sábado, 22 de agosto de 2015

El mirar pasajero.

El mirar pasajero de unos
ojos claros desconocidos que alguna vez
me vieron y no han de tornar a hundir sus pupilas
en las mías por aquel error
del tiempo siempre traicionero.

Lleno de angustia el viandante por las calles de la vida
ante la injusticia
sobre el andén declama su extenuada pena,
a la mirada de nostalgia ya por siempre perdida
recita:
-A los ojos claros desconocidos
que se cruzaron con los míos y se fundieron
con el tiempo siguiendo la vía del tren,
en el vértice del horizonte, haciendo imposible
el reencuentro, quiero decirles:
habéis dejado mi alma erosionada
con vuestra mirada,
habéis dejado herido al errante
sobre el andén.-

-El vano segundo finito perdido en la infinitud
de los temores solamente queda
y con él el calor de un momento clave,
la caricia fugaz de esas pupilas,
el clamor de la angustia de sobrevivir
a golpes, a trazos gordos, a cada instante.
Un olvido incesante. –

-A la mirada desconocida de ojos claros
que a perderse vinieron a encontrarme,
sobre el andén, al errante,
y perdieron de vista la mirada de la nostalgia,
quiero decirles:
el instante ha sido asesinado por el tiempo
y el destino nos tendrá reservado
el insoportable peso de lo transitorio,
el insoportable peso de no volver a vernos.

jueves, 30 de julio de 2015

El hombre que susurraba a su árbol.

Mientras volvía acomodado en la música de mis cascos y atravesaba la gran recta insólita de la carretera, despejada de casas y con los campos angustiados por el calor del verano, ahí estaba él, lo vi, el hombre que susurraba a los árboles. Diréis que es un poco extraño, que no susurra, y es verdad, simplemente se arma de un palo más o menos largo, posible como bastón, y va dando golpecitos al pequeño tronco de su árbol. Estaba detrás de aquella caseta de ladrillos que hay frente a la nave abandonada. Entre la nave y la caseta había un árbol, pequeño, que suponía el único tinte verde de aquella larga recta. Aunque estaba escondido en su recoveco, protegido de los ojos y las gentes poco cuidadosas, como resguardado. No sé si es que tenía temor por él aquel hombre silencioso, quizás fuera su ángel de la guarda. El caso es que siempre lo veía con su bastón, ya no entre la caseta y la nave de ladrillo, sino en el atajo que lleva hasta mi casa. Mi hermano y yo siempre pasábamos por allí, de vuelta, a eso de las tres de la tarde, y siempre estaba el hombre con su bastón dando golpecitos a las paredes de piedra que bordean el atajo. Llevaba consigo una botella de plástico, llena de arena, y cogía piedrecitas y las colocaba en la pared de piedra, que estaba a medio caerse. Como nuestro paso por allí era algo rutinario, poco a poco fuimos contemplando como la pared que bordeaba el camino iba reconstruyéndose pacientemente. Y el hombre, con su bastón sagrado, daba golpecitos eternamente a las piedrecitas y les echaba arena de su botella. Por eso hoy me he sorprendido cuando he visto al hombre, siempre reconocible con su bastón de madera, entre la caseta y la nave de ladrillos rojos, en la recta insólita y despejada, a las tres y tantas de la tarde. Pero esta vez estaba junto al árbol, resguardado en aquel recoveco, y él le daba golpecitos con su bastón mágico. Le susurraba cosas, le guardaba de los males. Seguro que aquel hombre era la sabiduría encarnada, la sabiduría y la paciencia; el reconstructor de las miserias; o aquel bastón era el emblema de la esperanza y su magia, la sencillez de la naturaleza, el insignificante brote de la vida.

jueves, 23 de julio de 2015

Hoy es el día.

¿Sabéis el día en que os azota un
viento nuevo y os despereza,
como un golpe fresco
que despierta de un letargo profundo?

¿Sabéis el día en que camináis,
observando neutrales la deriva del todo,
las gentes sonríen,
las otras atareadas,
las calles repletas,
el mendigo en la calle,
la fortuna en su esquina,
el asco que acecha y la penumbra que alumbra,
todo prosigue como si nada
y el sol pega vertical
como una flecha ardiente,
pero tú, tú
buscas un rincón en que echar tus lágrimas?

¿Sabéis ese día?
hoy es el día,
he caminado siempre en las sombras,
la verdad enterrada,
y el viento de la madurez
que levanta las hojas del otoño,
amarillas,
que tapan los males
con su leve olvido mortecino,
yaga pulsante que no olvida
espera a mostrarse.

Hoy es el día,
hoy es el día en que el viento
se llevará las hojas
y mostrará la herida,
y caminaremos por la deriva de la vida,
y el sol será vertical, las gentes
andarán deprisa,
se cruzarán como si nada.
Y tú en medio de todo.

Los desgraciados que invocarán a la suerte,
la casualidad de su desgracia,
simplemente.
Y aquellos ojos que me miraban,
que se echaron a llorar,
no me dijeron nada.
Simplemente,
no lo entendía.
¿Era la rabia por lo que no sentía?
¿Era la introspección,
la zambullida en el alma, la apatía,
el velo de la pasividad?
¿Era el viento fresco otoñal,
la resaca de la infancia,
el aclarecer de la madurez?

¿Sabéis el día en que el golpe
de la realidad despeja las dudas,
el agua de la verdad te sacude la cara,
te empapas de lo inevitable
y de pronto todo lo contemplas?

Pues hoy es el día.

viernes, 17 de julio de 2015

Los donuts de chocolate de Alicante me los he quedado yo.

Son las dos de la mañana de una noche de verano ardiente. He pasado por el baño, me he mirado en el espejo y me he lavado la cara; la crema esa de azufre para los granos que me dio el dermatólogo y quema la piel. Deambulo por el pasillo, paso por la cocina. Me encuentro con la estampa de las galletas y los donuts de chocolate de la semana pasada. Han sobrevivido nada más y nada menos que a 600km de viaje. Originarios de Alicante. Son lo que hubiera sido nuestro desayuno un día de la semana pasada. Ahora están en la nevera de mi casa (se sobreentiende que la he abierto). La playa, la música, las conversaciones absurdas y hartarse del sol y el sudor. Los amigos y el futuro incierto, bajo la luna, corriendo con los pies descalzos sobre la arena mojada, cantando, las olas van borrando las huellas. La hamaca del jardín y mi hermano dormido en ella, con un libro sobre la pierna. El puto murmullo de la música de las discotecas que heredas al día siguiente, que repite como una mala comida. Y con todo eso, en el vértice del segundo en que contemplo como se pudren en el tiempo los donuts de chocolate, llego a la terrible conclusión de que somos islas pequeñas de casualidad arrojadas como piedras en el océano de la frivolidad en el que todo pasa, como si formáramos parte de un juego, un mero capricho de la realidad. Cierro la nevera, se va la luz y me quedo con las dudas y con la cara de tonto. Recorro el pasillo, los pies descalzos, el suelo frío. Voy a dormir porque estoy cansado y tengo sueño acumulado de estos días. Pero me muevo a la par con esa duda que aletea pesadamente en la cabeza. Cuando acaben por pudrirse los donuts de la nevera, pienso, empezaremos a entrever el siguiente paso hacia el futuro próximo, y así sucesivamente, como con todo. Y me duermo, sabiendo que en un tiempo despertaré en cualquier otro lugar extraño.

jueves, 2 de julio de 2015

Poner buena cara.

Es verano y las temperaturas son exageradamente altas. Habiendo acabado el curso, no tengo demasiado que hacer, si acaso entregar mi cuerpo al sol y contemplar cómo me deshago en sudor bajo los omnipresentes y verticales rayos y rascarme de vez en cuando los pelos de la barriga. Pero las noches, a pesar del fatigoso día, sirven de descanso mental, de retiro espiritual.  De relax, de tiempo para pensar cómodamente, de tiempo que perder en lo que yo quiera, de tiempo de escritura. De tiempo de buscar aquello que escribía la semana pasada y ahora no encuentro y quiero encontrarlo porque me gustaba. Vaya desastre. La mesa de mi salón es bastante grande y cómoda, pero está poblada de un sinfín de papeles, bolígrafos de todo tipo de colores, improvisados ceniceros a modo de cajitas de papel donde echar la punta de los lapiceros desbastados por la furia de los bocetos y las rabiosas atacadas de la escritura. Está bien el panorama. Rebuscando papeles, porque quiero dar con la dichosa cosa que escribí hará unos cuantos días, he encontrado una carta del PSOE. Es lo que no buscaba, pero bueno. Nos la enviaron a todos con motivo de las elecciones autonómicas. No sé dónde andará la pepera, aunque ya me lo imagino, supongo que no tardé en deshacerme de ella, cortarla en pedacitos y tirarla a la basura. Sin embargo, en esta del PSOE no me había fijado. Vamos a ver qué dice. Ui, solo empezar, un título que pone “gobernar PARA LA MAYORÍA”. Pues sí, qué remedio, no queda otra. Lo de las minúsculas debe de ser para parecer modernos y el título en sí una de esas grandes frases a modo de tautologías vanas que vienen a no decir nada y parecer decir muchas cosas. Es gracioso, me río por dentro porque me acuerdo de aquello que dijo el señor presidente de que en Cataluña había más catalanes que independentistas, que era un hecho irrefutable, está clarísimo. Bueno, a ver qué más dice. Habla de valores, jajajaja. Tendrán que ocupar todo el hueco del DIN-A4 para que quede presentable. Respeto, igualdad, sencillez, solidaridad, humildad, trabajo. Estas cosas están muy bien, no vas a decir lo contrario, ¿os imagináis?: ostentación, desigualdad, vanidad, avaricia. Qué ridículo me parece. Palabras idiotas que no dicen nada. Eso sí, salen sonriendo. No sé adónde pretenden llegar con un discurso simpático y buenista. Hola, soy progre aunque no estoy enfadado. Valores para un cambio de color en la vida. Bah, lo qué fuisteis y lo que sois. ¿Qué dirían aquellos que ondearon la bandera tricolor de vosotros, que no sois capaces de afirmar lo más esencial de vuestras raíces? Vaya un partido socialista. ¿¡Veis?! Y en la carta sale una mujer que no sé quién es pero que está sonriente. Un cambio simpático, una reivindicación amigable. Qué tontería. Un partido dinástico, un partido a la deriva, un partido absorbido por un sistema y que vive en una contradicción insostenible: la de su propia identidad y sus propias siglas. Os estáis muriendo, os estáis vaciando de contenido mientras ponéis buena cara. Una reivindicación, un clamor de justicia, un puño alzado desde la masa y dirigido al cielo lleva en sí el fervor de la sangre, el espíritu de lucha, el hervir del pueblo, y eso no creo que nazca de ningún otro lugar que no sea el enfado y el hastío, el cansancio, del que reclama, de la miseria del desafortunado, del vulgar nacido en el lado mayoritario de la vida como tantos otros de su estirpe y como viene siendo y será tradición durante toda la historia. ¿Qué pretenden cambiar siendo simpáticos, con una sonrisa? ¿Aquella injusticia que lleva siglos y siglos asentada con violencia, odios, guerras y revoluciones? Bueno, al menos la carta es un detalle. Casi siempre hace ilusión que te manden una carta, es algo que se  está perdiendo y eso. Aunque la del PP pues como que no. A ver, dejaré esto por aquí y seguiré buscando… Vaya, una pelota de goma verde y con dibujitos. Será de mis primas pequeñas…

martes, 23 de junio de 2015

Solo existir.

Bajo el cielo y sobre la tierra
pasea el indiferente que yo soy,
cabeza agachada, rima mala de poeta
acompasado por la madrugada en calma,
la sinceridad nocturna.

Movido por un impulso vacío,
endeble, por el hastío,
el motor único del rumor de mis pasos.
Por los suspiros al limbo de las posibilidades.
Por aquellos llantos insurreccionales.
Por el qué ha venido y el qué vendrá,
el mito de las decisiones, los proyectos olvidados.

Voy a escuchar a aquel cantautor,
voz ronca, poesía olvidada,
ahogado en la búsqueda imposible de la belleza
amarrada a la contradicción permanente
de la vanidad de los indolentes,
escondido en la luz apagada.
A ver si con sus ahítos suspiros irracionales
ilumino una pequeña vela.

Entumecido el cráneo, dispersa la mente
bajo la niebla de lo futurible.
Inevitablemente tenemos que dar el siguiente paso final
¿Y qué?
Aire de tranquilidad perpetua pero insistente,
mentirosa que esconde la búsqueda de la imposible belleza
y que busca desgarrarse en estas palabras, que son lágrimas.
Que son un efímero escondite
Que son lo indeseable, a veces…

¿Y el miedo? ¿Dónde ha quedado el miedo?
No te mientas, no.
Bajo el cielo y sobre la tierra
es el miedo el que nos mueve.
Es la frustración de lo que fue posible,
es el golpe, y el acorde, y el otra vez,
y la canción de redención y compasión
y el acerbo,
La contradicción, la contradicción, la belleza imposible
y lo bello de estar desnudo frente a la aparente crueldad.
La hermosura de respirar y seguir adelante,
Adelante.

Bajo el cielo y sobre la tierra
paseo yo, el indiferente,
pisando lo hermoso e indescriptible,
la fiebre, lo próximo, vivir acelerado,
solo existir.

domingo, 24 de mayo de 2015

Bendito desorden literario.

- Vamos a ordenar los libros de encima de la mesa.-
- ¿Por qué?-  pregunto. Ya siento que tendremos que ponernos manos a la obra.
- Me gustaría tener una mesa donde poder desayunar- vaya, hombre, yo desayuno en el mármol de la cocina, pienso.
- Pero… es apoyo emocional. Mira, es con solo verlos ahí… Aleixandre, los quarks estos de un tal Fritzsch… a ti te gusta eso, seguro; Nietzsche por ahí… apoyan moralmente, contribuyen a la atmósfera de estudio… - igual cuela, ¿no?
- Quiero desayunar.-

Entonces cojo un libro aleatorio y leo un verso en voz alta - siempre al alcance de la mano, claro, bendito desorden – con tal de convencerle de que el desorden es bueno y acogedor.

La mesa estaba llena de libros y papeles, partituras, apuntes que nunca releo y cien veces reescribo y cien veces más se acumulan sobre esos otros. La pila de libros. A veces me gusta retocar las pilas de libros para que queden bonitas. No es lo mismo una pila de libros que se erige vertical que una que la repartes en varios montoncitos. Es más delicado. Creo. Además, ya no sería una pila de libros, serían varias pilas de libros más pequeñas. Es repartirlas bien en el espacio, coherentemente. También hay un par de atlas mazacotes por ahí encima, sí, buah, el de The Times es tan genial. El único problema es que la mesa circular donde todos se acumulan ha quedado tan invadida que ya nadie puede desayunar. Así que, o desayunas en la cocina o desayunas en la mesa del ordenador mientras tienes el ratón por ahí entrometido, estorbando y peleando con tu croissant. O cruasán. Bueno, y luego está esa antología de poesía de las letras hispánicas que creo que soy yo el único que la ha sacado de la biblioteca (un par de veces seguidas) en los últimos cuatro años.

El problema está en cómo ordenar la mesa, cómo reorganizarla. Si los libros están encima de la mesa porque no había otro espacio posible en ninguna estantería, ¿dónde coño piensas ponerlos ahora? ¿En una pila de libros en el suelo? ¿Encima del sofá? Pero en el sofá hay carpetas amarillas y azules. Bendito desorden literario. Bendito desorden acogedor de poesía y letras. Desayunemos en la cocina, que luego pasear por la sala, mientras estudias, es más interesante.

-¿Pero me ayudas a recoger la mesa o no?- Claro, ante la situación me he puesto a escribir esto, je.

- Mmm…-  Se me han acabado las excusas para la pereza. Debería contribuir. Lo único bueno de recogerlo todo es que igual encuentro mis llaves.