martes, 19 de mayo de 2015


Hay un llanto encerrado,
Hay un lamento iracundo,
Hay una garra escondida,
Hay un grito reprimido,
Hay un grito angustiado, acorazado,
Hay una palabra que brama, una expresión ofuscada,
Hay una dicha valerosa, una máxima egocéntrica,
Hay un verbo apagado, un verbo minimizado,
Hay una decepción paulatina, una caída vertiginosa,
Hay una vorágine recóndita y oscura,
Hay una piedra que pesa en el pecho,
Hay una piedra que busca liberarse de ataduras,
Hay una espina que pretende vociferar de rabia mordida,
Hay un dolor que siente que no siente,
Hay una conmoción que siente que no calma,
Hay un ala inhóspita,
Hay un viento que no alza el vuelo,
Hay un hostil pensamiento,
Hay una indiferencia acumulada,
No hay lugar.
No hay sitio.
No hay noche hospitalaria.
No hay soledad hermana.
No hay.
No hay.
No.
No.

… hay una esperanza calcinada
Unas cenizas debilitadas
Una luz contemplativa
Una leve fría brisa
Una hierba del jardín que pincha la piel
Un rayo de sol que entra por la ventana
Un ligero cruce de caminos que posibilitan
Una serenidad blanca
Un recuerdo vívido y vivaz
Una tornasolada melancolía
Una pequeña lágrima, débil lágrima
Una ternura de nostalgia
Un abatimiento
Unas teclas blancas
Unas manos refinadas y blandas
Unas caricias
Una melodía lenta


martes, 5 de mayo de 2015

Las mentes inquietas y las personas tranquilas.

Decididamente, creo que soy de mente nerviosa. Aunque esto choca de frente con la calma aparente con la que llevo todas las cosas. Eso no es que no tenga prisa, más bien creo que soy de naturaleza distraída, que tengo muchas ideas en la cabeza y mi atención va más hacia dentro que hacia fuera. Por eso soy de mente nerviosa. Porque muchas veces acabo sorprendiéndome traqueteando con los dedos sobre la mesa y mirando al infinito y apurando las horas del reloj mientras escudriño cualquier conflicto interno. Luego, por fuera, parezco un tranquilo. Así que, decididamente, creo que soy nervioso hacia dentro, no hacia fuera. Me es más reconfortante que no haya demasiado movimiento a mi alrededor, eso me pone nervioso, me inquieta (aunque depende del tipo de movimiento). Eso también puede significar que sea sensible al ruido, aunque entonces no lograría explicar el porqué de mi habitual impuntualidad, aunque tampoco tiene relación con el ruido, claro. Supongo que un “nervioso externo” se apuraría siempre para llegar a la hora que le reclaman. En cambio, yo no encuentro el momento para dejar de hacer las cosas que estoy haciendo y lo apuro al máximo hasta el punto que acabo llegando tarde. Luego se me acusa de calmado. Bien, pues calmado externo. No interno. Porque por dentro siempre estoy inquieto. Luego me sorprendo soltando dichas inconexas e incoherentes con la situación. “Qué día más bonito”. Pero el día es que es bonito. Ahora bien, el tener una mente inquieta o el traqueteo de los dedos y el no estarse quieto no significa, necesariamente, hacer las cosas rápido. No. La rapidez no va asociada. La mente inquieta y nerviosa tiene que analizar y darle mil vueltas a las cosas (también es bastante autónoma y presta poca atención a las cosas que no le interesan) y eso lo retarda. ¿Eso quiere significar constancia? Pues no lo creo. Tampoco me considero una persona constante y perseverante, más bien “voy a golpes”, como me dijeron un día. Impulsos internos, nerviosos y lentos, no perseverantes. Y con lo que he dicho de autonomía, pues bien, sí. Me pone nervioso que me metan prisa en aquello que no tengo prisa. Estoy mirando la pared y pensando en alguna cosa, no me metas prisa, no soy un calmado, solo tengo una mente inquieta y esa inquietud no pienso dirigirla a cosas que no me interesan lo más mínimo, no es que sea un procrastinador natural o un tranquilo, en el sentido casi malo, solo quiero ir a mi aire.

viernes, 10 de abril de 2015

Las llagas del tiempo.

Después de uno de esos momentos en que oso vanidosamente poner el universo entre paréntesis e intentar acorralarlo entre las palmas de mis manos, me he sentido vencido por la sabiduría de los años que pesan y todas las llagas que reúne mi abuela de su paso por la vida. Mi hermano leía “El gen egoísta” y, abrumado, ha corrido a mostrarme todo cuanto le han inspirado las pocas páginas que ha devorado. Yo, entusiasmado, he iluminado mi mirada y ha empezado a encenderse la corriente entre nosotros que nos ha llevado a discutir muy efusivamente sobre el qué, el todo y la nada. El ser, el no ser, el bien y el mal. Mi abuela, con su frente profunda y marcada por la sabiduría de quien ha visto más y ha recorrido más, ha acabado refutando y poniéndonos los pies en la tierra. Su vasto argumento de experiencia (toda una vida, toda una guerra, hambre, la vocación hospitalaria de una enfermera y la vocación materna hacia toda persona) me ha dejado admirado. Y finalmente, callado, no he podido más que darle la razón. Aunque esté equivocada, solo la sabiduría de tantos años basta para acallar todas las exhalaciones de joven que cree aspirar a la cumbre y que no son más que trazos, brochazos gordos que desdibujan ideas tímidas y poco sólidas. La mirada fija de ojos grises de mi abuela me ha erizado los pelos de todo el cuerpo.  

jueves, 19 de marzo de 2015

...

- Ven, ven. Mira esto. Es asombroso. ¿Lo oyes? – ¿Quién es este? piensas, confundido (porque esta es tu historia) – Tssss… No tengo tiempo para miradas con interrogaciones, no te distraigas. Solo escucha…- Solo oyes el viento, el silencio empapando las paredes y aquel pequeño murmullo de guitarra, rítmica y con su compañera solitaria, inventando una melodía improvisada; pero eso solo lo oyes cuando te detienes un poco más – Pero es que tienes que esforzarte para escucharlo. Es un fluir, pienso. No basta con quedarse mirando las paredes fijamente, perder la vista en un punto fijo… No, a veces hace falta cerrar los ojos, ¿sabes? Y entonces, oh tío, entonces lo sientes, ¿me oyes? – Tú puedes seguir alucinado, es posible, quizás solo sea un personaje inventado, un arquetípico colgado escupiendo estupideces y con labia embadurnadora que ha entrado por estas letras a perturbar ligeramente tu comodidad. Aunque puede ser que seas tú. No sé, ¿no lo has pensado? Buscamos el fluir ese que todos desconocemos pero que somos conscientes de que existe. A ver, es algo complicado de explicar… - Solo me gustaría que intentaras escuchar de vez en cuando todo cuanto te rodea. En ese instante, en ese momento en que oyes las mínimas partículas que hacen vibrar el aire que silba cerca de tu oído, en ese momento en que los minúsculos detalles esparcen su color sobre todo cuanto es real. Es abrir los ojos para escuchar la música, es cerrarlos para sentir como la armonía de esa guitarra rítmica, una y otra vez, una y otra vez, sigue a ritmo constante y… y tú pones la melodía improvisada. Tú eres el solista de los compases. Tú corres por los pentagramas de tu existencia. Tú subes la colina a tu manera y rompes la cadencia de cualquier forma. Tú pones la música de tu vida… - Ahora puedes dejarlo estar y seguir con tu monótona pesadumbre o seguir leyendo a ver qué dice; creo que tiene algo importante que decirte – Yo creo que primero hay que pararse a mirar. Lo ves, te callas y lo escuchas, observas. Y la efervescencia de los pequeños rayos de luz que entran por la rendija y te contagian de su energía… es milagrosa. Y las voces que engalanan tus caminares solitarios y que los hacen tan originales. Como aquella flor, ¿me oyes? Aquella flor que creció sola en el jardín en la única esquina donde la luz era una extraña y tuvo la osadía de crecer valiente y rosada y gritarles a sus compañeras que el color que la engrandecía brillaba más y por encima de las facilidades que las habían visto nacer. Y si sigues callado, el ritmo sigue fluyendo, sin cesar. Y si sigues el ritmo, si te concentras en solo escucharlo, en solo sentirlo, en aislarlo como si tuvieras que cogerlo y tenerlo entre las palmas de tus manos, delicado, verás que la tienes. Tienes la magia, la tienes en tus manos. – puede ser que sigas confuso, no pasa nada, déjale terminar - ¿Y bien? ¿Qué coño me quiere decir este detrás de tanta palabrería de arlequín visionario? Bueno, solo quiero que lo cojas, sí, eso que tienes entre las manos. Quiero que lo cojas y te lo metas en el bolsillo y ahí lo lleves siempre. Cuando una sombra se meza sobre tus párpados o ensombrezca tu mente, cuando sientas que la lluvia gris es la única que abriga tu presencia, sácalo, vuelve a escucharlo, bien guardado entre tus manos, el ritmo incesante que te lleva atado. Quiero que sea tu salvación, que te refugies en ello. Que tengas siempre presente que, pase lo que pase, guardado en tu bolsillo tienes ese impulso que te hará seguir hacia delante y… - ahora deberías sonreír ligeramente – tú pones la melodía, tú eres el solista que improvisa por encima. -

viernes, 6 de marzo de 2015

Los bebedores de kéfir.

Es como una comunidad biótica de bacterias y pequeños seres conspiranoicos que viven a la sombra de la humanidad, en su pequeño mundo dentro del bote y untado en yogur pastoso, creciendo sin cese y con la calma aparente de quien no es más que una minucia para nosotros, que lo sostenemos en alto para verlo bien y maravillarnos. En realidad lo sostiene mi hermano. Lo contemplamos desde abajo, curiosos y embobados. Resulta que apareció por casa porque nos lo trajo un hombre que tocaba el piano. Cuando crece y sobrepasa los límites posibles del mundo-pote, la comunidad se divide y se pasa a otra persona, amablemente, para que acoja la nueva comuna de seres miniatura. Sí, es que yo pienso eso. Una comuna heterogénea de levaduras y bacterias de pleno derecho que han implantado un lactocomunismo y avanzan siempre derechos, guiados por la recta razón hacia el bien común. Su fuente única de recursos y sustento de vida es la leche entera de su mundo-pote. Y por los efectos devastadores que podemos tener sobre ellos, por su inevitable dependencia de nosotros, nos convertimos en una especie de dioses… de ordenadores del mundo… de manos providentes que intervienen para moldear el curso de la vida de la comuna lactocomunista. Están sujetos a nosotros. ¿Qué haremos cuando nos nieguen? Sin embargo, los dejamos crecer y seguimos bebiendo kéfir. 

martes, 10 de febrero de 2015

Al fondo de las miradas.

Cualquier cosa de esas que nadie comprende ni atiende, pequeña piedra que brilla al fondo de tus ojos.

Desteje el tiempo cualquier cosa de esas, pequeña piedra al fondo de tus ojos, que nadie atiende ni comprende; pero yo he quedado cautivo.

Destiñe el ruido cualquier murmuro
tuyo que nadie atiende ni comprende,
minúsculo al son de la música del tiempo; pero yo he quedado cautivo.

Destruye el cuerpo cualquiera de esos tuyos,
que nadie atiende ni comprende,
punzantes pasivos chasquidos; pero yo he quedado herido.

Destellan las formas los contornos,
deslizantes incesantes y agudos,
resquebrajados rasguidos incoloros; yo he quedado malherido.

Desdibujan aquellas cualesquiera paredes,
ni atendidas ni por nadie comprendidas,
que encierran embriagados tumultos de llantos vacíos; pero yo he quedado descompuesto.

Destejen las lágrimas cualquier cosa de esas,
de las tuyas piedras ínfimas al fondo de las miradas negras que nadie atiende ni comprende; pero yo lo he atendido.

Disuelven los tonos esas tuyas,
que nadie nunca ha comprendido ni ha parado a atender,
manos suaves y pieles mortales; pero yo las he tocado.

Destruyen cualesquiera que sean los sueños,
aquellos que alguna vez atendimos pero jamás comprendimos,
los incontables metros dormidos; pero yo los he medido.

Desmienten todas cualesquiera palabras,
acaloradas y alocadas de nosotros pronunciadas,
las realidades antagonistas y apagadas, de pies en el suelo; nosotros las hemos odiado.

Descansan futuribles los recodos,
cualesquiera que sean, vengan o vayan a venir,
que nuestras mentes recorran, adversarios del mundo; y nosotros lo hemos hecho, hemos mirado al cielo.

Dibujan,
cualesquiera que brillen,
las estrellas los poco alcanzables idilios etéreos en la cúpula nocturna, negra y clara; pero nosotros la hemos mirado.

Como cualquier cosa de esas que nadie comprende ni atiende, pequeña estrella que brilla al fondo de tus miradas…

lunes, 2 de febrero de 2015

Dichosa procrastinación.

Se llamaba (...) y una gota de sudor frío recorría su frente. Sobre la postergación indefinida, casi infinita, como una recta paralela a la vida y que nunca se corta, de las causas que tejían los sucesos futuros y futuribles. Las acciones posibles o probables volteaban su cabeza, las probabilidades reventaron su alma opaca. Perdido. Quizás si moviera un dedo, (...) sería el nuevo instigador de las masas, alzando su puño. Tal vez un mendigo mirando de cara al olvido si se frotara la mejilla derecha. Rascarse la nariz lo convertiría seguramente en un héroe de la música. Un escéptico enclaustrado filósofo, combatiente inamovible por el triunfo de lo realmente valioso, aguardaba manifestarse en el lóbulo de la oreja derecha.

Un respiro, permitiéndole ignorar momentáneamente las catastróficas consecuencias sucesorias, le proporcionó alivio suficiente para hacer descansar su mente. Meterse las manos en los bolsillos y sentarse en el suelo. Escuchar como le acariciaba el viento y cantar una canción de amor al oído del tiempo. Quizás, haciendo eso solo sería (...).

-Yo,  (...) , vagando y saltando por los hilos de las causas, he decidido renunciar a cualquier tipo de responsabilidad que se me atribuya por la decisión que fuere. Me limitaré a no atender a las consecuencias de mis actos, no haciendo nada si así lo considero oportuno o haciéndolo todo si así fuere mi deseo.-