sábado, 6 de diciembre de 2014

Intangible.

Leve breve mueve entre la bruma
Espesa oscura espuma
Afilada.

Tenue libre salta hasta la Luna
Sola oscura amarga
Cálida.

Nimio mudo de oro insonoro
Lanza un susurro
Murmullo azul lánguido
Imposible.

Luna, oda
Ora calma amortiguada
Cual ola serena
Apagada.

Inmoral aullido inmortal
De roca blanca morada
Sin muros arriba
Al alma aterrada que mueve entre la bruma
La espesa oscura espuma afilada

Ahora callada figura persigue
Alza los brazos bastos a vasta hermosura
Anhelo de temor helado queda
apagado destruido
Intangible.

Solo:
Leve breve yace entre la bruma
Espesa oscura espuma
Afilada.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Leve y breve.


Está lloviendo. Ya era hora. Está lloviendo. No sé quién me ha empapado de su gusto por la lluvia. Supongo que nadie, por eso me gusta; o supongo que… por eso me gusta.

Joder, saldré a mojarme y quedarme quieto mirando cómo cae. Sí, qué gusto. Suena. Y todo es gris. Y empieza el frío, y corre el viento, y el pensamiento, porque la lluvia limpia la mente.

Han sido cuatro días raros. Han sido cuatro días efervescentes. Han sido cuatro días y hacía falta uno de color gris, lluvia. Se acabó el cínico sol que todo lo quema. La lluvia y el frío mienten poco. El sol por lo transparente hace arder.

Me gusta encapotarme. Paseo encapotado, cobijado por la música de mis cascos, armonizado por la levedad sonora de las gotas de lluvia. Y el cielo queda tendido en mis brazos, y puedes acariciar…

Luego me preguntó que qué me pasaba. Supongo que tengo el pecho un poco encogido, pausado…

-Supongo que…

Llegó aquel encuentro. Llegó la lluvia.

Como cuando un ejército de membrillos invade la casa con su aroma, apostados frente al cuadro que contemplará la putrefacción paulatina de los olores, la sucesión leve de los colores que terminará en un azul perpetuo. Al menos, consiguieron que el polvo fuera más soportable.

Como cuando un leve y breve rayo de luz atraviesa la ventana, chirriando destellante, insoportablemente ínfimo, insoportablemente huidizo que poco a poco mostrará tenuemente todas las partículas flotantes. Al menos, consiguió que el polvo fuera más soportable.

Como cuando partes un hilo de telaraña, invisible e impasible, atravesado en el vacío de la sala y que poco a poco seguirá tejiéndose marginalmente, en la esquina opuesta del espejo que te refleja en toda tu imperfección. Al menos, consigue hacer al polvo más soportable.

Como cuando desestimas las palabras sordas, los gritos apagados, las voces dormidas que salen de la pantalla y fijas tu mirada en el vértice donde se cruzan todos los imposibles. Al menos, consigue que el polvo sea más soportable.

Cuando resulta inexplicablemente ese cincuenta por ciento menos probable y tu espíritu, enfrentado al consenso, marcha al exilio. Cuando sus miradas se cruzan pero caen incoloras, presas de la inseguridad, tus pupilas apagadas. Cuando la fina hierba aún con el rocío hace daño a la piel y al alma. Cuando tu propio soliloquio interno destruye cualquier esperanza.

Al menos, la lluvia hace que el polvo sea más soportable.



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sobre los límites.

Igual es tan tarde que empieza a ser demasiado pronto; podría ser prontísimo para empezar a confundirse con demasiado tarde. Pero no pasa nada, estoy a mis anchas, estoy donde quiero estar porque se ven las estrellas si abro la ventana. Me he visto saliendo del cine. He salido al exterior. Hacía bastante tiempo que no trascendía hacia ese mundo expansivo y sin límites, hacía tiempo que no me sumergía en ese mundo. Lo echaba de menos. Y es que mi fibra sensible, quizás, sea la ciencia ficción. Hemos seguido paseando después de casi tres horas de película y yo le seguía dando vueltas al mismo momento. El dilema trascendental. La elección que inevitablemente va a guiar el futuro de toda la especie. Es uno de esos momentos en los que tocamos los límites de lo real y nuestra condición de imperfectos humanos nos delata. Miro hacia arriba y me transporto. Ya estoy a bordo.

****
Moondog. Cosmic Meditation. 20 min. aproximadamente de inquietante tranquilidad sonora espacial.

Se encienden los motores y se inicia el despegue. La misión está clara: explorar la infinitud del vacío, más allá de nuestro planeta, en busca de un lugar donde volver a plantar las semillas de nuestra civilización. Nuestro planeta agoniza, se muere, respira aire intoxicado, polvo de podredumbre que lo entierra todo como aquellas hojas amarillas del otoño. Tiempo. Tiempo. Más tiempo. Pero este escasea, y a veces pasa lento, o demasiado deprisa, no lo sé, es relativo. El tiempo que transcurre y nos acerca a nuestro objetivo a su vez aproxima a la humanidad hacia el fin. Sobre esa base jugamos. Ese es nuestro tablero de juego. De pronto, los astronautas se encuentran colgados en la inmensidad. Los cálculos pueden fallar. Nuestras matemáticas también son humanas. ¿Y si fallan? ¿A qué nos sujetamos? La racionalidad queda invadida por nuestras almas. Cada aliento es un cálculo, cada gota de sudor es una cantidad exacta de energía, cada suspiro, cada esfuerzo, cada parpadeo es un segundo de vida. Las decisiones son binarias; no se puede apelar a los sentimientos.

Primer dilema. De nosotros depende la supervivencia de la especie. Sale el capitán con expresión magnánima y empieza la asamblea de tres: el ya mencionado capitán, la doctora experta en física de la relatividad y el astrofísico afamado y apasionado venerador del cosmos. Debemos atravesar un espacio de distorsión temporal y cada minuto que pase será equivalente a unos cuantos años en la Tierra. Inevitablemente hay ambiente de tensión, terror. Todo cuanto conocemos puede que se esfume en el transcurso de unos minutos, allá en nuestro hogar, mientras nosotros apenas lo inadvertimos. Puede ser que viajemos demasiado rápido y cuando regresemos ya todo se haya ido. Estamos solos. Colgados. Nadie nos oye. Tenemos una gran carga sobre los hombros, la carga de la responsabilidad. Pero, ¿somos capaces de renunciar a todo cuanto queremos por la razón de actuar por esa causa superior, tan lejana? ¿Y si es aquello a lo que renunciamos la causa por la que luchamos? ¿Y si son todas las personas a quien amamos? El debate es intenso. Tres simples mortales acarician los límites de la inmortalidad. El valeroso capitán, de sólida moralidad, duda en si retroceder. La doctora medita, preocupada, incapaz de atisbar algún argumento moral en cualquiera de las dos soluciones. El venerador del cosmos asiente y se resigna ante la inmensidad incomprensible de la realidad y nuestra condición de granitos de arena esparcidos entre las estrellas aunque, finalmente, cree que debemos seguir adelante.

Segundo dilema. La decisión está tomada. Pero el acuerdo no era general. La duda. No somos ordenadores que tomemos decisiones binarias, apreciamos los matices, nos venimos abajo, surge el remordimiento, da paso a la desconfianza. El astrofísico venerador de las estrellas duda de la debilidad emocional de los otros dos. El capitán duda del excesivo idealismo del loco científico. La doctora piensa que la heroicidad vanidosa del capitán puede hacerle tomar decisiones imprudentes. Se observan unos a otros en el silencio, entre el sonido armónico de los controles de la nave. Los ojos están inyectados en sangre. No hablan. La convivencia se hace difícil. El límite de la cordura no existe. Joder, ¿existe algún límite allá arriba? ¿Importan los valores humanos si la posibilidad de regresar poco a poco se desvanece, junto con la esperanza? ¿Dónde acabaremos si no es perdidos en el espacio? ¿Dónde acabaremos si no es engullidos por la negrura infinita? Pero hay que recordar los objetivos. Hay que recordar la misión. Hay que recordar la causa.

****

El camino de vuelta a casa. Estamos metidos en los personajes. También nos sentimos encogidos de esa sensación de exceso de vacío, de soledad natural. ¡¿Y si fuésemos uno de nosotros?! Eso me abruma. Me excita. Pensar en que la humanidad puede pender de un minúsculo hilo sujeto, incluso, al más mínimo suspiro de alguno de ellos.

-Imagínate la situación, tío, imagínatela. ¿Qué hay más romántico que un astronauta perdido ahí, arriba… en el espacio? Buah, ni Canción del Pirata ni nada: ¡La Canción del Astronauta!-

- Yo es que pienso en un tío en silla de ruedas, invitándome a echarme un cigarrillo mientras va diciendo aquello de: puede que estéis viendo esto, eso quiere decir que el Plan sigue su curso, puede que no haya nadie delante de este holograma…-

Pink Floyd. Interstellar Overdrive. 9 40 min. Colgados de los hilos colgantes, punzando las estrellas.

****

Tercer dilema. El viaje de vuelta. La misión se ha terminado, pero no todo ha ido según lo planeado. Ha habido sacrificios. Nunca nada va según lo planeado. Ha habido sacrificios. El capitán ha demostrado su valía en un acto heroico. La física relativista ha conseguido los resultados. El astrofísico no está. El astrofísico se ha aferrado a la ciencia maníacamente, ha perdido su mente que se ha fundido con el espacio. Y ambos vuelven a poner los pies sobre la Tierra. Pero ya nada es igual. Todo el mundo está preparándose para empezar de nuevo, para partir hacia otra estrella, y ellos son los que los han mandado al exilio. Exiliados del hogar. Aún quedan unos pocos años, pero todo seguirá su curso. Habremos acabado por devorar este planeta y huiremos de él buscando otro nuevo horizonte. Del capitán se pierde la pista, no vuelve jamás a aparecer, pero nadie olvidará que fue él quien empezó todo esto. Aparecerá en los nuevos mitos de la nueva era. La física ha quedado sumida en un letargo mental profundo. Ahora vaga entre el polvo y los demás restos que siguen, a su vez, pulverizándose. Pero nadie olvidará que fue ella quien empezó todo esto. ¿Deberían haberse quedado colgados?

****

-Tío, no sé. Cuánta epicidad. Yo también me siento vacía-  Y se ríe.

-Oh, dios. Deberíamos ir a tomar algo y hablar de todo esto. Es más, en cuanto llegue a casa me pondré a escribir. No sé, me he quedado flotando.-

Luego nos fuimos, cada uno a su casa. Y me metí en la cama queriendo ser astronauta.

domingo, 19 de octubre de 2014

Trilogía de mi realidad descompuesta.


I. Compasión.

Mi hermano reclama mi ayuda en la tarea de limpieza, o más bien, en la tarea de búsqueda. Un aburrido día de enclaustramiento y opta por empezar a removerlo todo. La mesilla de la habitación, hasta ahora siempre inamovible, queda desplazada y descubre una macabra escena. Buscábamos un pincho lleno de películas que nos había dejado un amigo. No sé si aquel era el sitio y el momento para hacerlo, pero empezamos a desbaratar la habitación.

-¡Ayúdame a buscarlo! ¡Ayúdame a buscarlo!-

Unos meses más de sordidez acumulada y detrás de la mesilla aparece el giroscopio que la profesora de física nos había dejado para que curioseáramos jugando en casa. Después de retirar la mesilla aparece un festival de polvo y hollín semipetrificado aglomerado junto con monedas de dos, cinco y diez céntimos. Asombrosamente redescubrimos un montón de “tesoros” insignificantes que habían caído por la pequeña rendija del olvido, entre la mesilla y la pared. Una chapa de cerveza italiana. Un palillo de los que te metes en las orejas. Los céntimos de uno que antes no he mencionado y siempre están presentes. Una pulsera rota con piedrecitas blancas semejantes a granos de arroz. Un collar deshilachado con una pequeña figurita de arcilla pintada. Partituras horrendas, plásticos y paquetes de pañuelos. Todos los libros acaban encima de la cama y también esa curiosa lámpara que hace ver que tiene muchos años y nunca ha funcionado.

Un poco de compasión que cae de mis ojos. Y empiezo a recoger algunos artilugios y objetos de esos insignificantes y ya olvidados. Selecciono y mi hermano me espeta: “¿Quieres guardar todo eso en el baúl de las cosas absurdas? “ Luego me lanza la escoba.


II. Trascendencia.

-Andrés Hurtado acaba suicidándose, ¿no?-
-Sí-
-Se veía venir…-

Y ahora voy paseando por la calle invadido por un pesimismo trascendental. Me han clavado una espada muy hondo. Esquivo la gente sin aparente entusiasmo, ofuscado en mis propios pensamientos. Me detengo en medio de todo y empiezo a girar y a girar. Una gran sonrisa se ilumina en mi cara. Me invaden unas inexplicables ganas de reír.
Pero solo son almas.
Almas con su percepción propia de la realidad.
Almas que existen para ellas.
La calle de las almas.
La calle de los gritos.
La calle de las bicicletas.
La calle de los niños.
La calle de las almas.
La calle de una sombra.
Río y río y río y río. Andrés dice que la única solución es la contemplación indiferente.

- ¿Y tú qué piensas que es la realidad?-
- Yo creo en el determinismo científico.-
-El otro día iba montado en bicicleta. En mi bicicleta con cestita, con cestita desatornillada y ruidosa y dando botes por el camino de tierra. Pensé en las estrellas, ¿sabes? Pensé en que, tal vez, una especie extraterrestre podría no llegar a las mismas conclusiones acerca de la existencia que nosotros, puesto que su percepción del mundo estaría influida por su misma existencia, por el filtro de su propia mente, al igual que nuestra percepción del cosmos. ¿En qué se parecerían ambas? La ciencia humana no se parecería en nada a una… supuesta ciencia alienígena, ¿entiendes? Sus matemáticas están creadas a su medida, al igual que las nuestras, que se adaptan a nuestro conocimiento. Pero sería como si ambos estuviéramos rascando del mismo montón y, por lo tanto, extrayendo pedazos de lo mismo pero desde distintos puntos de vista, ¿no?-

Largo y tendido discutimos sobre los límites del cosmos. Nos entretenemos conspirando. Pero no son más que palabras. Somos unos charlatanes. Intentamos demostrar vagamente la inexistencia de Dios y quedamos totalmente convencidos y entusiasmados con nuestros resultados. Abrimos mucho los ojos y escupimos pequeñas gotas de saliva mientras hablamos efusivamente de todo y de nada, de la trascendencia de las cosas trascendentes y de la trascendencia de las cosas banales.


III. Soledad.

Ahora es más de medianoche. Siempre encuentro mi refugio a estas horas delante del teclado. Últimamente me siento un fantasma que vaga en una calle llena de gente rara. Todos hemos cambiado. Tengo miedo. Estoy ansioso. Todo es raro. Me ha caído una pequeña lágrima y he apoyado la cabeza en la mesa del ordenador. La habitación está oscura. Solo se oyen las teclas. Ella es una de las pocas almas cómplices que siento cercana… y está lejos. Pero siempre es cálida.

Podría pasear descalzo por el suelo frío. Podría esperar y ver cómo me recorre esa sensación fría todo el cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, erizándome todos los pequeños pelillos de la barba. Podría bajar a azotar el piano con acordes imposibles o, simplemente, hacer sonar una tecla levemente y esperar a que se fundiera con la calma…
La calma que todo lo engulle…
La calma imperecedera…

La calma que me tiene…

lunes, 13 de octubre de 2014

Billie Blues.

Billie Blues, ecléctico despojo de la humanidad, siempre distante de los cánones de belleza. Hoy ha salido por la ciudad. Una gran luna vigilaba todos sus pasos, pero ha sido porque no tenía más remedio. La juventud de la noche lo ha rechazado. Miraba con recelo a los afortunados del fondo. Anhela la superficialidad esa, la que es leve pero los hace lucir como estrellas entre tanta oscuridad. Pero, acto seguido, se siente un renegado. No pertenece al mundo de los vivos. Más abajo. El cartel de la entrada le escupía y le hería: “Ellas entran gratis”. Un hilo de rabia empezó a fluir. ¿Dónde estaba? Aquellos que alardeaban. Aquellos otros que se aprovechaban del sudor…

Suiguió el camino que marcaba el fin de la noche. La luna se había rendido. El sol salía. Billie Blues también se había rendido. El sol salía. El camino de tierra se manifestaba en penumbra. Había llovido. Un zapato de tacón mojado estaba tirado en el suelo. No tenía dueño. Se quedó mirándolo un instante y siguió andando. Recordaba haberlo visto la semana pasada en ese mismo lugar. Era un zapato triste. Le recordaba lo abatido que estaba. 

Billie Blues encaja las llaves en la cerradura y pasa hasta el fondo del pasillo. Las luces están apagadas, el silencio reina. Enciende una lámpara pequeña y una luz tenue empieza a hacerle compañía. Ahí está. Y lo ve.

-Un elefante carmesí me aguarda cuando llego de noche y están las luces apagadas. De pronto aparece en su rincón de la estantería, con su singular gesto y su tornasolada sonrisa, una mirada de ironía y sentado sobre sus patas traseras. Está debajo del pianista cubano cabezón, rodeado y bien guardado entre libros viejos y polvorientos. Levanta la trompa y se toca la parte posterior de la cabeza al mismo tiempo que, sonriente, saluda con una de sus patas en alto. Creo que es un amuleto para el sexo y la fecundidad que debes poner en la mesita de noche como si fuese un guardián para que tenga efecto, o eso me dijo aquel senegalés de Florencia.-

Medita Billie Blues, mirando la inmóvil figura de la estantería. Es un duelo de silencio, un duelo entre una mirada muerta y otra aparentemente viva.

- El senegalés de las calles de Florencia me sostuvo la mano y me puso la figura. Nos dijo que era un regalo. Sin dejar de tenérmela me explicó todas sus maravillas y milagros. Luego nos pidió algo de dinero por la figurita carmesí. Me la guardé en las profundidades de la mochila. Ahora que reposa en el estante, mientras me mira con tono de burla, me fijo en su oreja. Está rota. Está rota en medio de este silencio nocturno. Está rota la oreja del elefante carmesí y yo, enfrente de él, con mirada persuasiva. Y él, frente a mí, con gesto convencido. Parece que me esté retando. Parece que me esté diciendo algo. Parece que me mire con aire de experiencia, que lo comprenda todo, que se ría sarcásticamente de todo lo sucedido. Parece que haya sido el que ha dejado el zapato abandonado en medio del camino.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Dosis.

Sé lo que me pasa. Sé exactamente lo que me pasa. ¿Euforia? No, ¿qué dices? Se está acercando. Noto como se acerca. Nerviosismo. Paseo por la casa sin rumbo y sin rumbo dejo de pasear. Me lavo la cara con agua fría, me miro en el espejo. Me vuelvo a lavar la cara con agua fría y me vuelvo a mirar en el espejo. Sacudo la cara mientras me miro con mis ojos fijos. Corro nervioso, de nuevo, pero esta vez doy vueltecitas sobre mí mismo. Miro al techo y pienso, busco, remuevo, desentierro, descubro… ¡Joder, eso es bueno! Y por mi habitación veo a Celaya apuntándome con su poesía. Y encima de mi mesa veo a Kerouac amenazándome con cohetes amarillos que explotan como arañas entre las tinieblas. Y me dan ganas de salir al jardín y enfocar al sol a través de un trozo de cristal punzante y en forma de media luna.

Existen ese tipo de personajes ensimismados en su propia idea. Encogidos…bueno, no, más bien encorvados, con las manos detrás de la espalda, dando vueltas en círculo como una pantera presa. Pero no viven aquí. Sé qué les pasa. Sé exactamente qué les pasa. Están notando como se acerca. ¡Joder, vaya si lo notan! En ese momento es cuando se paran en seco y desenfundan el carboncillo y empiezan a mancharlo todo con sus ideas insolubles y encolerizadas, mezcladas y sosegadas, mortecinas y oscuras.

Yo sigo mi ritmo acelerado. Estoy tenso. Sé exactamente qué me pasa. Quiero escribir. Quiero azotar el teclado y escupir palabras, escupir por los dedos. Lanzar epitafios malditos a pétalos que se pudren y que se lleva el viento. Quiero vaciar el alma o desgarrarla. Pero no lo haré hasta que la casa esté silenciosa. Hasta que no haya ni un ruido que pueda alterar la impermeabilidad de la sala. Hasta que esté cara a cara conmigo mismo. Entonces: me queda dar vueltas o abrir la ventana y gritar que se vean las estrellas. Tendré que esperar a quedarme solo.

Me doy miedo. Me he transformado en una especie de bestia. Cuento sin parar y devoro los espacios en blanco. Me aíslo del mundo exterior. Cuando entro en trance empiezo a no entender lo que se cuece fuera. Y de pronto te pueden dar ganas de llorar. Puede ser que me haya equivocado. No he esperado a quedarme solo y he mantenido contacto. Cuando soy un extraterrestre me convierto en irascible y ofuscado. Tendría que haber esperado a quedarme solo. No distingo lo siguiente que sucederá de los espacios en blanco. Lo dejaré aquí.
                                                                           
"                                                                     
-¿En cuáles piensas ahora?-
- Pienso en las que vemos y ya no están, las que igual desaparecieron hace miles de años pero siguen ahí.-
- Esas son las que más hacen pensar. Yo también pienso en las que están… pero ya muertas-
"

jueves, 18 de septiembre de 2014

Azul edulcorado.

Oh, mierda, otra vez. Un agujero aparece en la entrepierna de mis pantalones vaqueros. Cuatro o cinco luminosas soluciones pasan por mi cabeza. Aunque creo que al final me quedo con la de poner un parche improvisado. Luego empieza a levantarse mientras voy andando y acaba correteando por mis piernas, como las monedas que llegan hasta la planta del pie cuando tienes los bolsillos agujereados. Finalmente: tendré que reemplazarlos.

Atravieso el portal acristalado y de pronto me hallo sumergido en un estereoscópico festival de música discotequera, entre trapos y prendas edulcoradas (no sé, ahora todo está edulcorado), mangas de camisas desteñidas y poperos colores amarillos. Están ahí, las capitalizadas expresiones faciales de ídolos del cine en forma de camisetas, apiladas unas encima de otras sin consenso alguno. “¡Oh, dios, ese es un Stormtrooper!” Salto al hiperespacio de arco iris. Quiero comprar y consumir. Siento el impulso de levantar el brazo, puño en alto, y moverlo al compás de la música BUM BUM BUM… Pero, bien. Venimos a por pantalones. Simples. Sacudo la cabeza y despierto. Rápidamente, mientras mi expresión de asco va progresivamente en aumento, doy una pequeña vuelta por la tienda. No hay pantalones válidos y, si los hay, los dejo por el camino. Vengo de otro planeta. Los entes que por ahí moran son esclavos de los trapos, los trapos de colorines edulcorados. El nerviosismo va en aumento y decido salir corriendo. Salgo un tanto encogido. Reflexiono. Inevitablemente, la moda acaba resultando una expresión puramente personal. Pero esa expresión casi involuntaria, a veces, termina en una desvalorizada obsesión por aparentar. Me abruma. Tanta superficialidad me insta a querer salir de ahí.

Azul casi transparente. Mi debilidad es la cultura capitalizada. Libros, libros. Puestos a gastar dinero, gastémoslo en libros. Es una especie de fetichismo. Azul casi transparente. Solo el título del libro me llama la atención. Azul casi transparente como el de algunos pantalones desgastados a propósito que podía haber encontrado después de atravesar aquel portal de cristal. Mi futuro pantalón queda transmutado en “Azul casi transparente”, del Murakami oscuro. El otro.

Es como un puñetazo de crudeza y personalidad. La vida a través de los ojos de unos jóvenes heroinómanos pero con un aire intimista, puro, una especie de haiku suicida. Luego el protagonista sale al balcón únicamente a contemplar el horizonte mientras llueve de forma reconfortante. Solo él lo entiende.