Escúchame, escúchame una vez más.
Hoy ha sido uno de esos días en que me he sentido pequeño. A veces pienso que
sólo tú estás a mi lado, hoja en blanco que aguarda mis palabras. Otras veces
pienso que escribo mis quejas al tiempo, que las borrará poco a poco. El tiempo
juega malas pasadas. Deja que pasen las cosas, que lo bueno dure poco y lo malo
se alargue hasta lo insufrible. Aunque siempre podemos resignarnos.
sábado, 29 de marzo de 2014
Escúchame.
domingo, 9 de marzo de 2014
Diseccionando el arco iris.
Ayer asistí a una clase de disección del arco
iris. Bueno, vale, no era una clase, era la presentación de un libro de poesía.
La vida se resume en seis o siete colores, los que forman el arco iris, que dan
tono a nuestras emociones. Eso era la base del libro. Descuartizando los
colores, buscando su esencia y explicando la vida, más bien el amor, a través
de ellos. Bien, pasando por nigérrimo o el violeta, el verde, azul y rojo y todos los restantes
que no me sé que salen fruto de la poética refracción de la luz al atravesar
las gotas de agua, me di cuenta de que la vida, explicada en colores, no se
parece nada al arco iris. Para mí sería más parecido a esto:
Sí, un cuadro de Jackson Pollock. ¿Veis
vuestra terrible infancia, arriba a la derecha? ¿O alguna de aquellas
aleatorias anécdotas? Creo que están por el medio. Sí, oh, la vida es de
colores. El negro de la muerte, el rojo pasión, el verde de esperanza… y el
castaño de tu pelo, el azul turquesa, el gris hojalata o el color número 123 de
la paleta de colores de Photoshop. Juntémoslos todos, pintemos nuestros
recuerdos a pinceladas y seguramente salga la imagen más caótica que podríamos
imaginar. Nuestra idealizada existencia se desmorona en un cuadro de Jackson
Pollock. Pero para la autora de ese libro sólo existían seis o siete colores (¿cuántos
tiene el arco iris?).
Voy por partes. El caso es que había ido a la
presentación de un libro de poesía. La “original” idea del libro era ordenar
los poemas a partir de los colores que he dicho. Bueno, sólo decirlo me parece
una cursilada. ¿A quién se le ocurre descuartizar el arco del cielo y
reordenarlo con poemas enganchados, no sé ni si con mala cola, y expresar algo…?
No sé. Lo único que me sirvió de todo aquello es que empecé a pensar. Sí,
estaba de acuerdo, al menos, en que el poeta es una clase de pintor que utiliza
palabras como pinceladas. ¡Pero no los colores del arco iris! Voy a mirar al
cielo, un día después de llover, y queda representada la vida. Luego me pongo a
cantar “Somewhere over the rainbow” y todo se vuelve de color rosa.
Jackson Pollock. Pensé en la manera de
representar la vida por medio de la pintura. Y creo que la vida debe de ser
algo desordenado, inexplicable, aleatorio, caótico. Es curioso saber que hay
estudios sobre la obra de Pollock que demuestran que sus obras siguen,
asombrosamente, un orden matemático. Sus obras son fractales, es decir,
sucesiones infinitas como las ramificaciones de un árbol o la estructura de los
copos de nieve.
Si nos ponemos a pintar la vida, seguramente
acabemos manchándonos de muchos más colores que los propios del arco iris. Quizá
debamos agujerear los botes de pintura y pasear por encima del lienzo para
tratar de ser lo más objetivos posible. Lanzar salpicaduras de colores
aleatorios y buscar el caos.
Jackson Pollock: https://www.youtube.com/watch?v=CrVE-WQBcYQ
lunes, 24 de febrero de 2014
El despertar de Órobil, un joven elfo de los bosques.
Os presento al inocente de Órobil.
Era una criatura alegre, un joven elfo de los bosques. Salió de su pequeña
choza de madera, después de su cabezadita de 500 años, dispuesto a tomar un
buen trago de aire fresco. Sí, de aquellos tragos con un suave olor a musgo que
te limpiaban por dentro y te ayudaban a desperezarte. Para Órobil, eso era un
buen trago de vida. Pero aquel día, cuando Órobil inspiró, aquello le supo más
a cenizas que a la propia frescura del mundo. Y tosió. Extrañado, se encaminó
hacia el pequeño arroyo que pasaba por las cercanías de su choza. Oh, sí, aquel
agua era verdadero zumo de nube. Cuando después de una agotadora jornada
sumergías tu cabeza en el arroyo con la boca abierta, el agua fresca saciaba
tus penas y te rozaba la cara limpiándote el rostro de malas vivencias. Pero
Órobil no encontró el arroyo. En lugar de ello encontró un charco de agua
grisácea. Sumergió la cabeza en él y rápidamente pegó un bote hacia atrás
mientras escupía todo el agua que había tragado. Empezó a toser y al ponerse
las manos encima de la boca y retirarlas se dio cuenta de que estaban manchadas
de sangre. Entonces miró a su alrededor. Las copas grises de los árboles daban
continuación a un nublado cielo oscuro. Y aquellas nubes salían de altas torres
metálicas e inundaban el cielo de desesperanza. Empezó a llover. A Órobil le
gustaba la lluvia. Así que se alegró y decidió ir a ver a su vecino Bánadil.
Pero aquella lluvia empezó a quemarle la piel y Órobil tuvo que seguir
corriendo su camino. Al abrirle Bánadil, Órobil le saludó sonriente.
Rápidamente le explicó todo lo que le había sucedido y lo mucho que habían
cambiado las cosas en tan solo 500 años, tiempo que había permanecido
descansando. Estaba preocupado por la desaparición del arroyo, el mal sabor del
aire y el triste aspecto de los árboles. Además, la lluvia no era agradable
como lo había sido siempre, aquel día quemaba la piel e irritaba los ojos.
Bánadil, entristecido, se acercó a la ventana y miró a través de ella el
desolador paisaje.
-¿Te acuerdas de Fátafis? Murió hace
50 años – Órobil se quedó impactado y entristeció. – También Úrubel, Túnodil,
Grádanel… -
Bánadil suspiró y miró hacia la
ventana de nuevo. Una mariposa se posó en ella. Tenía muchos colores. -Órobil, la Tierra se muere- Le miró a
los ojos. Una lágrima cayó de la mirada del inocente Órobil.
sábado, 8 de febrero de 2014
Canción de invierno.
5 de febrero y paseábamos por el
centro de Barcelona. Sin rumbo, “ramblejant” por el casco antiguo (estábamos
cerca de Las Ramblas, por eso digo ramblejant). Hacía frío y el invierno hizo
que la noche se nos echara encima; serían las siete y media de la tarde.
Paramos en el escaparate de una tienda especializada en material de dibujo. Tenía
increíbles gamas de lápices de colores y acuarelas. Vimos a una mujer que
cantaba dando tumbos por medio de la calle. Era un espectáculo ambulante y sorprendente.
Su voz era profunda y grande, aunque perdida y desesperada. “Está mal de la
cabeza” me dijeron. Me la quedé mirando, fascinado por su canto. Ella seguía
cantando sin rumbo, no atendía a nada a su alrededor. Y cantaba y cantaba su
melancolía. Paró, desorientada, en el cruce de una callejuela. Se volvió y me
miró a los ojos. Aparté rápido la mirada, asustado, no la soporté. La mujer
siguió cantando la misma canción, callejeando hasta encontrarse con una plaza. La
perdí de vista pero seguía oyendo su voz, cada vez más tenue, cada vez más
apagada. Se estaba alejando.
Vivía en las calles, las calles
eran su mundo y la gente le resultaba ajena. Arrastraba un carrito con una mano
mientras seguía su aria con caminar rápido y confuso. Me fascinaba, me
fascinaba y me recordaba a Dean Moriarty. Ahora entiendo a Sal cuando, en la última
página dice: “Pienso en Dean, pienso en Dean Moriarty”. Yo también pensé en
Dean, pensé en Dean Moriarty y pensé en aquel alma que vagaba por las calles del
mundo en busca de algo que no encontraría jamás: su destino. Cantaba y solo
cantaba, y como Dean, pertenecía a ese mismo mundo de calles, al mundo subterráneo,
porque solo le importaba el camino.
martes, 28 de enero de 2014
Coca colas banales.
“Lo que es genial de este país
es que América ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos
compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo
la tele y ver la Coca-Cola ,
y sabes que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola, y piensas
que tú también puedes beber Coca-Cola. Una cola es una cola, y ningún dinero
del mundo puede hacer que encuentres una cola mejor que la que está bebiéndose
el mendigo de la esquina. Todas las colas son la misma y todas las colas son
buenas. Liz Taylor lo sabe, el Presidente lo sabe, el mendigo lo sabe, y tú lo
sabes.”
Esto decía Andy Warhol el siglo
pasado. Pero ahora, la súper campaña publicitaria de Coca-Cola ha tenido la
idea fantástica de acercarse más al consumidor regalándole una exclusiva lata
con su nombre. Comprar Coca colas se ha convertido en un juego. Reglas del
juego: buscar, rebuscar, desordenar los estantes de refrescos del supermercado
en busca de la Coca
cola con tu nombre. Entonces, gente como yo se siente frustrado. Todos los que
tengáis nombres originales que no están dentro de la lista de nombres
frecuentes y aburridos, os comprendo: no podéis comprar Coca colas.
¿Es que no se les ha ocurrido
poner en una lata el nombre de “anónimo”? Seguro que yo la compraría además de
todos aquellos desgraciados de nombres marginados. Y esta idea me insta a
reflexionar: ¿sabrá mejor la Coca
cola si plasma tu nombre? No sé si sabrá mejor pero se me ocurren un sinfín de
estúpidas ideas que llevar a cabo con susodicha Coca cola. (Abrimos un
bocadillo de “sueño”, como el de los cómics, y empezamos a imaginar) Puedes
levantar la vista, orgulloso, y pasear con la Coca cola con tu nombre. Tal vez puedas ahorrarte
alguna que otra presentación porque bebes una Coca cola con tu nombre. ¿Podría
la lata salvarte la vida pudiendo ser una pieza clave en tu identificación
después de un grave accidente? ¿Y si un criminal se deja una lata de Coca cola
con su nombre en la escena del crimen? (Cerramos bocadillo de “sueño”). Quedan
demostradas la cantidad de utilidades de esa lata. Quedan demostradas las
oportunidades abiertas ante ti en forma de abanico que se presentan. Queda demostrada
que la fórmula secreta de la Coca
cola no tiene nada que ver con esto. Queda demostrado que Coca cola esparce felicidad.
Así que:
martes, 14 de enero de 2014
Revolución de sabores.
Se nos ocurrió la magnífica
idea de ir a comer a un buffet libre, un Wok chino de 6,70€. No sé si ellos
consideran que te cobran la entrada como si fueras al cine o si te cobran en
plan menú extendido a un número indefinido de platos. Así que, resumiendo, te
cobran 6,70€ por comer. Lo calificamos de ganga. Comer lo que quieras hasta
saciarte lo que quieras a precio de un triste McMenú. El tío Donald era la
alternativa. Pero esta vez los americanos perdieron. Y ahora mismo me ha venido
una idea a la mente mientras escribo: ¿podríamos sustituir al “Tío Sam”, que
está pasado de moda, por el “Tío Donald”, o por “El King” de Burger King que tiene
más gancho? Lo siento McDonald’s, aunque soy más de tu comida. En fin, la
globalización ha hecho que llegue un Wok justo en el lugar en que estábamos.
También ha hecho que llegue un Kebab justo al lado, pero era más caro.
La comida estaba toda
incluida. Esto es peligroso. Cuando te levantas a llenar el plato comes por los
ojos y acabas creando montañas de lechuga y tomate mezcladas con ensaladilla
rusa, barritas de cangrejo, pasta de colorines y rollitos de primavera. El
momento culminante, el punto crítico, llega a la hora de escoger la salsa. Tienes
que tener la mente despejada y las ideas bien claras. Escoges la salsa del color
más divertido y la rocías muy generosamente sobre tu montaña de alimentos.
Puede ser que te salga bien la jugada o que destruyas tu paladar con una
confusión de sabores indescifrables.
Me acuerdo que mi amigo, mi
hermano y yo planteamos la posibilidad de vivir eternamente en el lugar. Vuelvo
al debate del principio. Es decir, ¿qué pasa si entras en el restaurante y no
sales? ¿Hay límite de tiempo para zampar? ¿Si pagas la entrada puedes quedarte
todo el tiempo que quieras? Mientras estábamos conversando sobre estas
inquietudes vino la camarera con sus finísimos modales orientales y nos
preguntó qué queríamos beber. No había botellas de agua grandes de esas de dos
litros así que tuvimos que conformarnos con una sola botella de medio litro
para tres personas. Era gracioso. Enseguida se acabó el agua y pedimos otra
botella igual. Mi hermano preguntó sagazmente: ¿pero la bebida está incluida? Y la
china, disculpándose sobrecogedoramente, nos respondió que no y se fue al ver
las expresiones de nuestras caras. ¡Nos decepcionó que no estuviera incluida el
agua! En un buffet libre que la bebida no estuviera incluida y te la sirvieran
en botellas de medio litro de cristal era un punto negativo puestos a gastar poco. Costaba 6,70€, y nos habíamos hecho la idea de que costaba 6,70€. Quiero decir que si sumabas botellas de agua no era tan maravilloso. Se me ocurrió la
brillante idea de coger la botella vacía e ir al baño a llenarla con agua del
grifo y ahorrarnos así más botellas de agua de medio litro. Actué con
discreción porque podría romper todos los protocolos de comportamiento en un
Wok. Podríamos haber pedido agua del grifo a la camarera. Pensándolo bien,
hubiera sido interesante la reacción de la camarera si le hubiéramos pedido
agua del grifo. Igual hubiera creído que era una muestra de nuestra indignación y no le hubiera sentado bien. Aunque no sé por qué te van a mirar mal por pedir agua del grifo.
El caso es que quise aventurarme en aquella hazaña. Volví con la botella llena
y pudimos beber agua del grifo y nos supo mejor.
domingo, 5 de enero de 2014
Agujeros en los zapatos los días que llueve.
Por genética o por
naturaleza, o por mezcla de las dos, o por causa del movimiento aleatorio de
los átomos que todo lo forma, soy un despistado y un poco despreocupado. A
veces me pasan cosas divertidas. Me choco contra farolas o contra coches
aparcados mientras voy andando y hablando con un paraguas en la mano. Bueno,
no, este último no era yo. También tengo unas zapatillas que tienen un agujero en la suela y cuando me las pongo llueve.
Ya habían sonado las
campanadas y me había rendido en la tercera uva. Estaba preparándome para salir
en nochevieja. En menos de media hora tenía que ducharme, arreglarme un poco la
barba para que no me compararan con Jumanji (Sí, es la coña de mis amigos. Pero
no penséis que llego a tal extremo... de momento), y vestirme
adecuadamente como marca la tradición.
La realidad es que se empieza la noche aparentemente con la dignidad bien alta
y la camisa por dentro y se acaba con la camisa por fuera y la corbata mal
puesta. Es como la transformación de la noche. Igual que le pasó a mis zapatos. Así que mis
zapatos se convirtieron como en una metáfora de la noche, de mi noche.
Mi hermano tenía prisa por
llegar a tiempo al sitio al que todo el mundo llega tarde. Tenía que vestirme
rápido, y ponerme unos zapatos. Caí en la cuenta de que, por causas de la
entropía, mis únicos zapatos estaban en casa de un amigo. Tuve que rebuscar por
unos cuantos armarios y ponerme los primeros que me parecieron, a primera
vista, razonables. Nos unimos a todos los amigos y empezamos la fiesta. Todos
bromearon porque llevaba americana blanca y la iba a manchar, pero si me la
quitaba parecía un cura. Además, como hacía frío decidí ponerme una camiseta
blanca interior y si me desabrochaba el primer botón de la camisa se convertía
improvisadamente en el alzacuellos. No quería parecer un cura. Pensé que podría
ponerme una corbata de color rojo y parecer Billie Joe Armstrong, cantante de
Green Day. La verdad es que ir bien vestido me pone nervioso. Hay que estar
pendiente de no mancharse y luego los botones y las camisas y los zapatos, todo
eso es muy complicado. Pero somos unos superficiales que vivimos cómodamente; y
esa superficialidad se convierte en una de nuestras preocupaciones.
El problema fueron los
zapatos. Tardé una hora en darme cuenta de que mis zapatos tenían el tacón
destrozado y colgando. Decidí arrancarlo y para ir equilibrado hice lo mismo en
el otro tacón. La puntera quedaba ligeramente por encima. Encajé eso con humor
y pensé que sería un detalle divertido. Estuve danzando toda la noche y caminé
de un local a otro por el suelo mojado y lleno de charcos. Como había arrancado
los tacones de mis zapatos, había quedado descubierta una especie de gomaespuma
dura y negra que se iba descomponiendo poco a poco a causa del agua. Había llovido y el suelo estaba mojado y lleno de charcos. Pero bailé
y bailé. Los zapatos seguían el ritmo de la noche. Iban desintegrándose poco a poco. Recuerdo que estuve dando vueltas simulando un vals en medio de una plaza.
Fue cuando empecé a mojarme los pies. Y llegó la hora de irse y miré al suelo.
Mis zapatos no tenían suela. Bueno, más bien era un enorme agujero que hacía
que me mojase los talones. Fue muy divertido y me reí mucho. Tuve que ir
andando a casa evitando charcos. Iba alternando el ir de puntillas con el andar
de pato. El material de la suela del zapato era esponjoso y no ayudaba nada,
más bien absorbía agua. Ya había amanecido y caminaba hacia mi casa. Pensé que
los zapatos se parecían a mí: Empezaban decentemente y acababan destrozados. Aunque
a los zapatos no les duele la cabeza al día siguiente.
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