Son las dos de la mañana de una noche de verano ardiente. He pasado por el baño, me he mirado en el espejo y me he lavado la cara; la crema esa de azufre para los granos que me dio el dermatólogo y quema la piel. Deambulo por el pasillo, paso por la cocina. Me encuentro con la estampa de las galletas y los donuts de chocolate de la semana pasada. Han sobrevivido nada más y nada menos que a 600km de viaje. Originarios de Alicante. Son lo que hubiera sido nuestro desayuno un día de la semana pasada. Ahora están en la nevera de mi casa (se sobreentiende que la he abierto). La playa, la música, las conversaciones absurdas y hartarse del sol y el sudor. Los amigos y el futuro incierto, bajo la luna, corriendo con los pies descalzos sobre la arena mojada, cantando, las olas van borrando las huellas. La hamaca del jardín y mi hermano dormido en ella, con un libro sobre la pierna. El puto murmullo de la música de las discotecas que heredas al día siguiente, que repite como una mala comida. Y con todo eso, en el vértice del segundo en que contemplo como se pudren en el tiempo los donuts de chocolate, llego a la terrible conclusión de que somos islas pequeñas de casualidad arrojadas como piedras en el océano de la frivolidad en el que todo pasa, como si formáramos parte de un juego, un mero capricho de la realidad. Cierro la nevera, se va la luz y me quedo con las dudas y con la cara de tonto. Recorro el pasillo, los pies descalzos, el suelo frío. Voy a dormir porque estoy cansado y tengo sueño acumulado de estos días. Pero me muevo a la par con esa duda que aletea pesadamente en la cabeza. Cuando acaben por pudrirse los donuts de la nevera, pienso, empezaremos a entrever el siguiente paso hacia el futuro próximo, y así sucesivamente, como con todo. Y me duermo, sabiendo que en un tiempo despertaré en cualquier otro lugar extraño.
viernes, 17 de julio de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
Poner buena cara.
Es verano y las temperaturas son exageradamente
altas. Habiendo acabado el curso, no tengo demasiado que hacer, si acaso entregar
mi cuerpo al sol y contemplar cómo me deshago en sudor bajo los omnipresentes y
verticales rayos y rascarme de vez en cuando los pelos de la barriga. Pero las
noches, a pesar del fatigoso día, sirven de descanso mental, de retiro
espiritual. De relax, de tiempo para
pensar cómodamente, de tiempo que perder en lo que yo quiera, de tiempo de
escritura. De tiempo de buscar aquello que escribía la semana pasada y ahora no
encuentro y quiero encontrarlo porque me gustaba. Vaya desastre. La mesa de mi
salón es bastante grande y cómoda, pero está poblada de un sinfín de papeles,
bolígrafos de todo tipo de colores, improvisados ceniceros a modo de cajitas de
papel donde echar la punta de los lapiceros desbastados por la furia de los
bocetos y las rabiosas atacadas de la escritura. Está bien el panorama. Rebuscando
papeles, porque quiero dar con la dichosa cosa que escribí hará unos cuantos
días, he encontrado una carta del PSOE. Es lo que no buscaba, pero bueno. Nos
la enviaron a todos con motivo de las elecciones autonómicas. No sé dónde
andará la pepera, aunque ya me lo imagino, supongo que no tardé en deshacerme
de ella, cortarla en pedacitos y tirarla a la basura. Sin embargo, en esta del
PSOE no me había fijado. Vamos a ver qué dice. Ui, solo empezar, un título que
pone “gobernar PARA LA MAYORÍA”. Pues sí, qué remedio, no queda otra. Lo de las
minúsculas debe de ser para parecer modernos y el título en sí una de esas
grandes frases a modo de tautologías vanas que vienen a no decir nada y parecer
decir muchas cosas. Es gracioso, me río por dentro porque me acuerdo de aquello
que dijo el señor presidente de que en Cataluña había más catalanes que
independentistas, que era un hecho irrefutable, está clarísimo. Bueno, a ver
qué más dice. Habla de valores, jajajaja. Tendrán que ocupar todo el hueco del
DIN-A4 para que quede presentable. Respeto, igualdad, sencillez, solidaridad,
humildad, trabajo. Estas cosas están muy bien, no vas a decir lo contrario, ¿os
imagináis?: ostentación, desigualdad, vanidad, avaricia. Qué ridículo me parece.
Palabras idiotas que no dicen nada. Eso sí, salen sonriendo. No sé adónde
pretenden llegar con un discurso simpático y buenista. Hola, soy progre aunque
no estoy enfadado. Valores para un cambio de color en la vida. Bah, lo qué fuisteis
y lo que sois. ¿Qué dirían aquellos que ondearon la bandera tricolor de
vosotros, que no sois capaces de afirmar lo más esencial de vuestras raíces?
Vaya un partido socialista. ¿¡Veis?! Y en la carta sale una mujer que no sé
quién es pero que está sonriente. Un cambio simpático, una reivindicación
amigable. Qué tontería. Un partido dinástico, un partido a la deriva, un
partido absorbido por un sistema y que vive en una contradicción insostenible:
la de su propia identidad y sus propias siglas. Os estáis muriendo, os estáis
vaciando de contenido mientras ponéis buena cara. Una reivindicación, un clamor
de justicia, un puño alzado desde la masa y dirigido al cielo lleva en sí el
fervor de la sangre, el espíritu de lucha, el hervir del pueblo, y eso no creo
que nazca de ningún otro lugar que no sea el enfado y el hastío, el cansancio, del que reclama, de la miseria del desafortunado, del vulgar nacido en el lado mayoritario de la
vida como tantos otros de su estirpe y como viene siendo y será tradición durante
toda la historia. ¿Qué pretenden cambiar siendo simpáticos, con una sonrisa?
¿Aquella injusticia que lleva siglos y siglos asentada con violencia, odios, guerras
y revoluciones? Bueno, al menos la carta es un detalle. Casi siempre hace
ilusión que te manden una carta, es algo que se está perdiendo y eso. Aunque la del PP
pues como que no. A ver, dejaré esto por aquí y seguiré buscando… Vaya, una
pelota de goma verde y con dibujitos. Será de mis primas pequeñas…
martes, 23 de junio de 2015
Solo existir.
Bajo el cielo y sobre la tierra
pasea el indiferente que yo soy,
cabeza agachada, rima mala de poeta
acompasado por la madrugada en calma,
la sinceridad nocturna.
Movido por un impulso vacío,
endeble, por el hastío,
el motor único del rumor de mis pasos.
Por los suspiros al limbo de las posibilidades.
Por aquellos llantos insurreccionales.
Por el qué ha venido y el qué vendrá,
el mito de las decisiones, los proyectos olvidados.
Voy a escuchar a aquel cantautor,
voz ronca, poesía olvidada,
ahogado en la búsqueda imposible de la belleza
amarrada a la contradicción permanente
de la vanidad de los indolentes,
escondido en la luz apagada.
A ver si con sus ahítos suspiros irracionales
ilumino una pequeña vela.
Entumecido el cráneo, dispersa la mente
bajo la niebla de lo futurible.
Inevitablemente tenemos que dar el siguiente paso final
¿Y qué?
Aire de tranquilidad perpetua pero insistente,
mentirosa que esconde la búsqueda de la imposible belleza
y que busca desgarrarse en estas palabras, que son lágrimas.
Que son un efímero escondite
Que son lo indeseable, a veces…
¿Y el miedo? ¿Dónde ha quedado el miedo?
No te mientas, no.
Bajo el cielo y sobre la tierra
es el miedo el que nos mueve.
Es la frustración de lo que fue posible,
es el golpe, y el acorde, y el otra vez,
y la canción de redención y compasión
y el acerbo,
La contradicción, la contradicción, la belleza imposible
y lo bello de estar desnudo frente a la aparente crueldad.
La hermosura de respirar y seguir adelante,
Adelante.
Bajo el cielo y sobre la tierra
paseo yo, el indiferente,
pisando lo hermoso e indescriptible,
la fiebre, lo próximo, vivir acelerado,
solo existir.
domingo, 24 de mayo de 2015
Bendito desorden literario.
- Vamos a ordenar los libros de encima de la mesa.-
- ¿Por qué?- pregunto. Ya siento que tendremos que ponernos
manos a la obra.
- Me gustaría tener una mesa donde poder desayunar- vaya,
hombre, yo desayuno en el mármol de la cocina, pienso.
- Pero… es apoyo emocional. Mira, es con solo verlos ahí…
Aleixandre, los quarks estos de un tal Fritzsch… a ti te gusta eso, seguro;
Nietzsche por ahí… apoyan moralmente, contribuyen a la atmósfera de estudio… -
igual cuela, ¿no?
- Quiero desayunar.-
Entonces cojo un libro aleatorio y leo un verso en voz alta
- siempre al alcance de la mano, claro, bendito desorden – con tal de
convencerle de que el desorden es bueno y acogedor.
La mesa estaba llena de libros y
papeles, partituras, apuntes que nunca releo y cien veces reescribo y cien
veces más se acumulan sobre esos otros. La pila de libros. A veces me gusta
retocar las pilas de libros para que queden bonitas. No es lo mismo una pila de
libros que se erige vertical que una que la repartes en varios montoncitos. Es
más delicado. Creo. Además, ya no sería una pila de libros, serían varias pilas
de libros más pequeñas. Es repartirlas bien en el espacio, coherentemente. También
hay un par de atlas mazacotes por ahí encima, sí, buah, el de The Times es tan
genial. El único problema es que la mesa circular donde todos se acumulan ha
quedado tan invadida que ya nadie puede desayunar. Así que, o desayunas en la
cocina o desayunas en la mesa del ordenador mientras tienes el ratón por ahí
entrometido, estorbando y peleando con tu croissant. O cruasán. Bueno, y luego
está esa antología de poesía de las letras hispánicas que creo que soy yo el único
que la ha sacado de la biblioteca (un par de veces seguidas) en los últimos
cuatro años.
El problema está en cómo ordenar
la mesa, cómo reorganizarla. Si los libros están encima de la mesa porque no
había otro espacio posible en ninguna estantería, ¿dónde coño piensas ponerlos
ahora? ¿En una pila de libros en el suelo? ¿Encima del sofá? Pero en el sofá
hay carpetas amarillas y azules. Bendito desorden literario. Bendito desorden
acogedor de poesía y letras. Desayunemos en la cocina, que luego pasear por la
sala, mientras estudias, es más interesante.
-¿Pero me ayudas a recoger la
mesa o no?- Claro, ante la situación me he puesto a escribir esto, je.
- Mmm…- Se me han acabado las excusas para la pereza.
Debería contribuir. Lo único bueno de recogerlo todo es que igual encuentro mis
llaves.
martes, 19 de mayo de 2015
Hay un llanto encerrado,
Hay un lamento iracundo,
Hay una garra escondida,
Hay un grito reprimido,
Hay un grito angustiado, acorazado,
Hay una palabra que brama, una expresión ofuscada,
Hay una dicha valerosa, una máxima egocéntrica,
Hay un verbo apagado, un verbo minimizado,
Hay una decepción paulatina, una caída vertiginosa,
Hay una vorágine recóndita y oscura,
Hay una piedra que pesa en el pecho,
Hay una piedra que busca liberarse de ataduras,
Hay una espina que pretende vociferar de rabia mordida,
Hay un dolor que siente que no siente,
Hay una conmoción que siente que no calma,
Hay un ala inhóspita,
Hay un viento que no alza el vuelo,
Hay un hostil pensamiento,
Hay una indiferencia acumulada,
No hay lugar.
No hay sitio.
No hay noche hospitalaria.
No hay soledad hermana.
No hay.
No hay.
No.
No.
… hay una esperanza
calcinada
Unas cenizas
debilitadas
Una luz contemplativa
Una leve fría brisa
Una hierba del jardín
que pincha la piel
Un rayo de sol que
entra por la ventana
Un ligero cruce de
caminos que posibilitan
Una serenidad blanca
Un recuerdo vívido y
vivaz
Una tornasolada
melancolía
Una pequeña lágrima,
débil lágrima
Una ternura de
nostalgia
Un abatimiento
Unas teclas blancas
Unas manos refinadas y
blandas
Unas caricias
Una melodía lenta
martes, 5 de mayo de 2015
Las mentes inquietas y las personas tranquilas.
Decididamente, creo que soy de
mente nerviosa. Aunque esto choca de frente con la calma aparente con la que
llevo todas las cosas. Eso no es que no tenga prisa, más bien creo que soy de
naturaleza distraída, que tengo muchas ideas en la cabeza y mi atención va más
hacia dentro que hacia fuera. Por eso soy de mente nerviosa. Porque muchas
veces acabo sorprendiéndome traqueteando con los dedos sobre la mesa y mirando
al infinito y apurando las horas del reloj mientras escudriño cualquier
conflicto interno. Luego, por fuera, parezco un tranquilo. Así que,
decididamente, creo que soy nervioso hacia dentro, no hacia fuera. Me es más
reconfortante que no haya demasiado movimiento a mi alrededor, eso me pone
nervioso, me inquieta (aunque depende del tipo de movimiento). Eso también puede significar que sea sensible al ruido,
aunque entonces no lograría explicar el porqué de mi habitual impuntualidad,
aunque tampoco tiene relación con el ruido, claro. Supongo que un “nervioso
externo” se apuraría siempre para llegar a la hora que le reclaman. En cambio, yo
no encuentro el momento para dejar de hacer las cosas que estoy haciendo y lo
apuro al máximo hasta el punto que acabo llegando tarde. Luego se me acusa de
calmado. Bien, pues calmado externo. No interno. Porque por dentro siempre
estoy inquieto. Luego me sorprendo soltando dichas inconexas e incoherentes con
la situación. “Qué día más bonito”. Pero el día es que es bonito. Ahora bien,
el tener una mente inquieta o el traqueteo de los dedos y el no estarse quieto
no significa, necesariamente, hacer las cosas rápido. No. La rapidez no va
asociada. La mente inquieta y nerviosa tiene que analizar y darle mil vueltas a
las cosas (también es bastante autónoma y presta poca atención a las cosas que
no le interesan) y eso lo retarda. ¿Eso quiere significar constancia? Pues no
lo creo. Tampoco me considero una persona constante y perseverante, más bien “voy
a golpes”, como me dijeron un día. Impulsos internos, nerviosos y lentos, no
perseverantes. Y con lo que he dicho de autonomía, pues bien, sí. Me pone
nervioso que me metan prisa en aquello que no tengo prisa. Estoy mirando la
pared y pensando en alguna cosa, no me metas prisa, no soy un calmado, solo
tengo una mente inquieta y esa inquietud no pienso dirigirla a cosas que no me
interesan lo más mínimo, no es que sea un procrastinador natural o un tranquilo,
en el sentido casi malo, solo quiero ir a mi aire.
viernes, 10 de abril de 2015
Las llagas del tiempo.
Después de uno de esos momentos
en que oso vanidosamente poner el universo entre paréntesis e intentar
acorralarlo entre las palmas de mis manos, me he sentido vencido por la
sabiduría de los años que pesan y todas las llagas que reúne mi abuela de su paso
por la vida. Mi hermano leía “El gen egoísta” y, abrumado, ha corrido a
mostrarme todo cuanto le han inspirado las pocas páginas que ha devorado. Yo,
entusiasmado, he iluminado mi mirada y ha empezado a encenderse la corriente entre
nosotros que nos ha llevado a discutir muy efusivamente sobre el qué, el todo y
la nada. El ser, el no ser, el bien y el mal. Mi abuela, con su frente profunda y marcada por la sabiduría de quien ha visto más y ha recorrido más, ha
acabado refutando y poniéndonos los pies en la tierra. Su vasto argumento de
experiencia (toda una vida, toda una guerra, hambre, la vocación hospitalaria de
una enfermera y la vocación materna hacia toda persona) me ha dejado admirado.
Y finalmente, callado, no he podido más que darle la razón. Aunque esté
equivocada, solo la sabiduría de tantos años basta para acallar todas las
exhalaciones de joven que cree aspirar a la cumbre y que no son más que trazos,
brochazos gordos que desdibujan ideas tímidas y poco sólidas. La mirada fija de ojos grises de mi abuela me ha erizado los
pelos de todo el cuerpo.
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