación fría todo el
cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, erizándome todos los pequeños pelillos
de la barba. Podría bajar a azotar el piano con acordes imposibles o, simplemente,
hacer sonar una tecla levemente y esperar a que se fundiera con la calma…
La calma que todo lo engulle…
La calma imperecedera…
La calma que me tiene…
lunes, 1 de septiembre de 2014
De las últimas.
Paseando por la calle mayor que
iluminada empezaba a estar de las primeras luces nocturnas. Aún la luna cedía
los últimos rayos de luz al sol; la luz atenuada. Media tarde. Bajando por la
calle al ritmo de la música de nuestra propia energía. Las ocho.
- Tío, he tenido una idea. Cada
cinco pasos saltamos arriba y fotografía -
- ¿Qué dices? -
- Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
-
Yo en un giro aéreo me encaraba a
la cámara y ella disparaba. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Al oír el quinto
paso me vuelvo y salto. Fotografía. Después de unas cuantas repeticiones me
adueño de la máquina. Yo hago la cuenta. Me persiguen porque la idea les parece
estúpida. Se interponen entre mi objetivo y ella. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Cinco.
-Tío, no me dejáis alternativa.
Voy a saltar y apretar el botón a la vez para que no salgáis delante –
Llegamos al lugar concurrido, al
triángulo de bares de la calle mayor, al triángulo de las cañas. Me dicen que
deje de hacer el idiota con la cámara. Nos adentrábamos en una tasca a por nuestra
bebida rubia. Cuatro normales y una con limón. Acto seguido conspirábamos sobre
la noche del día siguiente.
- Vaya maneras... – mira a los demás y apunta – El otro día
decíamos que mañana íbamos a pillar y él dijo “a mi me van intelectuales”. – Pone
gestos un tanto burlescos. Abro los ojos e intercedo.
-
Yo me hago el interesante – acabo arqueando la ceja – y hablo de
literatura y del nihilismo de la vida y esas cosas… (aquí es como que quieres
dar la sensación de rollo bohemio y tal)
-Mañana ligamos hablando de
matemáticas – mirada cómplice y estrechamos la mano.
-Mira, mira. Primero entras con
la canción, luego cuentas el chiste de la parábola y preguntas sobre la
fórmula. –
-¡¿Y el juego?! Cuando te digan
la palabra, espalda al suelo. –
- Dios, dios, dios, dios.
Canción, parábola y… joder, ¿en medio
dices la palabra y como un gilipollas con la espalda pegada al suelo? –
-Hasta que te toquen, espalda al
suelo – Se supone que cada uno teníamos nuestra palabra clave y cuando alguien
la dijera tendríamos que pegar la espalda al suelo y no levantarnos
(opcionalmente hacer la cucaracha) hasta que cualquier ente nos rescatara
simplemente con un leve contacto.
Ahora reímos todos. Las risas
veraniegas apagan la conversación. Septiembre es el mes decadente, todo lo que
quedaba pausado vuelve a ponerse en marcha, todo lo que había quedado en la
bruma empieza a condensarse y aterrizamos. Esta era de las últimas. De esas en que
la luna cediera los rayos al sol de las ocho de la tarde. Luz atenuada.
domingo, 6 de julio de 2014
Lágrimas Dulces.
De madrugada escribo. A mi
derecha tengo un sombrero colgando de la pantalla del ordenador. Una botella de
cerveza italiana haciendo turno de guardia a mi izquierda. El hombre de la
etiqueta, el señor Moretti, me mira fijamente. ¿Qué quieres, señor Moretti?
¿Quieres hablar? Hablemos. El silencio imperante se puede quedar de testigo
mientras conversamos.
La verdad siempre se queda
callada hasta la madrugada. Espera hasta las últimas horas para mostrarse. No
le gusta el barullo de la gente, prefiere la cálida y cercana calma visceral.
La noche es perfecta. No tiene prisa y es seductora. La noche te descubre a las
personas. Pero es al final de la noche cuando lo has visto todo. Recuerdo un
amanecer en medio del mar y que la confianza propia de amistades ya viejas se
notaba en nuestras palabras. Una ráfaga suave y salada nos acurrucaba de
espaldas al sol naciente, naciendo en el Mediterráneo. Habíamos sobrevivido a
la fugacidad nocturna y mágica.
Los momentos se añoran, pero en
los recuerdos se vuelven a vivir. Las lágrimas suelen ser saladas, como el mar
salvaje. Pero hay que conseguir que sepan dulces de añoranza tierna. Tengo la
foto delante de mi, señor Moretti. Estamos los tres haciéndole una mueca al
ocaso de la oscuridad y con el inmenso mar, que inspira respeto, al fondo,
impasible. Una banda anaranjada difuminada con el cielo que poco a poco se
aclara. Pasábamos entre Córcega y Cerdeña.
No teníamos prisa, para nada.
Aunque sabíamos que el final se aproximaba. Tenuemente se iba haciendo de día y
volvíamos a la realidad. Y a la noche siguiente, lágrimas dulces de despedida. Ahora estamos
tú y yo, escribiendo de madrugada. Pero eres una triste cerveza vacía haciendo
turno de guardia, reposando encima de la torre de mi ordenador. Llevas nombre
italiano, señor Moretti. Y estuviste en el mismo sitio que yo desde aquel
primer día. Pero no sentías lo que nosotros, cruzando el estrecho con el sol a
las espaldas y la brisa salada.
Esto es por vosotros.
lunes, 21 de abril de 2014
Pausa.
Me puse mi camisa hippie de color
rojizo apagado; me até mis “converse” falsas de diez euros, desaliñadas, rotas
y sucias. Anduve por la calle debajo de la noche sin detenerme a contar las
estrellas, cosa que suelo hacer. Llegué a la barra, donde estaban mis amigos, y
pedí una Heineken. Me mojé ligeramente los labios y conversé fugazmente con
Billie Blues. Hablé con una chica y di consejos de vida pese a mi falta
abundante de experiencia. Vino mi hermano a hacerme notar mi expresión de
“hacerte el interesante” en mi cara. Qué menos, iba con una camisa hippie diciéndole al
mundo lo poco que me importaba que les gustara. Fui a preguntar por un taburete
libre y me respondieron “con esa camisa no”. Me dijeron, más tarde, que eran
guardias civiles de paisano y me hizo gracia. Me acaricié la mejilla y noté mi
barba: había crecido. Me llené de melancolía. Veía pasar el tiempo apoyado en
la barra.
Paseé por las calles como un
fantasma. Como un alma errante miré a la gente que había acudido esos días y
que se iría al cabo de unos pocos. Escuchaba el murmullo ajeno de los bares
concurridos. Observaba la agitación efímera de las voces que llenaban el
espacio. Pero las voces formaban parte del silencio, de un fondo de murmullo en
mi pensamiento. Como un alma errante caminaba por la calle de las sombras. Y
miraba, y observaba, y atendía a los
minúsculos detalles y desatendía a los más inmensos. Como un alma errante me
pasé mi mano por la barbilla y noté que me habían crecido unos pelos.
Me senté en una piedra de la
montaña y atisbé a lo alto el monte. Sesgué el horizonte con la mirada y noté
el aire fresco que acariciaba. Siempre he pensado, en mis soledades, que algún
día construiría una cabaña en la montaña para aislarme de la incertidumbre de
la gente. Sería como un refugio para ordenar la mente, para desconectar, para
dejar de buscar soluciones a lo sentenciado. No creo que fuese un lugar para
buscar respuestas, sería un lugar para no encontrarlas y conformarse con un
nada. Un ermitaño entre la naturaleza acariciándose su espesa barba.
Volví a mojarme los labios con mi cerveza. Miré a Billie Blues, volví al lugar del que me había fugado. Me había puesto mi camisa hippie de color rojizo apagado; me había atado mis “converse” falsas de diez euros, desaliñadas, rotas y sucias. Había andado por la calle debajo de la noche sin haberme detenido a contar las estrellas, cosa que siempre hago. Había llegado a la barra, donde estaban mis amigos, y pedido una Heineken. Ha pasado el tiempo, hace poco éramos sólo niños y ahora ansiábamos comernos el mundo. Me acaricié la mejilla y noté los pelos de mi barba.
sábado, 8 de febrero de 2014
Canción de invierno.
5 de febrero y paseábamos por el
centro de Barcelona. Sin rumbo, “ramblejant” por el casco antiguo (estábamos
cerca de Las Ramblas, por eso digo ramblejant). Hacía frío y el invierno hizo
que la noche se nos echara encima; serían las siete y media de la tarde.
Paramos en el escaparate de una tienda especializada en material de dibujo. Tenía
increíbles gamas de lápices de colores y acuarelas. Vimos a una mujer que
cantaba dando tumbos por medio de la calle. Era un espectáculo ambulante y sorprendente.
Su voz era profunda y grande, aunque perdida y desesperada. “Está mal de la
cabeza” me dijeron. Me la quedé mirando, fascinado por su canto. Ella seguía
cantando sin rumbo, no atendía a nada a su alrededor. Y cantaba y cantaba su
melancolía. Paró, desorientada, en el cruce de una callejuela. Se volvió y me
miró a los ojos. Aparté rápido la mirada, asustado, no la soporté. La mujer
siguió cantando la misma canción, callejeando hasta encontrarse con una plaza. La
perdí de vista pero seguía oyendo su voz, cada vez más tenue, cada vez más
apagada. Se estaba alejando.
Vivía en las calles, las calles
eran su mundo y la gente le resultaba ajena. Arrastraba un carrito con una mano
mientras seguía su aria con caminar rápido y confuso. Me fascinaba, me
fascinaba y me recordaba a Dean Moriarty. Ahora entiendo a Sal cuando, en la última
página dice: “Pienso en Dean, pienso en Dean Moriarty”. Yo también pensé en
Dean, pensé en Dean Moriarty y pensé en aquel alma que vagaba por las calles del
mundo en busca de algo que no encontraría jamás: su destino. Cantaba y solo
cantaba, y como Dean, pertenecía a ese mismo mundo de calles, al mundo subterráneo,
porque solo le importaba el camino.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)