viernes, 6 de marzo de 2015

Los bebedores de kéfir.

Es como una comunidad biótica de bacterias y pequeños seres conspiranoicos que viven a la sombra de la humanidad, en su pequeño mundo dentro del bote y untado en yogur pastoso, creciendo sin cese y con la calma aparente de quien no es más que una minucia para nosotros, que lo sostenemos en alto para verlo bien y maravillarnos. En realidad lo sostiene mi hermano. Lo contemplamos desde abajo, curiosos y embobados. Resulta que apareció por casa porque nos lo trajo un hombre que tocaba el piano. Cuando crece y sobrepasa los límites posibles del mundo-pote, la comunidad se divide y se pasa a otra persona, amablemente, para que acoja la nueva comuna de seres miniatura. Sí, es que yo pienso eso. Una comuna heterogénea de levaduras y bacterias de pleno derecho que han implantado un lactocomunismo y avanzan siempre derechos, guiados por la recta razón hacia el bien común. Su fuente única de recursos y sustento de vida es la leche entera de su mundo-pote. Y por los efectos devastadores que podemos tener sobre ellos, por su inevitable dependencia de nosotros, nos convertimos en una especie de dioses… de ordenadores del mundo… de manos providentes que intervienen para moldear el curso de la vida de la comuna lactocomunista. Están sujetos a nosotros. ¿Qué haremos cuando nos nieguen? Sin embargo, los dejamos crecer y seguimos bebiendo kéfir. 

martes, 10 de febrero de 2015

Al fondo de las miradas.

Cualquier cosa de esas que nadie comprende ni atiende, pequeña piedra que brilla al fondo de tus ojos.

Desteje el tiempo cualquier cosa de esas, pequeña piedra al fondo de tus ojos, que nadie atiende ni comprende; pero yo he quedado cautivo.

Destiñe el ruido cualquier murmuro
tuyo que nadie atiende ni comprende,
minúsculo al son de la música del tiempo; pero yo he quedado cautivo.

Destruye el cuerpo cualquiera de esos tuyos,
que nadie atiende ni comprende,
punzantes pasivos chasquidos; pero yo he quedado herido.

Destellan las formas los contornos,
deslizantes incesantes y agudos,
resquebrajados rasguidos incoloros; yo he quedado malherido.

Desdibujan aquellas cualesquiera paredes,
ni atendidas ni por nadie comprendidas,
que encierran embriagados tumultos de llantos vacíos; pero yo he quedado descompuesto.

Destejen las lágrimas cualquier cosa de esas,
de las tuyas piedras ínfimas al fondo de las miradas negras que nadie atiende ni comprende; pero yo lo he atendido.

Disuelven los tonos esas tuyas,
que nadie nunca ha comprendido ni ha parado a atender,
manos suaves y pieles mortales; pero yo las he tocado.

Destruyen cualesquiera que sean los sueños,
aquellos que alguna vez atendimos pero jamás comprendimos,
los incontables metros dormidos; pero yo los he medido.

Desmienten todas cualesquiera palabras,
acaloradas y alocadas de nosotros pronunciadas,
las realidades antagonistas y apagadas, de pies en el suelo; nosotros las hemos odiado.

Descansan futuribles los recodos,
cualesquiera que sean, vengan o vayan a venir,
que nuestras mentes recorran, adversarios del mundo; y nosotros lo hemos hecho, hemos mirado al cielo.

Dibujan,
cualesquiera que brillen,
las estrellas los poco alcanzables idilios etéreos en la cúpula nocturna, negra y clara; pero nosotros la hemos mirado.

Como cualquier cosa de esas que nadie comprende ni atiende, pequeña estrella que brilla al fondo de tus miradas…

lunes, 2 de febrero de 2015

Dichosa procrastinación.

Se llamaba (...) y una gota de sudor frío recorría su frente. Sobre la postergación indefinida, casi infinita, como una recta paralela a la vida y que nunca se corta, de las causas que tejían los sucesos futuros y futuribles. Las acciones posibles o probables volteaban su cabeza, las probabilidades reventaron su alma opaca. Perdido. Quizás si moviera un dedo, (...) sería el nuevo instigador de las masas, alzando su puño. Tal vez un mendigo mirando de cara al olvido si se frotara la mejilla derecha. Rascarse la nariz lo convertiría seguramente en un héroe de la música. Un escéptico enclaustrado filósofo, combatiente inamovible por el triunfo de lo realmente valioso, aguardaba manifestarse en el lóbulo de la oreja derecha.

Un respiro, permitiéndole ignorar momentáneamente las catastróficas consecuencias sucesorias, le proporcionó alivio suficiente para hacer descansar su mente. Meterse las manos en los bolsillos y sentarse en el suelo. Escuchar como le acariciaba el viento y cantar una canción de amor al oído del tiempo. Quizás, haciendo eso solo sería (...).

-Yo,  (...) , vagando y saltando por los hilos de las causas, he decidido renunciar a cualquier tipo de responsabilidad que se me atribuya por la decisión que fuere. Me limitaré a no atender a las consecuencias de mis actos, no haciendo nada si así lo considero oportuno o haciéndolo todo si así fuere mi deseo.-

miércoles, 21 de enero de 2015

Pseudomiradas rosarrojizas y esas cosas.

Me acerqué apresuradamente a devorar el cartel de la entrada del departamento de lengua y literatura, el cartel rojo donde sale un hombre mirando con mirada (valga la redundancia) pseudoprofunda que encaja dentro de todos los cánones de la publicidad y el diseño. Encima están los rojos esos tan intensos que te llaman. “¡Eh, acércate!” “¡Eh, tú, ven y léeme!” Y claro, ante el cartel yo estaba estupefacto, casi me sentía un tanto ridículo. Coño, coño, ya he visto el cartel de color rojo, ya voy, ya voy. Así que entré en el departamento de lengua y literatura porque tenía ganas de escribir. Tenía ganas de volver a devorar el teclado. Me encanta hacerlo, de verdad. Me siento por la noche frente al documento en blanco y vertiginosamente empiezo a golpear el teclado, sin freno y sin marchas, claro, con una única que te manda hasta la estratosférica altura por donde pululan como lanzas partiendo el viento tus desquiciados y locos pensamientos.

Bien, entré y pregunté por el certamen de relatos cortos. Lo más sorprendente de aquel momento fue que los allí presentes se quedaron un poco entrecortados al ver que mostraba interés; nadie había preguntado por el cartel rojo del hombre de mirada pseudoprofunda que incitaba a acercarse y lanzarse a la aventura de escribir. Salvo yo. Claro, yo sí lo hice. Y los filólogos que por ahí moraban vieron en sus caras reproducida una pequeña sonrisa. “Vamos a ver, y dónde hemos dejado las bases del concurso… el folleto ese informativo que lo ponía todo” Ahora la sorpresa fue mía. Uno de ellos metió las manos dentro de la papelera y la estrujó y revolvió hasta que sacó el folleto informativo del certamen. Lo que pasa es que estaba partido en trocitos. “Claro, nadie se  había interesado y supuse que ya nadie lo haría así que rompí el folleto y lo tiré a la basura.”

Ahora tengo el folleto en frente; o lo que queda de él. Son dos partes rosarrojizas con el mismo hombre delante. Y yo delante de él y yo delante del ordenador. No sé qué hacer y no sé por dónde empezar. Así que hago previos calentamientos al ejercicio mental que me dispongo a hacer. Me levanto de mi asiento y salgo corriendo por el pasillo. En el pasillo hay un espejo que siempre es víctima de mis bochornosos reflejos y mis gestos más acalorados y eufóricos. Pero es que yo necesito de ellos para llegar hasta la altura estratosférica de las lanzas punzantes que orbitan mi mente que son ideas que cortan el viento. Luego salto y llego y todas ellas se clavan en mi cráneo y hacen estallar un sinfín de reacciones, precipitan de golpe sobre mi cabeza. Ha llegado el momento. Salgo corriendo desde el espejo del pasillo, rápido, rápido, cada vez más rápido y me siento en la silla del ordenador. Voy a escribir. Voy a suministrarme esa dosis de letras que me mantiene vivo. Dale, dale a las teclas. Es una melodía. Cuando toco el piano a altas horas de la madrugada y lo azoto para escuchar acordes y sonidos imposibles, huecos y llenos, de colores sabrosos y oscuros, siento lo mismo.

Y es por eso que no os entiendo. No entiendo por qué nadie se muere por escribir. No entiendo por qué nadie quiere azotar el teclado. No entiendo por qué nadie quiere formar versos. No entiendo por qué fui el único apasionado por todo aquello. Con cada letra, con cada frase, como con cada nota que desprende mi piano de abajo desafinado, con todo ello te llenas de vida. Te llenas de energía, de un impulso insaciable que pretende no parar nunca de hacer esto. Es la cuerda que desata todo cuanto… A ver, cómo lo decía aquella frase. Creo que era:

“…nutrir con la literatura ese grano de locura que todos llevamos dentro”.


lunes, 12 de enero de 2015

Por un grito que diga que estamos vivos.

“…nutrir con la literatura ese grano de locura que todos llevamos dentro”.

Voy a cantar a la mediocridad porque tenemos el derecho legítimo a ser improductivos. Voy a gritar hasta rasgar las cuerdas vocales; supongo que es más airoso para el alma.

El abatimiento es lo único que esparcen desde las cimas. Eso y luego la belleza no existe, se olvida. Cae el espíritu en el pozo de la inutilidad práctica. Leed, ved, escuchad, pintad y oíd y pensad y fijaos en las esquinas de las habitaciones que no tienen gracia, porque todo eso no sirve para nada.

Pues yo prefiero oír el chasquido de una rama al pisarla con una de mis botas y quedarme atónito con ello, fundirme en el minúsculo instante en que se produjo el ruido, porque eso no vale nada. Yo prefiero salir corriendo, desnudo, con las manos en el aire y llevando conmigo una horda que entone una canción de esperanza. “Para mí resulta útil que el primer verso rime con el segundo”. Como un atardecer que empapa las conexiones nerviosas de cualquier ser engendrando una lágrima.

No os canséis de no servir para nada. No os canséis de nada. Porque el alma humana está en lo ínfimo, no en lo majestuoso. Oíd las voces de vuestros amigos. Reíd con ganas y llorad de pena, de alegría, de rabia. Desnudos lloraréis y abrigados seguiréis llorando. No lo olvidéis. ¿Y para qué? Para nada. Como una sonrisa que apunta como un rifle. Como una flor que se desangra con una ráfaga. Como un libro que se pudre, roído por las lecturas, en una estantería empotrada. Como tú y yo y nuestras miradas. Como aquel perdedor que pintaba en una esquina. Como aquella de ahí que miraba las estrellas y meditaba. Como la curiosidad insana por saber, por saber y saber y no llegar nunca a nada. Por esa curiosidad insana. Por la belleza de las cosas banales. Por eso, joder. Por la trascendencia de las cosas banales.

No olvidéis que eso es lo que realmente nos hace estar vivos y no acumular mierda encima de mierda. Eso sí que es inútil; con tantas cosas encima ya no podremos echarnos a volar.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Intangible.

Leve breve mueve entre la bruma
Espesa oscura espuma
Afilada.

Tenue libre salta hasta la Luna
Sola oscura amarga
Cálida.

Nimio mudo de oro insonoro
Lanza un susurro
Murmullo azul lánguido
Imposible.

Luna, oda
Ora calma amortiguada
Cual ola serena
Apagada.

Inmoral aullido inmortal
De roca blanca morada
Sin muros arriba
Al alma aterrada que mueve entre la bruma
La espesa oscura espuma afilada

Ahora callada figura persigue
Alza los brazos bastos a vasta hermosura
Anhelo de temor helado queda
apagado destruido
Intangible.

Solo:
Leve breve yace entre la bruma
Espesa oscura espuma
Afilada.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Leve y breve.


Está lloviendo. Ya era hora. Está lloviendo. No sé quién me ha empapado de su gusto por la lluvia. Supongo que nadie, por eso me gusta; o supongo que… por eso me gusta.

Joder, saldré a mojarme y quedarme quieto mirando cómo cae. Sí, qué gusto. Suena. Y todo es gris. Y empieza el frío, y corre el viento, y el pensamiento, porque la lluvia limpia la mente.

Han sido cuatro días raros. Han sido cuatro días efervescentes. Han sido cuatro días y hacía falta uno de color gris, lluvia. Se acabó el cínico sol que todo lo quema. La lluvia y el frío mienten poco. El sol por lo transparente hace arder.

Me gusta encapotarme. Paseo encapotado, cobijado por la música de mis cascos, armonizado por la levedad sonora de las gotas de lluvia. Y el cielo queda tendido en mis brazos, y puedes acariciar…

Luego me preguntó que qué me pasaba. Supongo que tengo el pecho un poco encogido, pausado…

-Supongo que…

Llegó aquel encuentro. Llegó la lluvia.

Como cuando un ejército de membrillos invade la casa con su aroma, apostados frente al cuadro que contemplará la putrefacción paulatina de los olores, la sucesión leve de los colores que terminará en un azul perpetuo. Al menos, consiguieron que el polvo fuera más soportable.

Como cuando un leve y breve rayo de luz atraviesa la ventana, chirriando destellante, insoportablemente ínfimo, insoportablemente huidizo que poco a poco mostrará tenuemente todas las partículas flotantes. Al menos, consiguió que el polvo fuera más soportable.

Como cuando partes un hilo de telaraña, invisible e impasible, atravesado en el vacío de la sala y que poco a poco seguirá tejiéndose marginalmente, en la esquina opuesta del espejo que te refleja en toda tu imperfección. Al menos, consigue hacer al polvo más soportable.

Como cuando desestimas las palabras sordas, los gritos apagados, las voces dormidas que salen de la pantalla y fijas tu mirada en el vértice donde se cruzan todos los imposibles. Al menos, consigue que el polvo sea más soportable.

Cuando resulta inexplicablemente ese cincuenta por ciento menos probable y tu espíritu, enfrentado al consenso, marcha al exilio. Cuando sus miradas se cruzan pero caen incoloras, presas de la inseguridad, tus pupilas apagadas. Cuando la fina hierba aún con el rocío hace daño a la piel y al alma. Cuando tu propio soliloquio interno destruye cualquier esperanza.

Al menos, la lluvia hace que el polvo sea más soportable.