miércoles, 17 de febrero de 2016

El caos se resuelve con espuma.

Hay hechos sorprendentes que solo atiendes a su existencia si te detienes cierto tiempo, con tranquilidad admirable, y prestas absoluta atención a los pequeños detalles. Si llegas a tal punto, consideras lo siguiente: No cabe posibilidad alguna de aferrarse a nada, ni siquiera a un clavo ardiendo que se yerga como castillo inexpugnable para la razón; en ese caso, el viento de las casualidades lo derribará como si se estuviera tratando de un castillo de naipes. Y te das cuenta, seguidamente, de tu desnudez.
 
Varios ejemplos:
 
Entré en un chino a comprar un rollo de plástico de embalar de burbujitas de aire. Mientras me detenía junto al estante a recoger lo que andaba buscando, entró una mujer mayor, viejecita, pidiendo a gritos, por favor, un abrecartas. El dependiente no entendía bien qué era aquello que le pedía la señora y en un ataque de pragmatismo chino le señaló unas tijeras.
 
Existe un bar en el que, si quieres emprender tu viaje a los baños, has de pasar necesariamente por unas escaleras y, en un exacto punto en el que convergen (para algunos) misteriosas fuerzas paranormales, has de agachar la cabeza para no darte un golpe. Supone una prueba memorística indiscutible para aquellos clientes habituales y olvidadizos. Sin embargo, en vista de amargas experiencias, se optó por colocar una espuma amortiguadora en ese lugar justo en que la cabeza vendría a impactar melodramáticamente.
 
Un hombre decidió que escupir a la derecha era la mejor decisión que se podía tomar justo en el mismísimo momento en que le avanzaba yo, con paso firme, por ese lado. No había tenido en cuenta esa posibilidad. Me miró aturdido, medio disculpándose. Yo simplemente quedé maravillado ante la mágica sucesión de casualidades.
 
Fuimos a desayunar mi hermano y yo. Pedimos un croissant con mantequilla y mermelada, crujiente, tostadito. Mientras mojábamos la puntita del croissant en el humeante café con leche, supongo que quiso el universo conspirar para que se alinearan mágicamente los astros: a la hora de pagar el magnífico desayuno, descubrimos que un misterioso caballero ya había saldado esa cuenta por nosotros.
 
Una vez me tomé un café tan malo en la facultad que con alegría pude decirme a mí mismo que el que hacía yo en casa era infinitamente mejor.
 
Caminando, aborreciendo el cielo gris, nublado, la lluvia fina y molesta, el semáforo que acababa de ponerse en rojo y el pesar de mi pensamiento, al alzar la vista, unos ojos fugaces y una sonrisa anónima al otro lado de la acera. Tampoco era tan mal día, al fin y al cabo.
 

miércoles, 27 de enero de 2016

Lo que pienso de la última de Star Wars.

Cosas que eran evidentes: hicieran lo que hicieran, el acontecimiento iba a ser de tal magnitud e iba a causar tanto revuelo, que la inversión acabaría resultando un éxito. Con la excusa anterior, lo siguiente era desenterrar un universo y una saga ya de por sí muy exprimida e intentar renovarla, rejuvenecerla, o contar cualquier cosa nueva. O no, claro, también estaba la fácil solución de vivir del cuento, de sustentarlo todo a base de personajes mitificados, homenajes por doquier e ir tirando con todo, que ya salía solo. Pero bueno, no me sorprende, la película siempre se había pretendido como un homenaje a la trilogía original, como un reacercamiento a aquellos fans que miraron con malos ojos a los tres primeros episodios que, puede ser verdad, se alejaron de la esencia primigenia de la saga. Así que, partiendo del hecho de que, evidentemente, iban a buscar aprovecharse de las referencias y los reiterados homenajes para así reflotar la parafernalia de Star Wars y enlazar con todo el nuevo contenido que iba y está por venir, voy a decir por qué me ha parecido todo una chapuza.

La idea de Star Wars era bien sencilla. Antítesis clara y esquemática y que funciona perfectamente, de maravilla: una férrea y autoritaria maquinaria como el Imperio, controlada en su seno por unos personajes malignos, movidos por el lado oscuro, por la ambición, es más, por una insana ambición apasionada y desenfrenada. En el lado contrario, las fuerzas rebeldes, luchando por una noble causa, por la democracia, la heterogeneidad y, análogamente, asociados al lado luminoso de la fuerza, que representa la sabiduría, la moderación, el Bien, en definitiva. Ambos bandos están enzarzados en una guerra civil a nivel galáctico.

No es casualidad que, para reafirmar esa idea de monotonía perfecta y deshumanizada, nos presenten a un ejército de soldados sin rostro, impolutos de blanco, obedeciendo sin rechistar las órdenes de un ser mitad hombre y mitad máquina, oculto bajo un casco tenebroso y vistiendo todo de negro, ensalzando así su posición y su figura, dando a entender perfectamente al espectador, tan solo con la imagen, la jerarquía ahí habida.

Tampoco es casualidad que el ejército rebelde esté formado por un grupo totalmente heterogéneo, desorganizado incluso, con la intención de reafirmar, a su vez, la idea de democracia por la que luchan. Como ejemplo perfecto, la imagen de los pilotos a bordo de sus X-Wing, dirigiéndose a destruir la Estrella de la Muerte, sí, aquel grupo pintoresco y variado de pilotos de varias razas, todos ellos con sus destacadas peculiaridades. Ahí está, perfectamente encajado, Luke. Y no hace falta darle muchas vueltas, Luke es un tipo raro, con sus historias de la fuerza y tal, seguro que sus compañeros le miraban pensando que estaba un poco pirado.

Pues bien, a esa idea sencilla le sumamos unos cuantos personajes carismáticos y la cosa funciona de maravilla. Uno de ellos es Han Solo, un colgado que hace de contrabandista y junto a Darth Vader, del que ya hemos hablado, ya están todos los ingredientes para que funcione toda la saga.

Y bien, esa es la esencia de Star Wars. La chapuza que echa a perder todo lo anterior es la siguiente:

Darth Vader es capital, es el gran villano. Y aquello de que una película se mide por su villano aquí resulta totalmente cierto. En esta nueva entrega nos presentan a un joven patético, un fanboy cutre que adora a su predecesor y al que, indiscutiblemente, no le llega ni a la suela de los zapatos. Vamos a ver, Kylo Ren, ¡tú eres un sith, deberías empezar por ser un ególatra, deberías creérte mejor que Darth Vader! Además, supuestamente Darth Vader queda redimido al final del sexto episodio, no sé qué veneras entonces.

Los soldados imperiales ahora resulta que piensan. ¡Piensan! ¡Ahora los clones se plantean conflictos éticos y dudan! ¡Dudan! ¡¿Qué es esto?! ¿Desde cuándo un clon (que ya no es ni eso, es un recluta) coge y se plantea toda la superestructura ideológica imperialista que lleva metida en el coco y decide desertar? Además, ¿no era un ejército de clones? ¿NO OS CASCÁSTEIS TRES PELÍCULAS PARA EXPLICAR DE DÓNDE VENÍA TODO EL EJÉRCITO DE CLONES? Pero, bueno. Ah, este es un tal Finn, y para mí es un personaje totalmente anodino, tan anodino como su coleguis de viaje, el guaperas ese de Poe Dameron, que está ahí y se pasea y hace cosas.

Las coincidencias. Que el guion se base en coincidencias. Cutre. Y ya de entrada, desde un punto de vista estadístico, podríamos pararnos a pensar que nuestros queridos personajes están en una galaxia de varios millones de años luz de extensión, con lo que esas coincidencias son aún más inconcebibles. Vale, sí, que es una peli de sables láser y aventuras en las estrellas, no hay que pedirle mucho. Pero el hecho de que se encuentren a Han Solo por ahí y se una a la gymkana de buscar a Luke y, azaroso destino, se topa con su hijo que anda por ahí metido y, ¡esperadme diez minutos!, que ahora me preocupo por mi hijo que está haciendo gamberradas. Joder, y encima la palma. Supongo que Harrison Ford dijo “una y no más”, exigiendo, además, una cuantiosa suma. Pero, bueno, cosas que pasan.

La tercera Estrella de la Muerte y sus increíbles ingenieros. Bien, como con dos Estrellas de la Muerte no tuvieron suficiente, decidieron, en un clamoroso intento de demostrar su valía y superar todas las expectativas, concebir un Planeta de la Muerte, gigantesco, abrumador, capaz de absorber la energía de soles enteros y utilizarla para  desintegrar planetas… Vamos, lo de siempre. Lo realmente interesante sería conseguir explicar cómo los ingenieros de la nueva base no han conseguido solucionar los viejos problemas de siempre y cómo una pandilla de estrafalarios personajes sortean todo tipo de dificultades, consiguen toparse los unos con los otros (¡¿otra coincidencia?!) y sabotear la descomunal estructura y, bueno, luego los cazas rebeldes hacen el resto y… NO, TÍO, NO CUELA YA. NO CUELA. ¡Amigos, hay que destruir todo un planeta gigantesco ideado por personas malvadas y con la capacidad de desintegrarnos en un abrir y cerrar de ojos! ¿Alguna idea? Se reúnen y en diez minutos lo tienen, claramente.

...

Después de unas horas, la conversación terminó. Habíamos levantado la voz en aquella cafetería, entusiasmados, comentando la película, escupiendo saliva y gesticulando mucho, moviendo los brazos acaloradamente. Ambos, fieles seguidores de la saga, coincidimos en casi todo. También en lo último: pese a todo, íbamos a tragarnos todas las películas que estaban por salir, a disfrutar del espectáculo de efectos especiales y a emocionarnos con la banda sonora como si fuésemos niños.

El café, junto con un pincho de tortilla increíble, solo uno veinte.

martes, 12 de enero de 2016

La puerta del Edén.

Un tío despeinado, con el pelo rizado, alegre, sí, incluso el pelo, quizás. Me he fijado que tiene un pegote pastoso como de gomina en todo el centro del cráneo, marcando un eje rotatorio y transversal imaginario. Y es que anda dando vueltas por toda la papelería, pero no es que aligere el paso de la clientela, qué va, es su inquietud, enarbolada con su natural alegría danzante y alguna que otra sonrisilla más muletilla pretendidamente simpaticona.

- ¿Cuánto vale? -
- Uno noventa.-
- Pues déjalo. Me ha dicho mi hija que si pasaba de uno cincuenta, que no lo cogiera.-
-¡Hombreee, si es por eso, se lo dejamos a uno cincuenta! –Insertar ahora sonrisilla más muletilla simpaticona-.

Pero me cae bien el tío. Es el de la papelería de enfrente. Siempre voy a hacer fotocopias allí. En algunas pone “Escuela Técnica Superior de Arquitectura”. Entonces, el hombre me mira a los ojos y medio en broma resopla y deja escapar un “difícil, eh”. Luego me dice que su hermano había estado ahí metido, y que se los conoce a todos. En ese momento, le vuelvo a dar vueltas interiormente a mi posible plan B, por si todo sale mal: como meterme a Filosofía y esas cosas.
La otra cosa que siempre me suele suceder cuando vuelvo a la papelería de enfrente es que el ordenador del simpático este no me detecta el pincho. Como en su tienda el tiempo se detiene, como atravesamos una grieta espacio-temporal nada más cruzar el marco de la puerta, se lo toma todo con calma. Bueno, pues vamos a ver aquí, en esta ranura. Bueno, pues vamos a ver en esta otra ranura. Bueno, otra vez en la primera. Mira, chavalote, esto no va – insertar muletilla simpaticona + relatar historias de cuando su hermano estudiaba arquitectura -. Lo volvemos a intentar, si no nada.

Vuelvo con otro pincho al cabo de diez minutos. He tenido que subir a casa y volver a bajar. Atravieso de nuevo la puerta del Edén, el mágico marco tras el cual se detiene el tiempo en una papelería de barrio, entre conversaciones tan intrascendentes que resultan hasta acogedoras, mezcladas con esa bruma paciente que flota en temporada de exámenes. Tengo que ponerme de nuevo a la cola, que fluye despacio, pero el hombre detrás del mostrador está todo el rato de un lado para otro, pero no por aligerar el paso de los clientes, qué va, es que se lo toma con gusto y con calma.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Blanco y sincopado.

1.

Alguien alguna vez pensó en dar una palmada al aire y detener el tiempo. Sé lo que sentía: caminaba por la misma calle de tantos y tantos días y siempre para él era invierno. Veía las mismas personas de siempre, las mismas dudas le asaltaban y como una bruma pesada desordenaban sus pensamientos; los sentimientos ya una vez enterrados volvían a descubrirse. Podía ser una mirada inadecuada, emotiva.  Alguna vez, simplemente el color de unos ojos ya conocidos. Incluso, una voz adoptando un sonido familiar; el mismo fastidioso ambiente. Tenía tantos sueños y tantas ideas, tantas expectativas. Siempre volvía al mismo lugar y chocaba con la patética realidad, la verdadera. Y, evidentemente, el idealismo romántico daba paso a la desesperante frustración.

Cuento esto porque conocí a ese alguien: pájaros en la cabeza, elocuentes, prometedoras y visionarias palabras que a cualquiera le hacían removerse por dentro, como un cosquilleo, y  buscar, embriagado, unas alas con las que volar. Siempre decía algo de que iba a viajar muy y muy lejos. Al cabo de un tiempo, siempre volvía, siempre me lo encontraba en el mismo lugar. Primero clavaba la mirada en el infinito y luego, como si diera una gran bocanada de aire, se volvía a llenar de vida y energía. No quería rendirse, ante nadie, y mucho menos ante sí mismo. Una y otra vez, una y otra vez. Incansable. Sí, era una persona curiosa, pero en el fondo su voz acabó por tomar un aire trágico, apagado. Era una tristeza muy profunda, casi imperceptible. Solo me di cuenta un día, mientras divagábamos largamente sobre grandes cosas: en lo más profundo de su mirada había algo tenebroso, un punto oscuro, negro. Me hizo removerme del asiento y a duras penas pude aguantar el tipo, mantener la expresión impasible. Pero se dio cuenta al instante y dejó de hablar. Se levantó, recogió su abrigo, inmutable. Hizo ademán de irse, pero entonces dijo:
-He visto una fotografía. –
-¿Cómo?-
- Sí. Una fotografía…en blanco y negro. Era una chica, de espaldas. – Hizo una breve pausa, reflexiva- Se lanzaba a la luz que iluminaba un pequeño callejón, recogido y cercano, emergiendo de las sombras, bajo un puente. Está dando un paso hacia adelante, calmada, ligera,¡ligera!, movida por la suavidad del viento que la lleva. Ahora la recuerdo, veo la imagen, la fotografía. Un paso luminoso que limpiará la mente de dudas, incomodidades, de pretensiones que iban a acabar rompiéndose... Y está de espaldas, negando todo cuanto había quedado sumido en las penumbras, bajo el puente. Me causó fascinación aquel salto, libre, como una declaración de intenciones... Más bien era como un acto de rebeldía aunque desenfadado, como un tambaleo desinteresado hacia una dirección incierta.- Calló. Me miró unos largos segundos y entonces se fue, esta vez sí. Sin añadir nada más. No le volví a ver.


2.

Estaba por llegar el metro, ya chillaban las ruedas sobre los fríos raíles a través del túnel; ya se intuían los faros del primer vagón como dos luceros claros. Estaba sentado en el banco de la estación, inclinado levemente hacia un lado y perdiendo la mirada en el estúpido cartel publicitario que se despegaba con tristeza por sus bordes, como si no tuviera fe en sí mismo, cayéndose como cansado, resbalando por el muro como apático, reflejando agotado el pesar de su mensaje vacío.

Chirriaban las ruedas del metro y ya inundaron con sus gritos aquella estación de Barcelona. Y cada cual de los allí presentes, con su particular gesto rutinario, se lanzaba al viaje oculto, dispuesto a subir. Ya se abrían las puertas de los vagones. Fluía, fluía dentro de ellos, automatizando los movimientos, inercia, inertes sus pasos, inexorables sus gestos, ineludible como una ola. Fluía el torbellino, el de más allá con su periódico, hundiendo la vista, expresión vaga; la pareja con sus voces molestas, discutiendo por nada en general; riendo de cualquier banalidad unas amigas al fondo de la parada. ¿Adónde se dirigían? No lo soportaba. No quise entrar, no quise tomar ese tren. No lo quise.

Di una palmada al aire. El tiempo se detuvo. Las agujas del reloj. Los sonidos. Las personas. Los gestos se helaron. Inmóviles. Pararon con el fluir de todo aquello, como si hubieran estado conectados al engranaje que lo movía. Salí del metro, a la superficie, y di un paso hacia la luz.


sábado, 31 de octubre de 2015

I.

Desde el primer “como”,
introductorio del apocalíptico arrebato de la belleza,
despierta la mente dormida
y salta a imaginar
(haciendo la revolución predica):
como si los pies que se sujetaran a la tierra
se quisieran alejar de la firmeza
y buscaran sentir el hálito del viento fresco,
revolucionario en cada coma y en cada verso,
en la fulgurante poesía.

domingo, 25 de octubre de 2015

Soliloquio inconexo por conjunción de un diedro y medio.

Había pensado titular esta entrada, primeramente, en un arrebato de pedantería, como “Soliloquio inconexo por conjunción de un diedro y medio”. Se me planteaban serios problemas a cerca de saber, a ciencia cierta, si era más pertinente colisionar uno, dos o dos diedros y medio. A medida que seguía mi irrefrenable pluma escribiendo, reflexionaba concienzudamente, y un destello de luminosidad aclaradora hizo que me viera rendido ante las fauces de la frivolidad, vencido ante un vacío de significado. Haciendo alarde de valentía y transparencia, de sinceridad, decidí retitular mi texto como: “Parafernalia concebida en base a ninguna utilidad práctica”. Pero inmediatamente retrocedí en el impulso, habiendo perdido este toda su ferocidad estética y conceptual. Retorné a la idea primigenia, a sabiendas del embrollo en que me había metido, y supuse que, a raíz de los acontecimientos, un buen título, casi premonitorio del desastre que estaba por acontecer, sería: “El nacimiento de la tragedia”. Pero creo que ahí ya estaba pecando de falta de originalidad, así que pensé no aludir a la tragedia en general, sino a mi única y propia, a la mía en particular: “El nacimiento de una tragedia”. Poco convencido estaba. Girando el papel entorno al eje de mi dedo índice, perdiendo el pensamiento como quien pierde la vista ante un maravilloso y bucólico escenario alpino, quise hacer de este un avión de papel. En el momento en que iba a desprenderme de él, lanzándolo a vagar por dondequiera que lo llevara el viento, caí en lo hermoso del concepto, del surcar de las palabras que en él iban pasajeras. El título se me mostraba ante mis ojos: “El carácter efímero del verbo”. Pero rehuí de tal abordaje conceptual; buscaba algo más accesible. “ El avión de papel”; “El caso del avión de papel y las palabras que llevaba consigo”; “Las palabras pasajeras”. Aquello me parecía ya una cursilada sin precedentes. Enfadado de nuevo con la existencia, irritado con el todo y la nada, el absoluto, di rienda suelta a mi imaginación, creyéndome un buceador del subconsciente. “Sobre voluptuosos encuentros entre intrincadas categorías y cerros nevados”; “La caída inadecuada de la luz matutina en el pozo de enfrente”; “El saber retorcido del paso de los granitos de arena por el estrecho cubículo que todo ello conforma un reloj de arena”; "La mirada consciente del reptil hiriente”. Se acabó, joder. Ya vale. Hala. Punto. Me he cansado. Lo dejo todo como estaba.

martes, 29 de septiembre de 2015

Las luciérnagas centelleantes de la avenida.

El otro día no supe qué decir. Solamente me puse a escuchar el silencio. Escuché el aire retenido y palpitante que sugería que una ínfima vibración estaba por aproximarse, sí, lo notaba. Los pelos del brazo se me erizaron y yo estaba apoyado en la barandilla de aquel octavo piso, mirando a la calle vacía, a la noche urbana y a las luciérnagas inmóviles de hormigón que centelleaban en la otra acera. Entonces, la premonición de antes. Llegué a atisbar el resplandor y en el momento justo, como si mi brazo fuera un mecanismo automático, sin pensarlo si quiera, un gesto rotundo y repentido, acelerado, vino a pronunciarse, naciendo desde el mismísimo hombro y extendiéndose por toda la extremidad, resultando en un amplio giro orbital que cazó al viento. Sí, lo agarré con la mano y todo aquello que iba a decir, el silencio, sí, el silencio. Porque a veces el silencio habla y yo le robé las palabras. Y ambos, como si le hubiera puesto la mano sobre sus labios, quedamos sumidos en la calma espectral, sin tener ya nada que hablar; solo contemplar las luciérnagas centelleantes de la avenida.