El otro día no supe qué decir. Solamente me puse a escuchar el silencio. Escuché el aire retenido y palpitante que sugería que una ínfima vibración estaba por aproximarse, sí, lo notaba. Los pelos del brazo se me erizaron y yo estaba apoyado en la barandilla de aquel octavo piso, mirando a la calle vacía, a la noche urbana y a las luciérnagas inmóviles de hormigón que centelleaban en la otra acera. Entonces, la premonición de antes. Llegué a atisbar el resplandor y en el momento justo, como si mi brazo fuera un mecanismo automático, sin pensarlo si quiera, un gesto rotundo y repentido, acelerado, vino a pronunciarse, naciendo desde el mismísimo hombro y extendiéndose por toda la extremidad, resultando en un amplio giro orbital que cazó al viento. Sí, lo agarré con la mano y todo aquello que iba a decir, el silencio, sí, el silencio. Porque a veces el silencio habla y yo le robé las palabras. Y ambos, como si le hubiera puesto la mano sobre sus labios, quedamos sumidos en la calma espectral, sin tener ya nada que hablar; solo contemplar las luciérnagas centelleantes de la avenida.
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martes, 29 de septiembre de 2015
sábado, 19 de septiembre de 2015
Qué divertido es estar aburrido.
Supongo que puede sorprenderos un título tan antitético, y bien, soy consciente de que es bastante improbable inclinar la balanza hacia los dos lados, lo sé, diversión y aburrimiento no pueden ir mezclados. Pero me gustaría atender a los matices, a la belleza que hay en ellos, a la frontera difuminada entre ambos valores y todas sus finuras. Creo que he encontrado, en uno de mis paseos matutinos, con toda la calma de la que disfruto estos días, una especie de punto medio, una especie de ataraxia, tranquilidad insonora. Bien, me explico. Ya de entrada, no tener nada que hacer durante toda la jornada puede presentarse como algo absolutamente aburrido. Después de verme sumergido en tal situación durante unos cuantos días, he acabado por descubrir que hay algo que vence al aburrimiento, una especie de magia que pasarías por alto un día de rutinario estrés, ofuscado en el estudio, de esos que pasas por casa, comes y vuelves a lo tuyo. Sí, a parte de tener tiempo para pasear, una manera satisfactoria de liberar la mente, he observado que te fijas más en las cosas, aún siendo pequeñas, es decir, como no tienes un destino prefijado, cualquier pequeña aventurilla cotidiana se puede convertir en un espléndido relato: señores, ayer fui al supermercado y compré yogures con trocitos y, además, fui a ver una exposición. De la misma forma, a la pregunta protocolaria de “qué tal ha ido el día” la encaras centrándote, únicamente, en una sola cosa, sin obviar ningún detalle, aunque sea mínimo, que es la que ha ocupado todo tu tiempo. Pero no por larga y compleja, por deber, sino porque no había otras más y tu reloj fluye despacio, los granitos de arena caen sin prisa, como si no se percataran de que su propia vida marca el devenir de todas las eternidades. Los contornos del relato, antes más vagos e inexactos acaban por perfilarse perfectos y brillar como si fueran solos, entornándose unos con otros, fogosos, reluciendo como estrellas. Ves como, provechosamente, puedes detenerte a analizar las cosas y determinar reposadamente, sin necesidad de forzar la maquinaria, la solución más conveniente en cada momento. Los minutos se hacen más largos, es más, el espacio-tiempo tiende a alargarse, deformarse, y tú envejeces más tarde que tus compañeros de piso que han hecho más de mil y una cosas en el mismo momento en que acababas de completar una, la tuya, la única e indivisible: contar la cantidad de zapaterías que rodean la zona y, extrañado, disertar a cerca de las causas y consecuencias; escrutar a vistazos demorados las paredes roídas de la habitación y todas sus capas de pintura, unas sobre otras, superpuestas; y ese ladrillo de enfrente que ves por la ventana y estimula tu imaginación y la impulsa a reflexionar sobre la posibilidad que cabe entre el rojo y el naranja, casi un marrón, ocre, la unión de cada uno de sus pigmentos; cortar el silencio con cuchillas de afeitar. Vencen los pequeños relatos a los grandes, se tornan majestuosos. Aparte de eso, no he visto el momento de hacer la cama. Hacer la cama está sobrevalorado.
viernes, 17 de julio de 2015
Los donuts de chocolate de Alicante me los he quedado yo.
Son las dos de la mañana de una noche de verano ardiente. He pasado por el baño, me he mirado en el espejo y me he lavado la cara; la crema esa de azufre para los granos que me dio el dermatólogo y quema la piel. Deambulo por el pasillo, paso por la cocina. Me encuentro con la estampa de las galletas y los donuts de chocolate de la semana pasada. Han sobrevivido nada más y nada menos que a 600km de viaje. Originarios de Alicante. Son lo que hubiera sido nuestro desayuno un día de la semana pasada. Ahora están en la nevera de mi casa (se sobreentiende que la he abierto). La playa, la música, las conversaciones absurdas y hartarse del sol y el sudor. Los amigos y el futuro incierto, bajo la luna, corriendo con los pies descalzos sobre la arena mojada, cantando, las olas van borrando las huellas. La hamaca del jardín y mi hermano dormido en ella, con un libro sobre la pierna. El puto murmullo de la música de las discotecas que heredas al día siguiente, que repite como una mala comida. Y con todo eso, en el vértice del segundo en que contemplo como se pudren en el tiempo los donuts de chocolate, llego a la terrible conclusión de que somos islas pequeñas de casualidad arrojadas como piedras en el océano de la frivolidad en el que todo pasa, como si formáramos parte de un juego, un mero capricho de la realidad. Cierro la nevera, se va la luz y me quedo con las dudas y con la cara de tonto. Recorro el pasillo, los pies descalzos, el suelo frío. Voy a dormir porque estoy cansado y tengo sueño acumulado de estos días. Pero me muevo a la par con esa duda que aletea pesadamente en la cabeza. Cuando acaben por pudrirse los donuts de la nevera, pienso, empezaremos a entrever el siguiente paso hacia el futuro próximo, y así sucesivamente, como con todo. Y me duermo, sabiendo que en un tiempo despertaré en cualquier otro lugar extraño.
viernes, 10 de abril de 2015
Las llagas del tiempo.
Después de uno de esos momentos
en que oso vanidosamente poner el universo entre paréntesis e intentar
acorralarlo entre las palmas de mis manos, me he sentido vencido por la
sabiduría de los años que pesan y todas las llagas que reúne mi abuela de su paso
por la vida. Mi hermano leía “El gen egoísta” y, abrumado, ha corrido a
mostrarme todo cuanto le han inspirado las pocas páginas que ha devorado. Yo,
entusiasmado, he iluminado mi mirada y ha empezado a encenderse la corriente entre
nosotros que nos ha llevado a discutir muy efusivamente sobre el qué, el todo y
la nada. El ser, el no ser, el bien y el mal. Mi abuela, con su frente profunda y marcada por la sabiduría de quien ha visto más y ha recorrido más, ha
acabado refutando y poniéndonos los pies en la tierra. Su vasto argumento de
experiencia (toda una vida, toda una guerra, hambre, la vocación hospitalaria de
una enfermera y la vocación materna hacia toda persona) me ha dejado admirado.
Y finalmente, callado, no he podido más que darle la razón. Aunque esté
equivocada, solo la sabiduría de tantos años basta para acallar todas las
exhalaciones de joven que cree aspirar a la cumbre y que no son más que trazos,
brochazos gordos que desdibujan ideas tímidas y poco sólidas. La mirada fija de ojos grises de mi abuela me ha erizado los
pelos de todo el cuerpo.
viernes, 6 de marzo de 2015
Los bebedores de kéfir.
Es como una comunidad biótica de
bacterias y pequeños seres conspiranoicos que viven a la sombra de la
humanidad, en su pequeño mundo dentro del bote y untado en yogur pastoso,
creciendo sin cese y con la calma aparente de quien no es más que una minucia para
nosotros, que lo sostenemos en alto para verlo bien y maravillarnos. En
realidad lo sostiene mi hermano. Lo contemplamos desde abajo, curiosos y
embobados. Resulta que apareció por casa porque nos lo trajo un hombre que
tocaba el piano. Cuando crece y sobrepasa los límites posibles del mundo-pote,
la comunidad se divide y se pasa a otra persona, amablemente, para que acoja la
nueva comuna de seres miniatura. Sí, es que yo pienso eso. Una comuna
heterogénea de levaduras y bacterias de pleno derecho que han implantado un
lactocomunismo y avanzan siempre derechos, guiados por la recta razón hacia el
bien común. Su fuente única de recursos y sustento de vida es la leche entera
de su mundo-pote. Y por los efectos devastadores que podemos tener sobre ellos,
por su inevitable dependencia de nosotros, nos convertimos en una especie de
dioses… de ordenadores del mundo… de manos providentes que intervienen para
moldear el curso de la vida de la comuna lactocomunista. Están sujetos a
nosotros. ¿Qué haremos cuando nos nieguen? Sin embargo, los dejamos crecer y
seguimos bebiendo kéfir.
lunes, 2 de febrero de 2015
Dichosa procrastinación.
Se llamaba (...) y una
gota de sudor frío recorría su frente. Sobre la postergación indefinida, casi
infinita, como una recta paralela a la vida y que nunca se corta, de las causas
que tejían los sucesos futuros y futuribles. Las acciones posibles o probables
volteaban su cabeza, las probabilidades reventaron su alma opaca. Perdido. Quizás
si moviera un dedo, (...) sería el nuevo instigador de las masas,
alzando su puño. Tal vez un mendigo mirando de cara al olvido si se frotara la
mejilla derecha. Rascarse la nariz lo convertiría seguramente en un héroe de la
música. Un escéptico enclaustrado filósofo, combatiente inamovible por el
triunfo de lo realmente valioso, aguardaba manifestarse en el lóbulo de la
oreja derecha.
Un respiro, permitiéndole ignorar
momentáneamente las catastróficas consecuencias sucesorias, le proporcionó
alivio suficiente para hacer descansar su mente. Meterse las manos en los
bolsillos y sentarse en el suelo. Escuchar como le acariciaba el viento y
cantar una canción de amor al oído del tiempo. Quizás, haciendo eso solo sería (...).
-Yo, (...) , vagando y saltando por los hilos de las causas, he
decidido renunciar a cualquier tipo de responsabilidad que se me atribuya por
la decisión que fuere. Me limitaré a no atender a las consecuencias de mis
actos, no haciendo nada si así lo considero oportuno o haciéndolo todo si así
fuere mi deseo.-
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