martes, 14 de enero de 2014

Revolución de sabores.

Se nos ocurrió la magnífica idea de ir a comer a un buffet libre, un Wok chino de 6,70€. No sé si ellos consideran que te cobran la entrada como si fueras al cine o si te cobran en plan menú extendido a un número indefinido de platos. Así que, resumiendo, te cobran 6,70€ por comer. Lo calificamos de ganga. Comer lo que quieras hasta saciarte lo que quieras a precio de un triste McMenú. El tío Donald era la alternativa. Pero esta vez los americanos perdieron. Y ahora mismo me ha venido una idea a la mente mientras escribo: ¿podríamos sustituir al “Tío Sam”, que está pasado de moda, por el “Tío Donald”, o por “El King” de Burger King que tiene más gancho? Lo siento McDonald’s, aunque soy más de tu comida. En fin, la globalización ha hecho que llegue un Wok justo en el lugar en que estábamos. También ha hecho que llegue un Kebab justo al lado, pero era más caro.

La comida estaba toda incluida. Esto es peligroso. Cuando te levantas a llenar el plato comes por los ojos y acabas creando montañas de lechuga y tomate mezcladas con ensaladilla rusa, barritas de cangrejo, pasta de colorines y rollitos de primavera. El momento culminante, el punto crítico, llega a la hora de escoger la salsa. Tienes que tener la mente despejada y las ideas bien claras. Escoges la salsa del color más divertido y la rocías muy generosamente sobre tu montaña de alimentos. Puede ser que te salga bien la jugada o que destruyas tu paladar con una confusión de sabores indescifrables.

Me acuerdo que mi amigo, mi hermano y yo planteamos la posibilidad de vivir eternamente en el lugar. Vuelvo al debate del principio. Es decir, ¿qué pasa si entras en el restaurante y no sales? ¿Hay límite de tiempo para zampar? ¿Si pagas la entrada puedes quedarte todo el tiempo que quieras? Mientras estábamos conversando sobre estas inquietudes vino la camarera con sus finísimos modales orientales y nos preguntó qué queríamos beber. No había botellas de agua grandes de esas de dos litros así que tuvimos que conformarnos con una sola botella de medio litro para tres personas. Era gracioso. Enseguida se acabó el agua y pedimos otra botella igual. Mi hermano preguntó sagazmente: ¿pero la bebida está incluida? Y la china, disculpándose sobrecogedoramente, nos respondió que no y se fue al ver las expresiones de nuestras caras. ¡Nos decepcionó que no estuviera incluida el agua! En un buffet libre que la bebida no estuviera incluida y te la sirvieran en botellas de medio litro de cristal era un punto negativo puestos a gastar poco. Costaba 6,70€, y nos habíamos hecho la idea de que costaba 6,70€. Quiero decir que si sumabas botellas de agua no era tan maravilloso. Se me ocurrió la brillante idea de coger la botella vacía e ir al baño a llenarla con agua del grifo y ahorrarnos así más botellas de agua de medio litro. Actué con discreción porque podría romper todos los protocolos de comportamiento en un Wok. Podríamos haber pedido agua del grifo a la camarera. Pensándolo bien, hubiera sido interesante la reacción de la camarera si le hubiéramos pedido agua del grifo. Igual hubiera creído que era una muestra de nuestra indignación y no le hubiera sentado bien. Aunque no sé por qué te van a mirar mal por pedir agua del grifo. El caso es que quise aventurarme en aquella hazaña. Volví con la botella llena y pudimos beber agua del grifo y nos supo mejor. 


domingo, 5 de enero de 2014

Agujeros en los zapatos los días que llueve.

Por genética o por naturaleza, o por mezcla de las dos, o por causa del movimiento aleatorio de los átomos que todo lo forma, soy un despistado y un poco despreocupado. A veces me pasan cosas divertidas. Me choco contra farolas o contra coches aparcados mientras voy andando y hablando con un paraguas en la mano. Bueno, no, este último no era yo. También tengo unas zapatillas que tienen un agujero en la suela y cuando me las pongo llueve.

Ya habían sonado las campanadas y me había rendido en la tercera uva. Estaba preparándome para salir en nochevieja. En menos de media hora tenía que ducharme, arreglarme un poco la barba para que no me compararan con Jumanji (Sí, es la coña de mis amigos. Pero no penséis que llego a tal extremo... de momento), y vestirme adecuadamente  como marca la tradición. La realidad es que se empieza la noche aparentemente con la dignidad bien alta y la camisa por dentro y se acaba con la camisa por fuera y la corbata mal puesta. Es como la transformación de la noche.  Igual que le pasó a mis zapatos. Así que mis zapatos se convirtieron como en una metáfora de la noche, de mi noche.

Mi hermano tenía prisa por llegar a tiempo al sitio al que todo el mundo llega tarde. Tenía que vestirme rápido, y ponerme unos zapatos. Caí en la cuenta de que, por causas de la entropía, mis únicos zapatos estaban en casa de un amigo. Tuve que rebuscar por unos cuantos armarios y ponerme los primeros que me parecieron, a primera vista, razonables. Nos unimos a todos los amigos y empezamos la fiesta. Todos bromearon porque llevaba americana blanca y la iba a manchar, pero si me la quitaba parecía un cura. Además, como hacía frío decidí ponerme una camiseta blanca interior y si me desabrochaba el primer botón de la camisa se convertía improvisadamente en el alzacuellos. No quería parecer un cura. Pensé que podría ponerme una corbata de color rojo y parecer Billie Joe Armstrong, cantante de Green Day. La verdad es que ir bien vestido me pone nervioso. Hay que estar pendiente de no mancharse y luego los botones y las camisas y los zapatos, todo eso es muy complicado. Pero somos unos superficiales que vivimos cómodamente; y esa superficialidad se convierte en una de nuestras preocupaciones.

El problema fueron los zapatos. Tardé una hora en darme cuenta de que mis zapatos tenían el tacón destrozado y colgando. Decidí arrancarlo y para ir equilibrado hice lo mismo en el otro tacón. La puntera quedaba ligeramente por encima. Encajé eso con humor y pensé que sería un detalle divertido. Estuve danzando toda la noche y caminé de un local a otro por el suelo mojado y lleno de charcos. Como había arrancado los tacones de mis zapatos, había quedado descubierta una especie de gomaespuma dura y negra que se iba descomponiendo poco a poco a causa del agua. Había llovido y el suelo estaba mojado y lleno de charcos. Pero bailé y bailé. Los zapatos seguían el ritmo de la noche. Iban desintegrándose poco a poco. Recuerdo que estuve dando vueltas simulando un vals en medio de una plaza. Fue cuando empecé a mojarme los pies. Y llegó la hora de irse y miré al suelo. Mis zapatos no tenían suela. Bueno, más bien era un enorme agujero que hacía que me mojase los talones. Fue muy divertido y me reí mucho. Tuve que ir andando a casa evitando charcos. Iba alternando el ir de puntillas con el andar de pato. El material de la suela del zapato era esponjoso y no ayudaba nada, más bien absorbía agua. Ya había amanecido y caminaba hacia mi casa. Pensé que los zapatos se parecían a mí: Empezaban decentemente y acababan destrozados. Aunque a los zapatos no les duele la cabeza al día siguiente.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Puerta 13 Capítulo 3

3

Los siguientes acontecimientos pasaron demasiado rápidos. Son de aquellos sucesos traumáticos en los cuales el miedo te invade y te paraliza. Te falta aire en los pulmones.  No puedes  hablar, ni mucho menos gritar. Que con el tiempo acaban siendo nada más que recuerdos efímeros, reprimidos a un subconsciente, pero dejando una gran huella tras su paso. Y como es bien sabido, el mayor terror aparece con lo conocido. Cuando estos recuerdos vuelven a un presente.
La expresión de la cara del científico cambió, sus ojos estaban inyectados en sangre mirando fijamente el cuerpo situado encima de la camilla. Agarró la vara metálica con ambas manos y la colocó amenazante delante de él, apuntando con la punta de diodos al monstruo tumbado. Quiso matarlo, quiso acabar con aquello. Agredió con fuerza contra el vientre. Se pudo ver una descarga eléctrica que sacudió violentamente, retorciéndolo, el cuerpo pasivo.
Las luces centelleaban, emitían destellos irregulares, debido por un aumento de la tensión. Sudoroso, el científico contemplaba con la mirada perdida el cuerpo. Estaba fuera de sí, se preparó otra vez para una segunda estocada. Fue a golpear ahora aquella cabeza prominente.
De repente todo oscureció. La luz se había ido.  Un destello blanco en medio de la sala, un cuerpo retorciéndose y un grito. Aquel grito.
Cuando cesó el destello la luz volvió nuevamente. Todo estaba sumido en un completo silencio, y a la vez envuelto en aquella tenue atmósfera.  Todo parecía irreal, como si de una espantosa pesadilla se tratara.
Markovic, inmerso en sus pensamientos y  bloqueado por el miedo, se preguntaba a sí mismo si aquello que había visto no había sido más que un vil juego de su mente.
Sí, eso  es… Esto no es real…
Aún en su espanto observó más detalladamente la macabra escena que presenciaba. La tenue luz dejaba entrever lo sucedido. Había un cuerpo en el suelo. Markovic se levantó y se acercó. Alrededor del cuerpo había sangre, mucha sangre. Entre las manos de la víctima había una vara metálica. El cuerpo tenía el cuello abierto, y una gran herida en el abdomen donde asomaban las entrañas. El rostro de aquella víctima expresaba el propio miedo:  pálida y fría como sus mismos ojos. 
Su respiración se agitaba cada vez más, su corazón no paraba de bombear. Levantó un poco más la cabeza y lo vio. Encima de una de las lámparas estaba el segundo científico, o por lo menos lo que quedaba de él. Su cuerpo pendía bocabajo sujeto por el alambre de la lámpara, el cual le rodeaba la pierna. Le faltaba medio torso y un brazo. La carne que aún le quedaba estaba cruelmente mutilada. Un torrente de sangre bajaba desde esa gran dentellada del vientre hasta la cabeza y goteaba creando un charco grande en el suelo. Se giró inmediatamente para quitar de su mente aquella imagen. Pero, se encontró con una peor estampa. Su corazón paró de latir. Tragó saliva.  Delante de él estaba la camilla quirúrgica donde antes  hubo estado el experimento de la puerta 13. Las amarraderas que lo hubieron sujetado estaban rotas.  Había desaparecido, había escapado.
La ventana de la galería superior donde observaban los demás científicos del centro estaba rota. Era imposible creerlo, pero sus ojos no le engañaban: había atravesado los 15 centímetros de cristal a prueba de balas. Y a pesar suyo, no oyó ningún grito, ningún hombre pidiendo ayuda, estaba solo, solo ante él.
No podía pensar con claridad, inconscientemente corrió hacia la puerta de entrada de la sala. Utilizó la palanca de obertura manual que se había colocado previniendo un fallo en el suministro eléctrico. Atravesó la puerta ya abierta casi corriendo, tenía que buscar a alguien, seguro que alguno de sus compañeros había escapado de sus fauces como él.
El pasillo que conectaba la sala de operaciones con el resto de la instalación se veía más tenebrosa de lo que era habitual: luces de seguridad titilaban formando sombras de monstruos acechantes, ruidos de cañerías y conductos de refrigeración estropeados por la sobrecarga daban el ambiente preciso de clamores y rugidos dando vida a aquellas sombras. Charcos en el suelo, polvo en suspensión y la luz tenue, palpitante; aquella visión zozobraba el ánimo a Markovic. Impotencia.
Es difícil comprender como a veces el menor detalle da un vuelco a nuestros sentimientos, los transforma, los cambia. Pasamos en un instante del completo hundimiento, parálisis del miedo, a recobrar el color, a levantarnos. A veces, los pequeños detalles dan un atisbo de luz, una razón, una esperanza a la que aferrarse y por la que liberarse de las manos que nos aletargan, para escapar del Miedo.
¡Voces! No estoy solo.
Eso fue. Escuchar las voces de algunos supervivientes le dio la fuerza suficiente para atravesar corriendo aquel pasillo. Torció a la izquierda y se encontró en una sala circular. Enfrente de él se encontraba el pasillo que conducía a los laboratorios de investigación y búsqueda de plásmidos,  a la derecha el hall principal de aquella planta con los ascensores, que en aquel momento estarían inservibles, y a la izquierda el laboratorio de experimentación animal. Volvió a oír las voces, sin duda provenían de los laboratorios de animales. Entró dentro. Era una sala de mil seiscientos metros cuadrados, de doble altura, y con galería en la planta superior que daba vista hacia el centro de aquella estancia. en ella estaba situadoas las salas destinadas a la investigación. Estas salas estaban separadas por paredes de unos dos metros cincuenta de altura, sin techo.
Miró a los lados del pasillo que había alrededor de aquellas salas. La calculada colocación de un generador de emergencia para abastecer a los microhábitats ahí presentes alimentaba los focos necesarios. Uno de ellos, situado en el pasillo perpendicular al cual se encontraba el hombre, iluminaba la esquina. Una sombra vagamente familiar se podía observar en ella. Caminó hacia aquella esquina del pasillo. Sin duda esa sombra pertenecía a alguien, de alguna persona, de algún superviviente. Inmediatamente comprendió, las voces pertenecían de aquel hombre, y si era un hombre, él no estaba solo ahí, y por tanto podría haber más científicos que no hubieran perecido por aquel error de experimento.  Notó que la sangre corría veloz en sus venas, que algo fluía dentro de él y le animaba a continuar andando, ¿esperanza?
Una mueca que quería parecer sonrisa se vislumbraba en sus labios, sin lugar a dudas quería girar la esquina y saber quién era aquél individuo.

 

Puerta 13 Capítulo 2

2

Se abrió la puerta pesadamente. Todos los científicos desde la galería estaban expectantes. Los dos hombres que estaban junto a la puerta de aquella sala,  entrecerraron los ojos para ver mejor el interior de aquel recinto. Cuatro paredes de hormigón armado formaban aquella habitación, iluminada por cuatro fluorescentes de tenue luz. La sobriedad de aquello delataba lo que albergaba en su interior.  El cual, tendido sobre aquel suelo, transmitía cierta turbación en el ambiente, cierto recelo desconfiado hacia un posible sobresalto.  La figura se encontraba doblada sobre sí misma, en una posición fuera de lo normal –e imposible para un ser humano corriente- sobre el suelo gris y rugoso. Alrededor de aquella presencia había unas manchas untuosas de color verde, como si de sangre se tratara, que probablemente de él habían salido. Los científicos se acercaron. Primero el que estaba armado con aquel dispositivo de descargas, y después, más retrasado, el científico con la libreta.
                -El objeto  a observar se encuentra en estado de catalepsia, sus constantes están fuera de lo común. Es posible que se le pueda dar por muerto. – Subrayó el que sujetaba la libreta.
El hombre movió el cuerpo inánime ayudándose de la vara con diodos. Lo que se pudo ver fue un cuerpo antropomorfo, carente de piel y con los músculos pútridos. Si no hubiese sido por su macrocefalia cualquiera lo hubiera confundido por un hombre sin vida; sin vida desde hacía unas semanas.
Lo desconcertante era aquella prominente frente con aquellos grandes ojos oscuros, fríos y profundos y aquella boca carente de labios.  Como una sonrisa perversa, en la cual, unos dientes afilados de depredador ofrecían cierto toque siniestro.
-El individuo ha sufrido una considerable mutación referente a la base inicial y al pronóstico del laboratorio. Puede estar debido a un fallo en la introducción del gen nuevo, o del virus transportador del episoma. El resultado ha sido esta atrocidad de ser diabólico que, después de una semana de la infiltración, ha sufrido semejante… ¿metamorfosis? Algo sobrenatural, o que roza la barrera de lo natural. –Explicaba otra vez. –El paciente ha sufrido una necrosis en la  musculatura y la pérdida de la piel, a parte de la considerable macrocefalia.
Se dispuso a agarrar al ser con una pértiga en la cual había un lazo metálico para ese fin. Lo agarraría y lo arrastraría hasta colocarlo en una camilla quirúrgica para empezar a comprobar los efectos interiores de aquella nueva inyección,  el HIC 34. Un autopsia para ver el resultado de los experimentos, un “prueba -error”.
Pero lo que sucedió a continuación estuvo fuera de todo pronóstico.
El doctor agarró el cuello del objeto a estudiar con el artilugio. Se dispuso a arrastrarle hasta sacarle de la habitación. Pero se vio interrumpido por un silbido repentino, un ruido  estridente y agudo que bloqueaba por completo a los doctores que se encontraban abajo, y, sorprendentemente, también a la gente que estaba detrás de la galería.   Frente a tal sonido los doctores solo pudieron agacharse y taparse los oídos para evitar, o por lo menos intentarlo, caer presos de ese estridente ruido.
El suceso apenas duró unos segundos.  Unos segundos que hicieron mella en aquellos afligidos.  Pero sin duda, lo más perturbador fue aquella nueva sensación que empezaron  a percibir. El primero en darse cuenta fue Markovic, el cual se había escondido detrás de la mesa de control vigilando con atención lo que sin duda para él fue la causa del estruendo. Notó un cambio, un pequeño detalle, o más bien tuvo un presentimiento. Un presagio de que algo no iba bien, e iría a peor. Se fijó en aquellos ojos grandes antes vacíos. Tenía la sensación de que aquél ser le observaba y le sonreía con aquella dentadura sin labios. Sus ojos negros le hipnotizaban, penetrándole a través de sus pupilas. Él podía ver sus pensamientos. Sabía en qué estaba pensando. Le sonreía.  Esta sensación le llenó de terror. Quiso huir, pero no podía.
Los científicos se recuperaron del siniestro suceso, intentando dar una explicación a lo inexplicable, sacar una hipótesis pedida por su cometido científico.  Se quiso continuar con el análisis del cuerpo del sujeto, olvidado desde hacía un rato.
-Sigamos con el proceso de análisis, por favor, manténganse serios y vuelvan a su sitio para proseguir. – Dijo una voz grave en la sala.
Los hombres que estaban abajo se levantaron tras haber cedido contra aquél sonido agudo y echarse al frío suelo protegiéndose con los brazos y las manos los oídos y la cabeza.
Cogieron el aparato que aún seguía atado al cuello del individuo. Su respiración resultaba curiosamente acelerada, delatando cierto terror hacia un presentimiento. Las manos, y en general todo el cuerpo,  del hombre que tenía que arrastrar al individuo temblaba.
Lo colocaron encima de la camilla quirúrgica y  ataron bien fuerte todas las extremidades para evitar un posible sobresalto. Colocaron una lámpara  cenital justo encima de la camilla y cogieron el material necesario para la intervención. Unas gotas de sudor corriendo por la frente de los científicos demostraban la tensión de aquel momento, se temían lo peor. 
Mientras tanto Markovic, que aún no se había movido, observaba desde la misma sala en una esquina. Le inquietaba lo que pudiera haber dentro de aquellas entrañas, y sin duda, quería saber qué era aquel monstruo, que pese a las observaciones que señalaban el estado exánime, había producido tal fenómeno.  Algo dentro de él le dijo que el espectáculo no iba a acabar aquí, únicamente había empezado.
El hombre cogió un bisturí mientras calculaba con cierto nerviosismo por donde iba a abrir. Su compañero estaba situado a su lado y sujetaba la vara metálica, que al parecer hacía sentirle más seguro. El silencio reinaba en la sala cuando se procedió a cortar el vientre del experimento. Lentamente acercó el bisturí al lugar donde iba a iniciar el corte. La cara del hombre era de completa concentración.  Sus ojos estaban fijos en aquel mismo punto donde se juntarían acero y carne.
En el mismo momento en el que se producía el contacto,  algo similar a una descarga recorrió el brazo del científico, lo cual hizo que lanzara el bisturí violentamente al suelo y cayera hacia atrás. Su compañero sobresaltado hizo ademán de ayudarle, pero no apartaba la mirada de aquella camilla. Quién estaba en el suelo, paralizado, gemía. Los observadores, debido a la rapidez de lo sucedido, no comprendían que pasaba, algo iba mal.
-¡No es algo natural… mundano! – Dijo quedamente, al parecer recuperado, el científico mientras se levantaba. Miró aquellos ojos negros, fríos, penetrantes. Había algo en ellos que los hacía hipnóticos.
-Hay que acabar con esto…- Dijo otra vez, mientras cogía la vara metálica de su compañero.
Quien pudo estar ahí abajo seguramente notó aquella brisa fría, la típica brisa que te eriza los pelos de la nuca presagiando algo trágico, un preludio de lo que vendrá después.

Y después cesó. 

sábado, 21 de diciembre de 2013

Fábrica de Pensamiento.





De la cadena de montaje saldrán individuos de pensamientos inculcados cual androides automatizados sin iniciativa propia, serviles y obedientes, leales y mansos. Entonces los patrones de las fábricas les darán al botón de ON y todo el ejército de autómatas avanzará en la misma dirección. Bienvenidos a la Fábrica de Personas, eso es lo que quieren, gente ignorante incapaz de entender todas las manipulaciones de las que son objetivo y que se sienta orgullosa de pertenecer a una “Gran Sociedad Todopoderosa” que por su sabiduría inalcanzable e incuestionable se dirigirá certeramente hacia el progreso.

El proceso es sencillo: Imaginemos una cinta transportadora en la que individuos desnudos e inexpresivos avanzan a ritmo constante. A continuación vamos añadiendo piezas metálicas grises faltas de color y sentimiento. Un corazón de hojalata, unas manos torpes, sin destreza preocupante para que no pueda llegar a sobresalir en alguna habilidad excepcional. Altura dentro de la media y peso dentro de la media. Con la base fisiológica conseguiremos que los individuos no se vayan por un camino individualista y que se pregunten sobre su valor dentro de la sociedad. Una vez tenemos todos los miembros y extremidades ocupando su lugar preciso pasamos a programar al individuo. Dosis de conocimientos básicos y falta de filosofía práctica para evitar ideas brillantes que alteren el orden establecido. Se les ofrece una ideología basada en unos derechos aparentemente muy esenciales. Insertamos unos protocolos en la memoria destinada a la moralidad y el comportamiento. Unos postulados ineludibles en el procesador central de toda la información serán los encargados de organizar todas las conexiones neuronales: orgullo al pertenecer a una sociedad en progreso exponencial, admiración hacia los capitanes que llevan el timón hacia la vanguardia, temor e indiferencia a lo no revelado, búsqueda del éxito laboral a base del esfuerzo que será recompensado justamente. Como fase final de la cadena de producción cada individuo recibirá un sello como certificado de su procedencia de la que se sentirán orgullosos y llamarán “Patria”.

Robots que trabajarán para beneficio del alto mando y que absorberán todas las decisiones superiores cubrirán el grueso de la sociedad, preparados para trabajar. Como recompensa de su gran esfuerzo recibirán un salario básico que será derrochado en ocio inútil y ayudará al mantenimiento del orden establecido. Los mandos superiores ejercerán su poder adquirido por mayoría absoluta resultado de una votación esclarecedora y de sentencia unánime. Su esfuerzo por llevar el mando de la sociedad argumenta todos los lujos y comodidades de las que disfrutan.






jueves, 28 de noviembre de 2013

El acorde final.

Todo era una densa niebla enfrente de él, no conseguía librarse de ella, todo se le venía encima. Niebla insaciable, inmensa, infinita, no tenía compasión, engullía todo signo de esperanza. No había solución, no existía vía de escape, la desolación en forma de niebla. Indefenso, desesperado ante aquella vasta nube que le derrotaba. Cada vez se sentía más acorralado. Confusión, soledad, indecisión, duda. Como unas fauces hambrientas de alma que venían a por él. Pero levantó la cabeza y un haz esclarecedor salió de su ser. Un haz de voluntad que hizo frente a las tinieblas. En aquel momento supo que había decidido su destino, estaba condenado. Pero avanzó. Aquella turbulenta bruma retrocedía ante su decidido paso. La niebla se disipó rápidamente con un angustiado gemido que reflejaba la derrota. Entonces supo lo que debía hacer. Un gesto delicado y las manos se deslizaron por el piano. Sonó la melancolía dulce y clara del preludio y lo siguió una tormenta de emoción y rabia desahogada en fuertes acordes. El piano era él y él era el piano. La música misma estaba reflejada en su rostro. Estaba llevando a cabo la interpretación más arriesgada y personal de su vida. Llegó a un punto peligroso, su vida corría peligro. Había decidido entregarse en plenitud. Había perdido el control de su ser, la música misma se expresaba en su manifestación más pura. A medida que interpretaba la obra oía los lamentos y gritos ahogados que en ella se escondían y se integró en la profunda tristeza que en ella había escrita. No podía soportarlo pero había decidido afrontarlo aún sabiendo que podría acabar destrozado. Empezaba a sentir dolor, un dolor muy intenso en el pecho. Había perdido la mente, el control. Pero era imparable. Acabó. Un silencio asombrado por lo que se acababa de presenciar. Los presentes estaban abatidos ante tal espectáculo macabro. Habían presenciado la agonía de un demente perdido por la música. Entonces, moribundo, el pianista se levantó con dificultad, se inclinó hacia el público y, acto seguido, cayó inerte encima del piano haciendo sonar el acorde final de su vida.

viernes, 4 de octubre de 2013

( Título Indiferente )


Tiene el asombroso poder de jugar con nuestros sentimientos, hacernos sentir, a placer, de la manera que ella guste. Puede parecer un gusto macabro, un placer siniestro pero, al final, resulta reconfortante para la víctima. Somos meros sujetos de pruebas que derramamos lágrimas, esbozamos delicadas sonrisas, liberamos entusiasmo, rabia, amor y miedo siguiendo el compás que ella nos marca, hipnotizados por su magia. Y cuando queremos tenerla a veces es difícil alcanzarla. No la entendemos. Otras veces te seduce y caes en su trampa. Entra en tu cuerpo y te utiliza cual marioneta de un endiablado espectáculo. Esas veces fluye por ti hechizado por sus poderes y pierdes la noción del tiempo, el sentido del norte. Pero entonces sientes lo que ella, hablas como ella, eres ella.