Un tío despeinado, con el pelo
rizado, alegre, sí, incluso el pelo, quizás. Me he fijado que tiene un pegote
pastoso como de gomina en todo el centro del cráneo, marcando un eje rotatorio
y transversal imaginario. Y es que anda dando vueltas por toda la papelería,
pero no es que aligere el paso de la clientela, qué va, es su inquietud,
enarbolada con su natural alegría danzante y alguna que otra sonrisilla más
muletilla pretendidamente simpaticona.
- ¿Cuánto vale? -
- Uno noventa.-
- Pues déjalo. Me ha dicho mi hija
que si pasaba de uno cincuenta, que no lo cogiera.-
-¡Hombreee, si es por eso, se lo dejamos a uno
cincuenta! –Insertar ahora sonrisilla más
muletilla simpaticona-.
Pero me cae bien el tío. Es el de
la papelería de enfrente. Siempre voy a hacer fotocopias allí. En algunas pone
“Escuela Técnica Superior de Arquitectura”. Entonces, el hombre me mira a los
ojos y medio en broma resopla y deja escapar un “difícil, eh”. Luego me dice
que su hermano había estado ahí metido, y que se los conoce a todos. En ese
momento, le vuelvo a dar vueltas interiormente a mi posible plan B, por si todo
sale mal: como meterme a Filosofía y esas cosas.
La otra cosa que siempre me suele
suceder cuando vuelvo a la papelería de enfrente es que el ordenador del
simpático este no me detecta el pincho. Como en su tienda el tiempo se detiene,
como atravesamos una grieta espacio-temporal nada más cruzar el marco de la puerta,
se lo toma todo con calma. Bueno, pues vamos a ver aquí, en esta ranura. Bueno,
pues vamos a ver en esta otra ranura. Bueno, otra vez en la primera. Mira,
chavalote, esto no va – insertar muletilla simpaticona + relatar historias de
cuando su hermano estudiaba arquitectura -. Lo volvemos a intentar, si no nada.
Vuelvo con otro pincho al cabo de
diez minutos. He tenido que subir a casa y volver a bajar. Atravieso de nuevo
la puerta del Edén, el mágico marco tras el cual se detiene el tiempo en una
papelería de barrio, entre conversaciones tan intrascendentes que resultan
hasta acogedoras, mezcladas con esa bruma paciente que flota en temporada de
exámenes. Tengo que ponerme de nuevo a la cola, que fluye despacio, pero el
hombre detrás del mostrador está todo el rato de un lado para otro, pero no por
aligerar el paso de los clientes, qué va, es que se lo toma con gusto y con
calma.