lunes, 11 de agosto de 2014

Un corte de luz en el cielo.

Veo sus caras. Veo sus gestos de rabia. Veo la saliva que sale de sus bocas disparada en pequeñas gotas que se difuminan en el aire. Veo cómo escupen palabras. Veo cómo se indignan y cómo se inyectan sus ojos en sangre. Veo cómo se enfrentan cara a cara e intercambian sandeces y exabruptos salidos de tono. Veo cómo todo va deprisa. ¿Alguien tiene razón?  Estoy expectante. Son todos iguales. Salgo fuera.

Levantas la vista y ahí está: la cúpula estrellada del cosmos. No hay nada que hacer. Somos pequeños. Mientras todo descansa en el perpetuo vacío nosotros nos peleamos en este granito de arena del que nos hemos adueñado. ¿Quién nos vendrá a salvar? Creo que nadie. Somos solo polvo de estrellas. Pasamos unos detrás de otros sin que allá arriba nadie se inmute. Hoy hay lluvia de estrellas. Estirado en el suelo, sintiendo el tacto de la arena y haciéndola pasar por entre tus dedos. Sintiendo el tacto de la hierba, húmeda de la noche. Ahí están las estrellas, ahí, arriba. Y como un corte de luz en el cielo veo la primera estrella fugaz. Y mientras tanto todo sigue en su lugar.

Están en sus casas, pegados a la caja tonta, pudriéndose en sus butacas. Están en las terrazas de los bares tomándose unas cañas. Están leyendo un libro. Están fundiéndose en la cama. Están cometiendo un asesinato. Están persiguiendo al asesino. Están dirigiendo a la gente a la ruina. Están al borde de la muerte. Están al borde de la vida. Están muriéndose de hambre y muriéndose de ricos. Están en todas partes. Protestando en las calles. Rezando a dioses verdaderos y riéndose de dioses falsos. Meditando sobre su sentido. Siendo pragmáticos en el sin sentido. Algunos miran las estrellas. Las únicas estrellas fugaces somos nosotros, polvo de estrellas.

Segundo corte de luz en el cielo, segunda estrella fugaz. Van cayendo mientras tanto. Y estoy embobado mirando hacia arriba. Cuando veo todos aquellos mundos de hace millones de años me entra un escalofrío. Su luz ya está extinta o seguirá brillando algunos millones de años más. Es reconfortante, es una manera de decir que no le importamos a nadie más allá de nuestro pequeño hogar. De alguna manera me empapo de ese sentimiento y cómo un alienígena paseo entre los entes terrícolas sin apreciar su existencia. Qué pequeños somos y qué poco le importamos al vasto cosmos si tal como nacemos hemos de morir. No somos más que fruto de las circunstancias, nada más.

Creo que mientras me escupan en la cara sus inútiles palabras les diré - Tío, si no eres más que una mota de polvo en este universo, no vas a cambiar las cosas. No le importas a las estrellas, seguirán ahí y tú morirás. – Luego volveré a estirarme en el suelo, pasaré la arena entre mis dedos y notaré la húmeda hierba. Tercer corte de luz en el cielo, tercera estrella fugaz de la noche, polvo de estrellas.

lunes, 28 de julio de 2014

El Tambor Remendado.

“En otro espacio completamente diferente, la madrugada envolvía Ankh-Morpork, la más antigua, grande y sucia de las ciudades. Una lluvia fina caía del cielo plomizo y perforaba las nieblas del río que serpenteaban entre las calles. Las ratas de diferentes especies se dedicaban a sus ocupaciones nocturnas: cobijados en la capa oscura de la noche, los asesinos asesinaban, los asaltantes asaltaban y las busconas buscaban. Etcétera, etcétera.”

Era otro espacio completamente distinto: las bebidas de diferentes especies se esparcían por el suelo de la plaza. Los botellines de las cervezas de todas las marcas seguían una sucesión aparentemente lógica, tiradas por el suelo. Dos de una aquí, tres de otra allí. Un murmullo de entreacto había sucedido al descanso de las tres de la orquesta y la plaza se había medio vaciado momentáneamente. La verbena descansaba y se tomaba un respiro.

“El interior del Tambor Remendado era ahora legendario y había pasado a la historia como la famosa taberna de peor reputación de todo el Mundodisco. Los clientes eran los habituales héroes, asesinos, mercenarios, criminales y villanos, y sólo un análisis microscópico habría podido diferenciar a unos de otros. Espirales de humo reptaban hacia el techo, quizá para no tocar las paredes.”

Una cochera abierta, dos camareros apoyados en la barra y un par de clientes en stand by. Entramos tres de nosotros, decididos, a por unos chupitos. El camarero nos ve venir. Su rostro fruncido está acentuado por sus arrugas surgidas de la antipatía. Tiene un pendiente en una oreja y una mirada arrogante. Cuatro pelos mal afeitados sobresaliendo en su cara puntiaguda. Enseguida se pone a la defensiva e intuye que somos unos jóvenes tocapelotas que vienen a reírse de él. No puede permitirlo, así que jugaremos a “ver quien es más listo”.

Pide Sam. “¿Cuánto valen unos chupitos?” El tío no se va a dejar engañar. Esa pregunta puede resultar absurda y seguro que tiene un trasfondo malévolo y burlón. Está claro que el precio varía dependiendo del contenido y estos chavales van de listillos y solo quieren vacilarle. El camarero escupe una respuesta a la altura. “Depende de lo que os ponga. Si queréis os pongo tres chupitos de agua, eso es lo más barato. ¿Whisky? Si queréis… como si os pongo lejía”. Nosotros le seguimos la broma. Nos reímos. Igual era que tenía complejo de idiota, pero el caso es que se sintió ofendido de que siguiéramos con el juego que había empezado él. “Ya sé, vosotros venís aquí a reíros de mi. No soy idiota, ¿sabes? Aquí no me ando con tonterías…” En verdad no sé si diría eso, solo veía como discutía con mi amigo y escuchaba algunas palabras sueltas. Yo me limitaba a reír y a mirar a mi otro colega por encima del hombro de Sam, que estaba en medio, entre nosotros dos, haciendo papel de diplomático. Le pidió el carné y Sam, extrañado, se lo extendió soltando “¡Pero si tengo veinte años!”


Lo siguiente fue lo más divertido. Al ver como me reía y le dirigía una mirada cómplice al otro de mis colegas, el audaz creyó habernos pillado en plena conspiración. “Y este de aquí que se ríe… - se refería a mí-  Os saco la vara de madera que tengo aquí detrás y os doy a los tres, así”. E hizo un gesto un tanto ridículo simulando ser poseedor de su vara de madera. Acabó por echarnos, apuntando con el dedo hacia fuera de la cochera. Un tanto indignados nos fuimos de aquel pequeño antro, atravesando la plaza, entre el  silencio del descanso de la verbena.

domingo, 6 de julio de 2014

Lágrimas Dulces.


De madrugada escribo. A mi derecha tengo un sombrero colgando de la pantalla del ordenador. Una botella de cerveza italiana haciendo turno de guardia a mi izquierda. El hombre de la etiqueta, el señor Moretti, me mira fijamente. ¿Qué quieres, señor Moretti? ¿Quieres hablar? Hablemos. El silencio imperante se puede quedar de testigo mientras conversamos.

La verdad siempre se queda callada hasta la madrugada. Espera hasta las últimas horas para mostrarse. No le gusta el barullo de la gente, prefiere la cálida y cercana calma visceral. La noche es perfecta. No tiene prisa y es seductora. La noche te descubre a las personas. Pero es al final de la noche cuando lo has visto todo. Recuerdo un amanecer en medio del mar y que la confianza propia de amistades ya viejas se notaba en nuestras palabras. Una ráfaga suave y salada nos acurrucaba de espaldas al sol naciente, naciendo en el Mediterráneo. Habíamos sobrevivido a la fugacidad nocturna y mágica.

Los momentos se añoran, pero en los recuerdos se vuelven a vivir. Las lágrimas suelen ser saladas, como el mar salvaje. Pero hay que conseguir que sepan dulces de añoranza tierna. Tengo la foto delante de mi, señor Moretti. Estamos los tres haciéndole una mueca al ocaso de la oscuridad y con el inmenso mar, que inspira respeto, al fondo, impasible. Una banda anaranjada difuminada con el cielo que poco a poco se aclara. Pasábamos entre Córcega y Cerdeña.

No teníamos prisa, para nada. Aunque sabíamos que el final se aproximaba. Tenuemente se iba haciendo de día y volvíamos a la realidad. Y a la noche siguiente, lágrimas dulces de despedida. Ahora estamos tú y yo, escribiendo de madrugada. Pero eres una triste cerveza vacía haciendo turno de guardia, reposando encima de la torre de mi ordenador. Llevas nombre italiano, señor Moretti. Y estuviste en el mismo sitio que yo desde aquel primer día. Pero no sentías lo que nosotros, cruzando el estrecho con el sol a las espaldas y la brisa salada.

Esto es por vosotros.

martes, 1 de julio de 2014

VII

Y esta piel que vivo,
gruesa como piedra pura,
es de zarza por dentro.
Y me consume,
me consumo a mi mismo.
A veces por dentro vacía,
busco a alguien
con quien llenarme.
Y no encuentro a nadie.
Y sigo vacío.
Refugiado en mi aparente coraza
con zarzas por dentro.


lunes, 16 de junio de 2014

Pequeño blues en el barranco de las almas errantes.

Ahogado en su mente se encontraba prisionero de su pluma y el papel en blanco. El murmullo constante e inalterable de las personas le mantenía preso. No podía pensar, no podía escribir. Necesitaba encontrar el lugar donde ubicar sus versos. Necesitaba encontrar el sitio donde su sensibilidad tomara forma y fuera conducida por la fuerza subjetiva de la nada, se liberara, y llegara a recrearse en bellísimas palabras que jamás nadie hubiese escrito. Debía abandonar aquel lugar atestado de la ignorancia de las mentes insensibles y cerradas, conformistas y poco moldeadas por el toque de la genialidad. Cuando escribía nadie le comprendía, nadie valoraba sus obras. Se sentía solo.

Ahogada en su mente se encontraba prisionera de su pincel y el lienzo en blanco. Las formas definidas la abrumaban, las formas poco definidas le invadían la mente y le hacían caer en una espiral de nihilismo e incomprensión. Estaba abatida, inmovilizada, no podía dar rienda suelta a su mente creativa. Buscaba huir, encontrar el lugar que le inspirase tranquilidad y bienestar. Buscaba aislarse de lo conocido, de las pautas, de los estilos. Nadie comprendía sus pinturas. Se sentía sola.

Ambos huyeron, exiliados apéndices de la sociedad, sin un rumbo, sin una dirección fija, pero con un destino ya acordado por la aleatoriedad de la vida. Las almas gemelas se encontraron, sentadas en un barranco, mirando al horizonte, pluma en mano, pincel en mano, en el lugar que inspiraba sus sueños. Sus miradas se cruzaron e impasibles y compasivas calmaron sus almas errantes. Buscaron el horizonte de tierra de nadie y juntos desahogaron lágrimas y comprendieron su propia soledad al instante. No hubo ninguna palabra; no hacían falta palabras. Sus palabras y sus trazos decían lo mismo. Pero siguieron su paseo errante por la vida, separados, porque eran criaturas solitarias.

jueves, 22 de mayo de 2014

¿Sueñan los androides dentro de libros electrónicos?

Entro en una librería. Veo libros, muchos libros. Pero a mi me interesan los pequeños y escurridizos, los que se malgastan con el tiempo y dejan ver los vestigios de su paso por tus manos. Y son baratos. ¿A qué huelen los libros? No lo sé, supongo que a humanidad. Huelen a que te contarán una increíble historia. Huelen a una mancha de tomate de la comida de antes o a una gota de sangre que se te ha caído de la nariz (y es que a mi me ha pasado).

Entro en una librería. Veo libros, muchos libros. Me vuelvo loco y pienso en cuantas vidas debería vivir para leérmelos todos. No salen las cuentas y decido intentar subdividirme y que me salgan dos cabezas. ¿A qué huelen los libros? Yo soy de esos que hunde sus fosas nasales entre las páginas a ver qué le suscitan. Qué estímulo capta. Y es verdad que puedes palpar el granillo de las hojas de cada edición distinta. Y si es viejo y las hojas son amarillentas-anaranjadas, huelen a historia vieja y son aún más interesantes. Voy a una librería de viejo dispuesto a sumergir el hocico en cuantos libros pueda. Remuevo sus páginas, las paso rápidamente por delante de mi. Empiezo a leer la parte trasera pero no acabo porque tengo cuatro libros más en la otra mano y, ¡mira este! Cojo otro.

Entro en el metro. Veo libros, muchos libros. Veo tablets o libros electrónicos de esos de color blanco tan falso de sus hojas de bits. Cuando veo gente leyendo libros corrijo mi postura suspicazmente mientras estoy apoyado en el plano de las líneas del metro para alcanzar a descubrir el título de la obra. Cuando veo gente leyendo tablets o libros electrónicos de esos de color blanco de las hojas tan falso… Ey, espera. Si no puedo descubrir el título. Miro por arriba, por debajo. Bien, creo que lo pone arriba, en la parte de arriba de la hoja, muy pequeñito. Pero no huele, ¿no? ¿A qué huelen los libros electrónicos? ¿Sueñan los androides dentro de libros electrónicos?

martes, 20 de mayo de 2014

El último que apaga las luces.

Siempre que llevo una camiseta guay el profesor de Filosofía, al que llamaremos Jimmy Jazz en este mi blog, detiene sus metafísicas explicaciones y me clava la mirada en el pecho. En el silencio absoluto me señala. –Es Frankenstein, bien, me gusta- sus ojos azules y nerviosos indican una miscelánea de parodia, extrema atención y un “lo digo totalmente en serio”. Después es cuando se acerca a la ventana, sube las persianas y recita haikus improvisados mientras otea el horizonte con mirada perdida, describiendo el paisaje  melancólicamente. La clase le mira fascinada.

Luego están los químicos que confunden mi camiseta de la tabla periódica de Minecraft con la tabla periódica de los elementos. Como sé que siempre sucede me la pongo en los exámenes de química para ver cuál es su reacción. -Oh, qué bonita, es la tabla periódica- dicen. -Es de un videojuego, no es la tabla periódica- digo. Acto seguido, me miran extrañados y un tanto desilusionados. –Ah, bien-

Pero siempre están esos momentos en que los profesores sueltan alguna frase meritoria de ser considerada cita célebre. Así pues, mientras resolvíamos fatigados un problema de dinámica la profesora de Física nos soltó: - A mi, cuando me estaba sacando el carné de conducir, siempre me decían que “aunque pongas la virgen en el coche, esta se baja a partir de los 100”- Todos reímos, salvo la semana pasada (como diría Rajoy), en la cuál apareció por la puerta con las notas de los exámenes de Física. “Esta vez ha sido la peor”. “Nunca me había pasado algo así” y esas cosas que dicen siempre los profesores cuando salen los exámenes mal. No sé, pero siempre dan a entender que el curso del año anterior lo hacía mucho mejor que nosotros. Y la verdad es que no me salen las cuentas, porque si siempre somos los peores y esto se repite sucesivamente, a los últimos les toca sufrir la insoportable carga del destino: bajo cero. Aunque estos podrían ser rescatados por el eterno retorno nietzscheano.

Recuerdo entonces. El profesor de filosofía se sentó encima del respaldo de la silla y se inclinó hacia nosotros. Las persianas estaban entreabiertas y los rayos de luz afilados se colaban por ellas y flotaban iluminadas las motas de polvo. -La realidad imita al arte – nos dijo antes de bajar las persianas. – Las nubes son como de un cuadro impresionista y nosotros tenemos que bajar las persianas-.Vampiros de nosotros, nos sumimos en la oscuridad y Jimmy Jazz empezó a recitar los “versos” de Nietzsche, sus “sentencias y flechas” propias de un atormentado que escupía tantas verdades que se convertían en locura. Y nada tenía sentido y Nietzsche se volvió loco al descubrir la ignorancia del hombre y estrellarse de bruces con ella y todo seguía sin tener sentido. Pero el vicioso círculo de la vida, el eterno retorno, la insaciable repetición, la aleatoriedad del choque de los átomos en sus infinitas sucesiones infinitamente repetibles volverá a matarnos como lo hizo con Nietzsche. Se volvió en su contra, tal vez, porque descubrió la poesía de la vida.

Para más banalidades cuando trajeron una tortuga a clase para la asignatura de Biología. Medía treinta centímetros y decidieron esconderla en un cajón (pobre animal). Cuando llegó la profesora de CMC le pidieron que lo abriera y dio un brinco al ver al anfibio allí encerrado. La profesora de Inglés decidió que no le importaba que la tortuga estuviera campando a sus anchas por la clase con tal de no tenerla encerrada; así que tuvimos una tortuga paseando por entre los pies mientras nos explicaban las condicionales del Inglés.

La clase silenciosa escucha el monólogo del filósofo con atención. Sus ojos moviéndose cual centellas y sacudiéndose el pelo una y otra vez. Ahora es cuando suena el timbre de las tres menos diez. “Bueno, chicos, salimos de clase” y todos se levantan apresuradamente para irse a sus casas. Están los que recogen rápido porque tienen prisa, los que recogen rápido por virtud y los que aunque tengan prisa no la tienen. De esos soy yo. Bajo las escaleras el último, con mi mochila a cuestas sobre un hombro, la chaqueta colgada de un asa y con la paciencia de quien ha comprobado que todas las luces están apagadas.