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viernes, 10 de abril de 2015

Las llagas del tiempo.

Después de uno de esos momentos en que oso vanidosamente poner el universo entre paréntesis e intentar acorralarlo entre las palmas de mis manos, me he sentido vencido por la sabiduría de los años que pesan y todas las llagas que reúne mi abuela de su paso por la vida. Mi hermano leía “El gen egoísta” y, abrumado, ha corrido a mostrarme todo cuanto le han inspirado las pocas páginas que ha devorado. Yo, entusiasmado, he iluminado mi mirada y ha empezado a encenderse la corriente entre nosotros que nos ha llevado a discutir muy efusivamente sobre el qué, el todo y la nada. El ser, el no ser, el bien y el mal. Mi abuela, con su frente profunda y marcada por la sabiduría de quien ha visto más y ha recorrido más, ha acabado refutando y poniéndonos los pies en la tierra. Su vasto argumento de experiencia (toda una vida, toda una guerra, hambre, la vocación hospitalaria de una enfermera y la vocación materna hacia toda persona) me ha dejado admirado. Y finalmente, callado, no he podido más que darle la razón. Aunque esté equivocada, solo la sabiduría de tantos años basta para acallar todas las exhalaciones de joven que cree aspirar a la cumbre y que no son más que trazos, brochazos gordos que desdibujan ideas tímidas y poco sólidas. La mirada fija de ojos grises de mi abuela me ha erizado los pelos de todo el cuerpo.  

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sobre los límites.

Igual es tan tarde que empieza a ser demasiado pronto; podría ser prontísimo para empezar a confundirse con demasiado tarde. Pero no pasa nada, estoy a mis anchas, estoy donde quiero estar porque se ven las estrellas si abro la ventana. Me he visto saliendo del cine. He salido al exterior. Hacía bastante tiempo que no trascendía hacia ese mundo expansivo y sin límites, hacía tiempo que no me sumergía en ese mundo. Lo echaba de menos. Y es que mi fibra sensible, quizás, sea la ciencia ficción. Hemos seguido paseando después de casi tres horas de película y yo le seguía dando vueltas al mismo momento. El dilema trascendental. La elección que inevitablemente va a guiar el futuro de toda la especie. Es uno de esos momentos en los que tocamos los límites de lo real y nuestra condición de imperfectos humanos nos delata. Miro hacia arriba y me transporto. Ya estoy a bordo.

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Moondog. Cosmic Meditation. 20 min. aproximadamente de inquietante tranquilidad sonora espacial.

Se encienden los motores y se inicia el despegue. La misión está clara: explorar la infinitud del vacío, más allá de nuestro planeta, en busca de un lugar donde volver a plantar las semillas de nuestra civilización. Nuestro planeta agoniza, se muere, respira aire intoxicado, polvo de podredumbre que lo entierra todo como aquellas hojas amarillas del otoño. Tiempo. Tiempo. Más tiempo. Pero este escasea, y a veces pasa lento, o demasiado deprisa, no lo sé, es relativo. El tiempo que transcurre y nos acerca a nuestro objetivo a su vez aproxima a la humanidad hacia el fin. Sobre esa base jugamos. Ese es nuestro tablero de juego. De pronto, los astronautas se encuentran colgados en la inmensidad. Los cálculos pueden fallar. Nuestras matemáticas también son humanas. ¿Y si fallan? ¿A qué nos sujetamos? La racionalidad queda invadida por nuestras almas. Cada aliento es un cálculo, cada gota de sudor es una cantidad exacta de energía, cada suspiro, cada esfuerzo, cada parpadeo es un segundo de vida. Las decisiones son binarias; no se puede apelar a los sentimientos.

Primer dilema. De nosotros depende la supervivencia de la especie. Sale el capitán con expresión magnánima y empieza la asamblea de tres: el ya mencionado capitán, la doctora experta en física de la relatividad y el astrofísico afamado y apasionado venerador del cosmos. Debemos atravesar un espacio de distorsión temporal y cada minuto que pase será equivalente a unos cuantos años en la Tierra. Inevitablemente hay ambiente de tensión, terror. Todo cuanto conocemos puede que se esfume en el transcurso de unos minutos, allá en nuestro hogar, mientras nosotros apenas lo inadvertimos. Puede ser que viajemos demasiado rápido y cuando regresemos ya todo se haya ido. Estamos solos. Colgados. Nadie nos oye. Tenemos una gran carga sobre los hombros, la carga de la responsabilidad. Pero, ¿somos capaces de renunciar a todo cuanto queremos por la razón de actuar por esa causa superior, tan lejana? ¿Y si es aquello a lo que renunciamos la causa por la que luchamos? ¿Y si son todas las personas a quien amamos? El debate es intenso. Tres simples mortales acarician los límites de la inmortalidad. El valeroso capitán, de sólida moralidad, duda en si retroceder. La doctora medita, preocupada, incapaz de atisbar algún argumento moral en cualquiera de las dos soluciones. El venerador del cosmos asiente y se resigna ante la inmensidad incomprensible de la realidad y nuestra condición de granitos de arena esparcidos entre las estrellas aunque, finalmente, cree que debemos seguir adelante.

Segundo dilema. La decisión está tomada. Pero el acuerdo no era general. La duda. No somos ordenadores que tomemos decisiones binarias, apreciamos los matices, nos venimos abajo, surge el remordimiento, da paso a la desconfianza. El astrofísico venerador de las estrellas duda de la debilidad emocional de los otros dos. El capitán duda del excesivo idealismo del loco científico. La doctora piensa que la heroicidad vanidosa del capitán puede hacerle tomar decisiones imprudentes. Se observan unos a otros en el silencio, entre el sonido armónico de los controles de la nave. Los ojos están inyectados en sangre. No hablan. La convivencia se hace difícil. El límite de la cordura no existe. Joder, ¿existe algún límite allá arriba? ¿Importan los valores humanos si la posibilidad de regresar poco a poco se desvanece, junto con la esperanza? ¿Dónde acabaremos si no es perdidos en el espacio? ¿Dónde acabaremos si no es engullidos por la negrura infinita? Pero hay que recordar los objetivos. Hay que recordar la misión. Hay que recordar la causa.

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El camino de vuelta a casa. Estamos metidos en los personajes. También nos sentimos encogidos de esa sensación de exceso de vacío, de soledad natural. ¡¿Y si fuésemos uno de nosotros?! Eso me abruma. Me excita. Pensar en que la humanidad puede pender de un minúsculo hilo sujeto, incluso, al más mínimo suspiro de alguno de ellos.

-Imagínate la situación, tío, imagínatela. ¿Qué hay más romántico que un astronauta perdido ahí, arriba… en el espacio? Buah, ni Canción del Pirata ni nada: ¡La Canción del Astronauta!-

- Yo es que pienso en un tío en silla de ruedas, invitándome a echarme un cigarrillo mientras va diciendo aquello de: puede que estéis viendo esto, eso quiere decir que el Plan sigue su curso, puede que no haya nadie delante de este holograma…-

Pink Floyd. Interstellar Overdrive. 9 40 min. Colgados de los hilos colgantes, punzando las estrellas.

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Tercer dilema. El viaje de vuelta. La misión se ha terminado, pero no todo ha ido según lo planeado. Ha habido sacrificios. Nunca nada va según lo planeado. Ha habido sacrificios. El capitán ha demostrado su valía en un acto heroico. La física relativista ha conseguido los resultados. El astrofísico no está. El astrofísico se ha aferrado a la ciencia maníacamente, ha perdido su mente que se ha fundido con el espacio. Y ambos vuelven a poner los pies sobre la Tierra. Pero ya nada es igual. Todo el mundo está preparándose para empezar de nuevo, para partir hacia otra estrella, y ellos son los que los han mandado al exilio. Exiliados del hogar. Aún quedan unos pocos años, pero todo seguirá su curso. Habremos acabado por devorar este planeta y huiremos de él buscando otro nuevo horizonte. Del capitán se pierde la pista, no vuelve jamás a aparecer, pero nadie olvidará que fue él quien empezó todo esto. Aparecerá en los nuevos mitos de la nueva era. La física ha quedado sumida en un letargo mental profundo. Ahora vaga entre el polvo y los demás restos que siguen, a su vez, pulverizándose. Pero nadie olvidará que fue ella quien empezó todo esto. ¿Deberían haberse quedado colgados?

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-Tío, no sé. Cuánta epicidad. Yo también me siento vacía-  Y se ríe.

-Oh, dios. Deberíamos ir a tomar algo y hablar de todo esto. Es más, en cuanto llegue a casa me pondré a escribir. No sé, me he quedado flotando.-

Luego nos fuimos, cada uno a su casa. Y me metí en la cama queriendo ser astronauta.

domingo, 19 de octubre de 2014

Trilogía de mi realidad descompuesta.


I. Compasión.

Mi hermano reclama mi ayuda en la tarea de limpieza, o más bien, en la tarea de búsqueda. Un aburrido día de enclaustramiento y opta por empezar a removerlo todo. La mesilla de la habitación, hasta ahora siempre inamovible, queda desplazada y descubre una macabra escena. Buscábamos un pincho lleno de películas que nos había dejado un amigo. No sé si aquel era el sitio y el momento para hacerlo, pero empezamos a desbaratar la habitación.

-¡Ayúdame a buscarlo! ¡Ayúdame a buscarlo!-

Unos meses más de sordidez acumulada y detrás de la mesilla aparece el giroscopio que la profesora de física nos había dejado para que curioseáramos jugando en casa. Después de retirar la mesilla aparece un festival de polvo y hollín semipetrificado aglomerado junto con monedas de dos, cinco y diez céntimos. Asombrosamente redescubrimos un montón de “tesoros” insignificantes que habían caído por la pequeña rendija del olvido, entre la mesilla y la pared. Una chapa de cerveza italiana. Un palillo de los que te metes en las orejas. Los céntimos de uno que antes no he mencionado y siempre están presentes. Una pulsera rota con piedrecitas blancas semejantes a granos de arroz. Un collar deshilachado con una pequeña figurita de arcilla pintada. Partituras horrendas, plásticos y paquetes de pañuelos. Todos los libros acaban encima de la cama y también esa curiosa lámpara que hace ver que tiene muchos años y nunca ha funcionado.

Un poco de compasión que cae de mis ojos. Y empiezo a recoger algunos artilugios y objetos de esos insignificantes y ya olvidados. Selecciono y mi hermano me espeta: “¿Quieres guardar todo eso en el baúl de las cosas absurdas? “ Luego me lanza la escoba.


II. Trascendencia.

-Andrés Hurtado acaba suicidándose, ¿no?-
-Sí-
-Se veía venir…-

Y ahora voy paseando por la calle invadido por un pesimismo trascendental. Me han clavado una espada muy hondo. Esquivo la gente sin aparente entusiasmo, ofuscado en mis propios pensamientos. Me detengo en medio de todo y empiezo a girar y a girar. Una gran sonrisa se ilumina en mi cara. Me invaden unas inexplicables ganas de reír.
Pero solo son almas.
Almas con su percepción propia de la realidad.
Almas que existen para ellas.
La calle de las almas.
La calle de los gritos.
La calle de las bicicletas.
La calle de los niños.
La calle de las almas.
La calle de una sombra.
Río y río y río y río. Andrés dice que la única solución es la contemplación indiferente.

- ¿Y tú qué piensas que es la realidad?-
- Yo creo en el determinismo científico.-
-El otro día iba montado en bicicleta. En mi bicicleta con cestita, con cestita desatornillada y ruidosa y dando botes por el camino de tierra. Pensé en las estrellas, ¿sabes? Pensé en que, tal vez, una especie extraterrestre podría no llegar a las mismas conclusiones acerca de la existencia que nosotros, puesto que su percepción del mundo estaría influida por su misma existencia, por el filtro de su propia mente, al igual que nuestra percepción del cosmos. ¿En qué se parecerían ambas? La ciencia humana no se parecería en nada a una… supuesta ciencia alienígena, ¿entiendes? Sus matemáticas están creadas a su medida, al igual que las nuestras, que se adaptan a nuestro conocimiento. Pero sería como si ambos estuviéramos rascando del mismo montón y, por lo tanto, extrayendo pedazos de lo mismo pero desde distintos puntos de vista, ¿no?-

Largo y tendido discutimos sobre los límites del cosmos. Nos entretenemos conspirando. Pero no son más que palabras. Somos unos charlatanes. Intentamos demostrar vagamente la inexistencia de Dios y quedamos totalmente convencidos y entusiasmados con nuestros resultados. Abrimos mucho los ojos y escupimos pequeñas gotas de saliva mientras hablamos efusivamente de todo y de nada, de la trascendencia de las cosas trascendentes y de la trascendencia de las cosas banales.


III. Soledad.

Ahora es más de medianoche. Siempre encuentro mi refugio a estas horas delante del teclado. Últimamente me siento un fantasma que vaga en una calle llena de gente rara. Todos hemos cambiado. Tengo miedo. Estoy ansioso. Todo es raro. Me ha caído una pequeña lágrima y he apoyado la cabeza en la mesa del ordenador. La habitación está oscura. Solo se oyen las teclas. Ella es una de las pocas almas cómplices que siento cercana… y está lejos. Pero siempre es cálida.

Podría pasear descalzo por el suelo frío. Podría esperar y ver cómo me recorre esa sensación fría todo el cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, erizándome todos los pequeños pelillos de la barba. Podría bajar a azotar el piano con acordes imposibles o, simplemente, hacer sonar una tecla levemente y esperar a que se fundiera con la calma…
La calma que todo lo engulle…
La calma imperecedera…

La calma que me tiene…

lunes, 1 de septiembre de 2014

De las últimas.

Paseando por la calle mayor que iluminada empezaba a estar de las primeras luces nocturnas. Aún la luna cedía los últimos rayos de luz al sol; la luz atenuada. Media tarde. Bajando por la calle al ritmo de la música de nuestra propia energía. Las ocho.

- Tío, he tenido una idea. Cada cinco pasos saltamos arriba y fotografía -
- ¿Qué dices? -
- Uno, dos, tres, cuatro, cinco… -

Yo en un giro aéreo me encaraba a la cámara y ella disparaba. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Al oír el quinto paso me vuelvo y salto. Fotografía. Después de unas cuantas repeticiones me adueño de la máquina. Yo hago la cuenta. Me persiguen porque la idea les parece estúpida. Se interponen entre mi objetivo y ella. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

-Tío, no me dejáis alternativa. Voy a saltar y apretar el botón a la vez para que no salgáis delante –

Llegamos al lugar concurrido, al triángulo de bares de la calle mayor, al triángulo de las cañas. Me dicen que deje de hacer el idiota con la cámara. Nos adentrábamos en una tasca a por nuestra bebida rubia. Cuatro normales y una con limón. Acto seguido conspirábamos sobre la noche del día siguiente.

 - Vaya maneras...  – mira a los demás y apunta – El otro día decíamos que mañana íbamos a pillar y él dijo “a mi me van intelectuales”. – Pone gestos un tanto burlescos. Abro los ojos e intercedo.
-  Yo me hago el interesante – acabo arqueando la ceja – y hablo de literatura y del nihilismo de la vida y esas cosas… (aquí es como que quieres dar la sensación de rollo bohemio y tal)
-Mañana ligamos hablando de matemáticas – mirada cómplice y estrechamos la mano.
-Mira, mira. Primero entras con la canción, luego cuentas el chiste de la parábola y preguntas sobre la fórmula. –
-¡¿Y el juego?! Cuando te digan la palabra, espalda al suelo. –
- Dios, dios, dios, dios. Canción, parábola y… joder,  ¿en medio dices la palabra y como un gilipollas con la espalda pegada al suelo? –
-Hasta que te toquen, espalda al suelo – Se supone que cada uno teníamos nuestra palabra clave y cuando alguien la dijera tendríamos que pegar la espalda al suelo y no levantarnos (opcionalmente hacer la cucaracha) hasta que cualquier ente nos rescatara simplemente con un leve contacto.

Ahora reímos todos. Las risas veraniegas apagan la conversación. Septiembre es el mes decadente, todo lo que quedaba pausado vuelve a ponerse en marcha, todo lo que había quedado en la bruma empieza a condensarse y aterrizamos. Esta era de las últimas. De esas en que la luna cediera los rayos al sol de las ocho de la tarde. Luz atenuada.

domingo, 6 de julio de 2014

Lágrimas Dulces.


De madrugada escribo. A mi derecha tengo un sombrero colgando de la pantalla del ordenador. Una botella de cerveza italiana haciendo turno de guardia a mi izquierda. El hombre de la etiqueta, el señor Moretti, me mira fijamente. ¿Qué quieres, señor Moretti? ¿Quieres hablar? Hablemos. El silencio imperante se puede quedar de testigo mientras conversamos.

La verdad siempre se queda callada hasta la madrugada. Espera hasta las últimas horas para mostrarse. No le gusta el barullo de la gente, prefiere la cálida y cercana calma visceral. La noche es perfecta. No tiene prisa y es seductora. La noche te descubre a las personas. Pero es al final de la noche cuando lo has visto todo. Recuerdo un amanecer en medio del mar y que la confianza propia de amistades ya viejas se notaba en nuestras palabras. Una ráfaga suave y salada nos acurrucaba de espaldas al sol naciente, naciendo en el Mediterráneo. Habíamos sobrevivido a la fugacidad nocturna y mágica.

Los momentos se añoran, pero en los recuerdos se vuelven a vivir. Las lágrimas suelen ser saladas, como el mar salvaje. Pero hay que conseguir que sepan dulces de añoranza tierna. Tengo la foto delante de mi, señor Moretti. Estamos los tres haciéndole una mueca al ocaso de la oscuridad y con el inmenso mar, que inspira respeto, al fondo, impasible. Una banda anaranjada difuminada con el cielo que poco a poco se aclara. Pasábamos entre Córcega y Cerdeña.

No teníamos prisa, para nada. Aunque sabíamos que el final se aproximaba. Tenuemente se iba haciendo de día y volvíamos a la realidad. Y a la noche siguiente, lágrimas dulces de despedida. Ahora estamos tú y yo, escribiendo de madrugada. Pero eres una triste cerveza vacía haciendo turno de guardia, reposando encima de la torre de mi ordenador. Llevas nombre italiano, señor Moretti. Y estuviste en el mismo sitio que yo desde aquel primer día. Pero no sentías lo que nosotros, cruzando el estrecho con el sol a las espaldas y la brisa salada.

Esto es por vosotros.

lunes, 21 de abril de 2014

Pausa.

Me puse mi camisa hippie de color rojizo apagado; me até mis “converse” falsas de diez euros, desaliñadas, rotas y sucias. Anduve por la calle debajo de la noche sin detenerme a contar las estrellas, cosa que suelo hacer. Llegué a la barra, donde estaban mis amigos, y pedí una Heineken. Me mojé ligeramente los labios y conversé fugazmente con Billie Blues. Hablé con una chica y di consejos de vida pese a mi falta abundante de experiencia. Vino mi hermano a hacerme notar mi expresión de “hacerte el interesante” en mi cara. Qué menos, iba con una camisa hippie diciéndole al mundo lo poco que me importaba que les gustara. Fui a preguntar por un taburete libre y me respondieron “con esa camisa no”. Me dijeron, más tarde, que eran guardias civiles de paisano y me hizo gracia. Me acaricié la mejilla y noté mi barba: había crecido. Me llené de melancolía. Veía pasar el tiempo apoyado en la barra.

Paseé por las calles como un fantasma. Como un alma errante miré a la gente que había acudido esos días y que se iría al cabo de unos pocos. Escuchaba el murmullo ajeno de los bares concurridos. Observaba la agitación efímera de las voces que llenaban el espacio. Pero las voces formaban parte del silencio, de un fondo de murmullo en mi pensamiento. Como un alma errante caminaba por la calle de las sombras. Y miraba, y observaba,  y atendía a los minúsculos detalles y desatendía a los más inmensos. Como un alma errante me pasé mi mano por la barbilla y noté que me habían crecido unos pelos.

Me senté en una piedra de la montaña y atisbé a lo alto el monte. Sesgué el horizonte con la mirada y noté el aire fresco que acariciaba. Siempre he pensado, en mis soledades, que algún día construiría una cabaña en la montaña para aislarme de la incertidumbre de la gente. Sería como un refugio para ordenar la mente, para desconectar, para dejar de buscar soluciones a lo sentenciado. No creo que fuese un lugar para buscar respuestas, sería un lugar para no encontrarlas y conformarse con un nada. Un ermitaño entre la naturaleza acariciándose su espesa barba.

Volví a mojarme los labios con mi cerveza. Miré a Billie Blues, volví al lugar del que me había fugado. Me había puesto mi camisa hippie de color rojizo apagado; me había atado mis “converse” falsas de diez euros, desaliñadas, rotas y sucias. Había andado por la calle debajo de la noche sin haberme detenido a contar las estrellas, cosa que siempre hago. Había llegado a la barra, donde estaban mis amigos, y pedido una Heineken. Ha pasado el tiempo, hace poco éramos sólo niños y ahora ansiábamos comernos el mundo. Me acaricié la mejilla y noté los pelos de mi barba.

sábado, 8 de febrero de 2014

Canción de invierno.

5 de febrero y paseábamos por el centro de Barcelona. Sin rumbo, “ramblejant” por el casco antiguo (estábamos cerca de Las Ramblas, por eso digo ramblejant). Hacía frío y el invierno hizo que la noche se nos echara encima; serían las siete y media de la tarde. Paramos en el escaparate de una tienda especializada en material de dibujo. Tenía increíbles gamas de lápices de colores y acuarelas. Vimos a una mujer que cantaba dando tumbos por medio de la calle. Era un espectáculo ambulante y sorprendente. Su voz era profunda y grande, aunque perdida y desesperada. “Está mal de la cabeza” me dijeron. Me la quedé mirando, fascinado por su canto. Ella seguía cantando sin rumbo, no atendía a nada a su alrededor. Y cantaba y cantaba su melancolía. Paró, desorientada, en el cruce de una callejuela. Se volvió y me miró a los ojos. Aparté rápido la mirada, asustado, no la soporté. La mujer siguió cantando la misma canción, callejeando hasta encontrarse con una plaza. La perdí de vista pero seguía oyendo su voz, cada vez más tenue, cada vez más apagada. Se estaba alejando.


Vivía en las calles, las calles eran su mundo y la gente le resultaba ajena. Arrastraba un carrito con una mano mientras seguía su aria con caminar rápido y confuso. Me fascinaba, me fascinaba y me recordaba a Dean Moriarty. Ahora entiendo a Sal cuando, en la última página dice: “Pienso en Dean, pienso en Dean Moriarty”. Yo también pensé en Dean, pensé en Dean Moriarty y pensé en aquel alma que vagaba por las calles del mundo en busca de algo que no encontraría jamás: su destino. Cantaba y solo cantaba, y como Dean, pertenecía a ese mismo mundo de calles, al mundo subterráneo, porque solo le importaba el camino.